domingo, 3 de febrero de 2013

CRISTAL DE MALLORCA


            Los tres eran amigos desde la juventud. Coincidieron haciendo el servicio militar en Valencia, y se creó entre ellos un estrecho vínculo de camaradería que hizo que, después de licenciarse, mantuvieran el contacto. Uno era de Valladolid, y allí volvió. Otro era mallorquín, de la preciosa localidad de Sóller, y regresó a la isla para casarse con su novia de toda la vida. El tercero era de Huelva, su familia tenía tierras en las que se cultivaba la fresa, y él nunca pensó en dedicarse a otra cosa.

            Pese a vivir lejos unos de otros, se escribían y se llamaban con frecuencia; un verano, Geroni les invitó a pasar una semana en su casa de Sóller. Tanto Francisco como Raúl aceptaron encantados. Aquel verano, recorrieron juntos la isla de Palma de día y de noche, se bañaron en la playa, comieron en los restaurantes más típicos, se hartaron de ensaimadas, sobrasadas, palo con sifón y cuantas cosas les decía Geroni que debían probar. Daba gusto verlos a los tres juntos, riendo, charlando y disfrutando de su amistad.

            Uno de los sitios a los que el mallorquín llevó a sus compañeros de batallón fue una fábrica de vidrio soplado. Vieron hacer jarrones, botellas, redomas, y también delicadas figurillas de cristal de colores. A Raúl le llamó la atención una gran vasija de color rojo. Era alta, como un gran florero, igual de ancha por la base que en su boca, pero con un ensanchamiento en el centro. La vieron rara, irregular. Distinta. Francisco preguntó si tenían más como aquella, y al fin salieron los tres de la fábrica con una vasija cada uno.

            Durante la última noche de su estancia en Mallorca, todos prometieron usar su vasija para una cosa solamente: guardar los corchos de cada botella de vino o de cava que descorchasen en sus hogares para celebrar algo. Poco importaba el motivo del festejo: Navidad, cumpleaños, una boda, un nacimiento, una reunión familiar… Todos los corchos se guardarían en las vasijas de vidrio rojo. Así, una simple ojeada al recipiente les recordaría muchos buenos momentos vividos y disfrutados, encerrados en el cristal alegre de la amistad que les unía. Y quedaron de acuerdo en que, si no podían verse antes, a la vuelta de veinte años volverían a reunirse allí mismo, en la casa de Geroni, en el viejo Sóller, para contarse cómo les había ido la vida.

            No por falta de ganas, sino porque el día a día de la vida los atrapó, y nunca encontraban el momento para viajar y reunirse, las dos décadas discurrieron completas sin que volvieran a verse. Los tres se fueron llenando de responsabilidades, y dejaron de ser los muchachos que compartían camareta en el cuartel para convertirse en tres hombres de mediana edad, con todo lo que ello comporta. Pero ninguno quiso faltar a su palabra, y llegó el vigésimo verano, y Francisco y Raúl, con sus maletas en la mano, llamaron a la puerta de Geroni.

            Aquella noche volvieron a ser los tres de siempre, el “trío calavera” que llevaba de cráneo al sargento chusquero. Rieron juntos, y bromearon como antaño, borrándose por un rato toda preocupación de sus cabezas ya entrecanas. Se abrió una botella de buen vino, y el anfitrión depositó el corcho en la vasija, que, aunque grande, estaba llena a rebosar de tapones. Raúl y Francisco se miraron, y el andaluz comentó: “vaya, sí que has celebrado cosas, Geroni. La mía no está ni la mitad de llena. Algunos cumpleaños, los nacimientos de mis dos hijos, un par de aniversarios de boda, y poco más. A mi mujer no le gusta cocinar, y no suelen venir amigos a casa porque casi siempre que hay algo que celebrar lo hacemos en algún restaurante. Tengo una casa muy bonita, porque económicamente nos va muy bien, pero la verdad es que el comedor lo usamos poco. Cada uno de nosotros lleva un horario distinto, apenas nos juntamos para comer o cenar, y mucho menos desde que los chicos han crecido”. Raúl se encogió de hombros, y comentó: “yo ya no tengo la mía. Hace unos años tuve una aventura, y cuando mi mujer se enteró organizó una discusión tremenda. Ver la vasija con los corchos de nuestros momentos felices le dio tanta rabia que la estrelló contra el suelo. La culpa fue mía, metí la pata, y todo se fue al garete. Imaginaos: divorcio, volver a vivir solo en un apartamento, tener vetado el acceso a la que fue mi casa, y ver a los niños solamente dos fines de semana al mes y la mitad de las vacaciones. Desde entonces no he vuelto a celebrar nada, así que, de todos modos, mi vasija habría sido la más vacía de las tres”.

            Se hizo un silencio durante el cual cada uno se sumió en sus pensamientos y recuerdos. Al fin, Geroni se levantó, sacó una botella de cava y tres copas, y también una gran caja de cartón. Después, vació su vasija en la caja. “Durante veinte años he celebrado cada cumpleaños, cada aniversario, sentado a la misma mesa. Los bautizos de mis hijos se festejaron aquí, igual que muchas reuniones de amigos, cenas familiares, veladas románticas con mi mujer… Cada uno de estos tapones es una parte de mi vida, pero este, con su fecha escrita para distinguirlo, fue el primero de todos. Pertenece a aquella botella que bebimos juntos hace tanto tiempo. Raúl, llévate mi vasija, ponla en tu apartamento, y recuerda, cada vez que la mires, que pase lo que pase hay que celebrar la vida”. Y, dicho esto, abrió la botella de cava, sirvió tres copas y le tendió el tapón a Raúl.

            En la casa de Sóller, desde el día siguiente, hay un acuario instalado en un rincón de la gran cocina, pero no tiene peces, sino corchos. Allí puso Geroni todos los que ya tenía, y aún va añadiendo ejemplares cada vez que tiene ocasión. Francisco decidió darle más uso a su casa, y para no contrariar a su mujer contrata un cátering o cocina él mismo para sus amigos.

 Raúl ha empezado a esforzarse por ver y festejar las pequeñas cosas que le van ocurriendo. Primero lo hacía solo, con benjamines de champán. Después, con una chica separada a la que conoció durante unas vacaciones, y más tarde con sus hijos y sus nueras. Aprendió a valorar que cada fecha es única y especial, y que no hace falta que ocurra nada demasiado extraordinario, porque el simple hecho de vivir ya es un motivo para celebrar.

            De vez en cuando, para que vean cómo progresa, hace una foto a la vasija cada vez más llena, y se la envía a Francisco y a Geroni por correo electrónico. Y los tres cuentan los meses, porque pronto se cumplirán otros veinte años, y Sóller les espera para una nueva botella de buen vino.

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