martes, 5 de febrero de 2013

FERNANDO


            Le conocí en la plaza de España, en el corazón de esa Sevilla soleada de naranja y manzanilla por la que tuve la suerte de pasear este fin de semana pasado. Era uno de tantos buscavidas que tratan de ganarse unos eurillos a costa de los muchos turistas que visitamos los lugares más típicos de la ciudad. A esas horas de la mañana yo ya había perdido la cuenta de las veces que había dicho “no, gracias”: a los caleseros que ofrecen paseos por el centro, a los del “bus turístico”, a los gorrillas que te indican dónde hay hueco para aparcar, a las de la buenaventura inventada sobre la marcha, con sus ramitos de romero “para atraé la salú, el amó y la fortuna, que está la cosa mú mala”, y a algunos más.

            Era bajito y moreno, regordete, con la típica planta que le suponemos (o que yo le suponía) al gitano andaluz. Llevaba el pelo rizado, barba de dos días, unas pestañas como escobas y una camisa con los botones a punto de reventar en la parte de la panza. Tenía los vaqueros desgastados y no demasiado limpios, y unas zapatillas deportivas que podían haber caminado solas, con vida propia, de la cantidad de mugre que llevaban encima. Desde lejos se le veía dando palmas y canturreando por lo bajo alguna melodía de su tierra.

            Había extendido, sobre los escalones de acceso al edificio principal de la plaza, una buena parte de su mercancía. Miré todos aquellos abanicos abiertos, y pensé: “caramba, qué cosa más mala”. Varillas de plástico, encajes sintéticos, telas tiesas, lentejuelas verdes, puntillas rojas, flores serigrafiadas… No solo eran malos, seguramente chinos, sino que además eran feos con avaricia. Pero él los exhibía con orgullo, y los pregonaba para que todo el que pasara cerca pudiese oírle bien.

            Imagino que la mayoría de turistas extranjeros que pasan por el lugar no saben lo que es un buen abanico. Supongo que jamás han tenido uno en la mano, y no tienen ni idea de cómo debe ser ese elemento tan veraniego y tan femenino. Yo tengo solamente dos, que no los uso por no estropearlos. El resto, los malos, recibidos en bodas y comuniones, los he ido largando para no acumular trastos, pero esos dos son para mí como dos joyas. Uno era de mi madre, y el otro de mi abuela Lola. Uno blanco, el otro negro. Los dos con flores, hechos a mano, con las varillas talladas primorosamente, las telas de la suavidad justa para que el movimiento gracioso de la muñeca pueda abrir y cerrar esas colas de pavo real sin necesidad de usar las dos manos, sin siquiera tener que tocarlo apenas con los dedos. Son abanicos llenos de susurros, misas en la Catedral, charlas de verano, risas y coqueteos. Dos graciosos adornos que, en manos de cualquier mujer que sepa llevarlos y moverlos, son el complemento que distingue, enamora, hechiza y atrae la mirada al escote, a los ojos o a la boca, según convenga; un arma de seducción, un aleteo de aire en el flequillo revuelto, un soplo que hace llegar la esencia de una hembra española hasta el hombre de sus deseos.

            Bueno, pues los abanicos de Fernando no eran nada de eso. Eran como unas castañuelas de plástico rojas con la pegatina de una gitana adherida a ellas, como un traje de flamenca hecho con tela de disfraz y puntillas de plástico en los volantes. Eran de juguete, de mentira. Pero él, con su gracia y su acento trianero, trataba de ponerlos a la altura de la clientela.

            “Escúcheme usted, señora, que tiene cara de buena gente, lo que tengo que decirle. Después, mira lo que le ofrezco, y si le gusta, compra, y si no, pues no compra. Aquí tengo el abanico perfecto justo para combinar con la ropa que usted lleve. Los tengo rojos, verdes, amarillos y azules, morados y negros, con lentejuelas, lunares, flores, el sol, la luna y lo que usted quiera. Todos buenos, todos bonitos, hechos a mano con todo el cariño por los mejores artesanos. Funcionan por las dos caras, tienen lado de invierno y lado de verano, para el frío y para la calor. Mire: por aquí, da fresco. Y por aquí calienta. ¿Alguien le daría a usted más por cinco euros? Pues seguro que no, porque yo se los doy por tres. Perdiendo dinero, ¿sabusté?”

            No lo pude evitar y me eché a reír con todas mis ganas. No se sintió ofendido, porque no me reía de él, sino de su monólogo. Cualquier empresario del humor podría haberle contratado, llenaría locales él solito con esa labia, esa manera pícara de mentir en la que su boca decía mientras sus ojos reían y sus manos manejaban el aire empujándote a admirar tanto salero junto. Imposible encontrar nada igual en ningún otro sitio que no sea Sevilla.

            No le compré ningún abanico, pero le di un euro por gracioso. Se puso tan contento que casi me abraza cuando eché mano a la cartera, muerta de risa, y le di la moneda y las gracias. Después encontré, en la misma plaza, dos de sus abanicos rotos, con las varillas despegadas de la tela, inservibles. Dos turistas que se habrían sentido estafadas, supongo. Yo no, porque lo que yo le compré a Fernando fue humor del bueno, del genuino. Y quedé muy contenta con el intercambio.

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