jueves, 21 de febrero de 2013

EL CASTIGO DE LAS RANAS


            Las ranas, como todos sabéis, son animales anfibios. Es decir, que pueden vivir y desplazarse con soltura en tierra y en el agua, y en ambos medios se defienden bien, pero no pueden vivir lejos del líquido elemento. Dentro del mundo de las ranas, dejando aparte sus múltiples razas y colores, se pueden distinguir varias clases de ejemplares: las ranas de río, las de laguna, las de arroyo y las de charca.

            Se podría establecer una curiosa analogía entre las ranas y los humanos; independientemente de si son blancos, negros, amarillos, tostados o alabastrinos, también es fácil, a poco que se les oiga hablar, distinguir los que son de ciudad, los que son de pueblo, de aldea o directamente ciudadanos del mundo. Pero no seré yo quien juzgue su manera de vivir, porque este cuento va a hablar de ranas, y solamente de ranas. Las similitudes y conclusiones, cada uno que extraiga las que más le apetezca.

            Las ranas de laguna se relacionan en pequeños grupos, porque la extensión en la que viven es muy grande, y sería imposible ver y saber de todos los batracios que la habitan. Son animales acostumbrados a buscarse el sustento sin depender de nadie; en la laguna hay peligros, pero es bastante sencillo encontrar buenas moscas y mosquitos de los que alimentarse. Por las noches, las ranas de laguna cantan para las más cercanas a ellas, y si buscan aparearse, se lanzan a buscar en otros grupos para no perturbar la paz del suyo con aventuras amorosas.

            Las ranas de río, y en más pequeña escala las de arroyo, son distintas. Van y vienen, les gusta trabar amistad con ranitas nuevas, dormir cada noche en un rincón distinto de la ribera… Son nómadas, no se meten con nadie porque el “vive y deja vivir” es su filosofía favorita. Solamente se disputan las moscas con las truchas, y juegan con la ventaja de poder saltar por la orilla para cazarlas, de modo que es difícil que les falte el alimento. De noche posan su canto en la corriente para que les llegue a los ejemplares de aguas abajo, pensando que quizá mañana, o al otro, se puedan conocer. Son seres felices, desde luego. Libres y felices.

            Las ranas de charca son, con diferencia, las más amargadas de todas. Viven en una sociedad cerrada con la misma agua siempre, que a veces, por efecto del calor, se ve privada de oxígeno y se pudre, ocasionando malos olores. Casi siempre son las mismas ranas, día tras día, noche tras noche, las que se ven las caras. Las que van naciendo nuevas aprenden y adoptan el comportamiento de las otras, de modo que allí nada cambia. Todas lo saben todo sobre todas, y se aburren tanto, pero tanto, tanto, que pasan el día hablando y cuchicheando unas de otras. Sospechan de cualquier cosa, y lo comentan entre ellas; si pasa una nube, porque pasa. Si hace sol, porque hace. Si la Rana Fulanita ha engordado, porque come demasiado. Si el Rana Menganito busca novia, que mira tú a quién se arrimó. No saben vivir sin abrir su bocaza para hablar de alguien, por lo común mal, y hay más veneno en sus pieles que en un ejército de serpientes pitón.

            En su favor hay que decir que las ranas de charca se ayudan mucho entre ellas; es el único pasatiempo que las saca de su rutina. Y después comentan cuanto vieron u oyeron mientras echaban una mano a la vecina. Los batracios que vienen a la charca procedentes de la laguna, o del arroyo, se quedan un tiempo en el agua estancada, pero pronto se asfixian y se marchan. Los pocos que se quedan, al final terminan comportándose como el resto, perdiendo su carácter.

            Hubo una vez un grupo de ranas que vivían en una charca muy pequeña. Solamente abrían su bocaza para comer y hablar mal. De noche cantaban versos envenenados sobre sus prójimas, y de día pregonaban la vida y milagros de las mismas con emponzoñada malicia. Los extraños que llegaban se iban enseguida, ahuyentados por tanta maledicencia. Las ranas de aquella charca eran feroces conversadoras y jueces de las vidas ajenas.

            Un día, el Dios de aquella charca, que se llamaba Elquematec (El Que Maneja Todo Este Cotarro), se hartó de tanta tontería y bajó a hablar con las ranas. “O cambiáis de actitud o seco la charca”. Las ranas bocazas se rieron de él y comenzaron a criticarle: que si mira tú qué soberbia, que si quién se ha creído este, que si menos lobos, Caperucita… Elquematec, que menos paciencia tenía de todo, dio un gran soplido y dejó la charca más muerta que el desierto de Gobi.

            Al ver aquello, todas las ranas tuvieron que emigrar. Algunas aprendieron la lección, se adaptaron a vivir en la laguna siendo más discretas, o en el arroyo y el río, y dejaron de meterse con las demás. Las que, a pesar del castigo, continuaron esparciendo el veneno de la maledicencia charqueril por doquier, fueron llamadas de nuevo por Elquematec. “No tenéis remedio”, les dijo. “No permitiré que continuéis enturbiando la convivencia del resto de ranas que os rodean, rompiendo la paz de las criaturas y llenando mi buzón de quejas y querellas. A partir de ahora, de vuestras bocazas solamente saldrá agua cristalina”. Y dicho esto, lanzó sobre ellas un rayo y quedaron convertidas en fuentes de jardín.

            Todas las ranas merecen una segunda oportunidad, pero una tercera ya es perder el tiempo.
 

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