miércoles, 20 de febrero de 2013

HUNDIMIENTO DE HOGAR


            Un hogar es una entidad tremendamente curiosa. Hasta la fecha, yo pensaba que para paralizar un hogar sólido tenía que pasar algo en verdad duro, un problema lo suficientemente terrible como para que la nave se fuera a pique después de años de navegación por mares procelosos. Yo creía que, para que un hogar dejase de funcionar, hacía falta un auténtico monstruo, como una gran infidelidad, una drogadicción, alcoholismo, maltrato, ludopatía, una visita de Rajoy… pero no. Para que un hogar se detenga de forma inexplicable, no es menester nada de eso.

            Ya habréis oído decir que la gripe de este año viene muy mala. Que ríete tú de la famosa “gripe A” de hace tres o cuatro años, que también la pasé, y no me incapacitó de esta manera. Certifico, sí, es cierto, una simple gripe puede tumbar a una adulta con un par de narices, como esta que escribe, dejándola K.O. durante una semana entera. Y ahí es a donde yo quería llegar: por ser una enfermedad infectocontagiosa, no quise que la “mamá suplente”, más conocida con el nombre de “Lagüelita” viniese a cubrir mi baja como ama de casa. Hoy me he levantado, he visto el resultado… y me he vuelto a acostar. Para hundir un hogar, una simple gripe de mamá es suficiente.

            Hay que ver. No imaginaba yo que el cesto de la ropa sucia tuviese tanta capacidad, no en su interior, sino por encima. En plan montaña. Que no sé si meterle mano o escalarlo y clavarle una banderita en la cumbre; ya decía yo que estos días veía a mis hijas con unos modelitos que no se habían puesto en años. Por lo visto, han decidido que más vale ir “demodé” que levantar la liebre y preguntar cómo funciona la lavadora. ¡Pues no muerde! ¡Ni se come a nadie! Es más sencilla de usar que cualquiera de esos chismes cacharrangos con los que juegan los niños de ahora, pero debe ser que no tiene suficientes colorines, ruidos y lucecitas como para que osen probarla. Mi hija mayor, de hecho, no se ha quitado el jersey en los últimos tres días. Yo pensé que es que tenía frío, pero no. Es porque lleva las blusas arrugadísimas y no quiere que se vean; “antes cocida en mi propio jugo que aprender a planchar y que luego pretendan que lo haga más veces”, eso es lo que ha debido de maquinar mi (inteligentísima, oh, sí) vástaga.

            La nevera está vacía. Hace eco. Solo habita en ella una coliflor. Eso sí, mi chico, con toda la buena voluntad, en los ratos libres que le deja el trabajo (que son entre cero y menos dos) friega los cacharros. Lo malo es que cuando los guarda lo hace donde él piensa que deben ir. Que no suele ser donde van. Si alguien encuentra mi escurridor de verduras, ruego que me lo diga, porque yo hace tres días que no sé de él. Le echo de menos, me hacía mucho papel.

            Luego está el tema de los animales. En esta casa acaban de descubrir varias cosas curiosas, como por ejemplo, que los peces, si tardas muchos días en darles de comer, no aprenden a buscarse el sustento. Se mueren. Así, tal cual, sin paños calientes, sin previo aviso, ni notificación, ni nada. Y los que sobreviven, lo hacen porque han podido comerse a los que murieron primero. La ley de la jungla en un acuario doméstico. Mi hija pequeña no ha rescatado los cuerpos, que le da asquito, pero eso sí, se ha maquillado concienzudamente para el sepelio, y después de unas palabras de condolencia ha tirado ella misma de la cadena. Dudo que mañana se acuerde de darles de comer; para algunas cosas (las que no le interesan, me temo) ella también tiene memoria de pez. Tres segundos, más o menos.

            Igual pasa con los gatos: aún no han inventado la arena auto-limpiable, de modo que si alguien no retira las cositas del cajón, ahí se quedan. En mi casa hay gato desde hace dieciséis años. A estas alturas, digo yo que ya no sería necesario decir toooooodos los días: “que alguien limpie la arena de los gaaaaaatos”. Ya deberían saber que hay que haceeeeeerlo. Pues no. Si no lo grito desde la cama, no hay manera. Igual que lo de cepillar al perro, lo de estirar las sábanas o lo de barrer.

            Ahora que digo barrer; hoy he cometido la osadía de ir a la cocina a beber agua yo solita. Y no se veía el suelo. Resignada, he cogido la escoba. Me ha salido relleno para un colchón de cama de 90, de lo que deduzco que no han barrido desde que caí enferma. Las pelusas que caminaban ellas solas por el pasillo me lo han confirmado, que esto en vez de una casa parecía la escena de un western, con los matojos rodando por ahí mientras el malo y el bueno se aprestaban a sacar sus pistolas.

            Lo del cuarto de baño no os lo quiero ni contar; por lo visto, alguien les dijo que la ropa que uno se quita para ducharse camina sola hacia la lavadora, se auto-lava alegremente, sube al terrado cantando por la escalerita, se tiende al sol como nosotros cuando vamos a la playa, y luego baja, se dobla y se mete a dormir al cajón como una niña buena. Y resulta que no, que al día siguiente continúa ahí, y al siguiente, y al otro. Los indisciplinados botes de gel y champú, cuando se terminan, no se suicidan en el contenedor del plástico, sino que hay que llevarlos. Y la basura de todo tipo no se auto-destruye, hay que bajarla a su lugar correspondiente.

            Las otras veces que me puse enferma, no pasó nada, casi ni se notó, porque estaba la “mamá suplente” (Lagüelita). Esta vez, por no contagiarla, no dejé que viniese. Y mi casa se ha detenido hasta embarrancar. No sé si levantarme de la cama y empezar a limpiar como una loca o llamar a una ambulancia, porque estoy al borde de un ataque de nervios. Eso sí, ya voy avisando: el próximo que me vaya a contagiar la gripe, que se prepare, porque, o me paga la asistenta los días que tenga que guardar cama, o le meto una demanda que se defeca pata abajo. Lo juro. Prevenidos quedáis.

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