miércoles, 6 de febrero de 2013

¿LA FERRETERÍA MÁS CERCANA?


            Boni llegó a la residencia un mes de octubre. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer mismo. Lo trajo su hijo, la nuera no bajó siquiera del coche. Venía vestido con un pantalón de chándal azul marino, el típico de las tres rayas blancas en el lado exterior de las perneras, una camisa de cuadros y un jersey de mercadillo. En sus pies, unas zapatillas de estar por casa baratas. Todo su equipaje era una maleta, y cuando la deshice me quedé de piedra: otros dos pantalones iguales, otras dos camisas iguales y otros dos jerseys de la misma ganadería, un par de zapatillas aún más raídas que las que llevaba puestas, y dos camisetas interiores. Ni calzoncillos, ni calcetines, ni nada más. Bueno, sí: cuatro maquinillas de afeitar desechables y un peine.

            Me asomé a la ventana para ver marchar al hijo. No llevaba mal coche; la falta de equipaje no era cuestión de escasez de recursos, por lo visto. La religiosa de la planta y yo nos miramos, y sin hablar nos entendimos. Me mandó a la ropería, a buscar en los armarios de reserva ropa de su talla: pantalones de vestir para ir a misa los domingos, pijamas, calzones, calcetines. Lo mínimo. Hay mucha gente que piensa que a los abuelos, cuando ya salen poco y no pueden contener sus esfínteres, no vale la pena ponerles ropa aseada que les mantenga viva su maltrecha dignidad, y a algunos les niegan incluso el llevar calzoncillos, o bragas, aunque sea sobre el necesario pañal. Hay quien piensa que no les hiere verse así, pero se equivocan.

            Toda la ropa de reserva que teníamos procedía de residentes difuntos, aquellos cuyas familias habían donado las prendas de los que se nos iban para suplir las carencias de los que iban llegando. Estaréis pensando que el tema es un poco macabro. Lo de vestir a ancianos con la ropa de otros que han muerto, digo. Pero si bien lo miráis, cuando los recursos son pocos no se puede desaprovechar nada, y si te traen a alguien desnudo te ves en la obligación de cubrir su desnudez; si la familia no proveía, tampoco tenía derecho a quejarse. Así que aquella tarde busqué un poco de todo, planché algunas camisas, cosí etiquetas con las iniciales de Boni y el número de la planta en la que iba a vivir, y le compuse un armario decente.

            Lo que intuíamos que pasaría fue exactamente lo que pasó: en los dos años que aquel pobre hombre que apenas hablaba vivió en la residencia, no fueron nunca a verle. Nunca. Ni el hijo, ni la nuera, ni los otros dos hijos, ni los nietos. Nadie. Tampoco le trajeron una chaqueta nueva por Navidad, ni esponjas, ni jabón. Le lavábamos con el gel que compraban las monjas para los internos sin recursos, de marca blanca en botella de litro, y le poníamos colonia de la de granel. La familia ingresaba su pensión para cubrir la residencia, y ya. Una vez se puso muy enfermo, y les llamamos para que viniese alguien porque íbamos a llevarle al hospital. Me fui de allí a las tres de la madrugada sin que hubiese aparecido nadie.

            Cuando trabajas en una residencia te das cuenta de que hay varias clases de familias: las que llevan allí al abuelo por necesidad y los que lo llevan para poder olvidarlo. Los primeros, ya sea por falta de tiempo, o de espacio en casa, o por las necesidades asistenciales del enfermo, lo internan para que esté acompañado y mejor atendido, y van a verle, lo sacan a pasear, lo acompañan muchas tardes, juegan a las cartas con él, le cuentan cómo van las cosas, o simplemente le cogen la mano y le ayudan a cenar. Los segundos solo vuelven cuando les llamas para decirles que su padre ha muerto. Para ellos, residencia y olvidadero son sinónimos.

            El día en que Boni murió, la monja que estaba de turno y yo amortajamos su cuerpo. Lo lavamos, lo vestimos, lo afeitamos, lo peinamos con cuidado. Le pusimos las gafas, porque si no, no parecía él, y le colocamos unos zapatos de vestir “heredados”, para que no se fuera en zapatillas de estar por casa. Estábamos terminando de recoger la habitación cuando llegaron ellos, los tres hijos y las tres nueras. Arramblaron con todo: la ropa que no era suya, los pañales que no había utilizado, el bote de gel a medio terminar, las esponjas aún húmedas de haberle limpiado yo misma el trasero minutos antes. Las gafas, el peine, la colonia barata de granel. Lo metieron en bolsas y se lo llevaron a sus coches.

            La monja y yo les mirábamos sin decir nada; no estábamos sorprendidas, porque no era la primera vez que veíamos ese comportamiento. Pero el colmo fue cuando nos pidieron los alicates. “Es que lleva un sello y el anillo de casado, y no se los podemos quitar. Y claro, no pretenderán que le entierren con el oro puesto, ¿verdad?”

            La monja les dijo que, si querían alicates, que fueran a la ferretería y los compraran. Qué tristeza, pensar que el único dinero que se iban a gastar en su padre iba a ser en una herramienta para arrancarle los anillos de sus dedos rígidos. Vinieron a preguntarme a mí dónde estaba la ferretería más cercana.

            Yo no sé si Boni fue un mal padre, no sé si fue buen hombre, si les pegó o les quiso, si trató bien a su madre o le fue infiel. No sé qué falta tan grande pudo cometer para que ellos se portasen así. Solo sé que era su padre, y al menos, por el hecho de haberles dado la vida, se merecía un mínimo respeto.

No les mandé a la ferretería. Les mandé a la mierda, con todas las letras. Me gané un expediente, pero me quedé bien a gusto.

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