domingo, 24 de febrero de 2013

LA GRAN PREGUNTA


            Dándose un paseo por las salas del Cielo, se detuvo Dios un día en el lugar donde guardan las almas de los seres que han de nacer. Desde allí las envían, cuando un nuevo ser va a venir al mundo, para que cuando vea la luz lo haga completo. Si el alma no llega a tiempo, el niño que nace no sobrevive, porque no sería humano si no estuviese dotado de ese componente fundamental. Por eso, los empleados de la sala de las almas son escogidos de entre toda la corte celestial teniendo en cuenta su capacidad de trabajo, su diligencia y su seriedad. Para ese cargo no vale cualquiera, desde luego.

            Dios entró, como os decía, en la sala de las almas. Vio aquellas pequeñas lucecitas infantiles jugar y reír, a la espera de bajar al mundo de los hombres, y se le ocurrió una idea. Llamó a los dos que más cerca estaban de la puerta, se sentó en una silla y los sentó en sus rodillas. Jugó un rato con ellos, y después comenzó a preguntarles si tenían ganas de nacer como personas de carne y hueso. Una era alma de hombre, y contestó que sí. La otra era alma de mujer, y también contestó que sí. “Para eso existimos, Señor. Si no, no tendría sentido que estuviésemos aquí esperando”.

            “Hoy mismo os voy a enviar a la Tierra, pero antes debéis decirme una cosa: ¿Dónde queréis nacer? Os dejo elegir destino”. El alma de hombre y el alma de mujer se miraron. Él contestó enseguida: “A mí me da igual, Señor. Podría ser nepalí, caboverdiano, japonés o uruguayo. Podría ser suizo o canadiense. No se preocupe por mí, me mande a donde me mande, encontraré la manera de salir adelante”. Dios lo besó, complacido, y lo empujó hacia el mundo humano. Después volvió su mirada hacia el alma de mujer, y le preguntó: “¿Y tú? ¿Ya has elegido?”.

            Ella acarició con ternura la barba luminosa de Dios, y dijo que no. “No puedo decidirlo, Señor. Si nazco en África, por ser mujer mutilarán mi cuerpo desde niña para que no pueda disfrutar de él; tendré que sufrir el doble para ser madre, me entregarán a un viejo a cambio de algunas cabras, y si no tengo suerte, veré a mis hijos morir de hambre sin poder hacer nada por evitarlo. Me obligarán a creer que tengo que mutilar a mis hijas para casarlas, y cometeré con ellas la misma barbaridad que cometieron conmigo. En cambio, si nazco en México, posiblemente desaparezca antes de cumplir los veinte, violada y estrangulada por algún hombre que quedará, sin duda, impune. Si nazco en India, no valdré ni el aire que respiro; mi padre tendrá que pagar para que cualquier hombre me acepte a su lado, y seré siempre una carga. Solamente por ser mujer, muchos pensarán que tienen derecho a usarme y golpearme, y probablemente mi familia, después de eso, me mate para evitarse la vergüenza. Si enviudase, cualquiera podría abusar de mí, contando con que no me prendiesen fuego para no tener que mantenerme. Si naciera en Afganistán, estaría maldita por ser hembra, y tendría que ir cubierta como un fantasma. No se me permitiría ser una persona, ni leer, ni cultivarme. Sería considerada un ser inferior. Ni siquiera podría rezar cuando estuviera con la menstruación, ni enseñar un milímetro de piel fuera de mi casa. Si fuera Tailandesa, podría ser vendida antes de los diez años para ser esclava sexual de los adultos viciosos europeos y americanos; en China fácilmente podría ser abandonada al nacer, o dejada morir por carecer de testículos, porque allí solo les dejan tener un hijo, y prefieren un varón. Yo no lo tengo tan fácil para elegir dónde quiero nacer, Señor. Necesito un tiempo para pensarlo”.

            Dios la apremió: “elige ya, criatura, porque el mundo necesita hembras para no extinguirse. Por incierta que sea la vida que te espera, no puedo demorar más tu partida. Dime: ¿a dónde te envío?”. El alma de mujer, serena, miró a Dios. “Dígame al menos a qué raza pertenecerá mi cuerpo, y así podré decidir mejor. Lo digo porque no quisiera nacer negra en el sur de Estados Unidos o en Sudáfrica, ni tampoco gitana en España, Francia o Rumanía, porque en todos esos casos mi vida no sería más que una pura subordinación al macho o a la sociedad que me rodee. Ya que me da a elegir, quiero ser dueña de mí misma, crecer, desarrollarme como ser humano y decidir qué quiero y qué no quiero hacer”.

            Dios comenzó a perder la paciencia. “Si todas las almas tuvieran tantos miramientos, la humanidad ya no existiría”, tronó. Y el alma femenina, tranquila, le respondió: “si hombre y mujer fueran iguales en todo el mundo, yo no tendría tantos problemas para decidir, ni usted, Señor, tendría que ver tanto sufrimiento en el mundo que un día creó. Si todas las mujeres pudieran de verdad elegir, las guerras carecerían de sentido. Si usted, desde el principio, no hubiera hecho creer al varón que era superior, esto no habría pasado”. Dios, que cada vez estaba más enfadado, le gritó: “¿Insinúas que me estoy equivocando en mi obra? ¡Yo soy Dios, y por tanto, infalible! Como castigo a tus reproches, te enviaré a nacer a esa India de la que tan mala impresión tienes. ¡Hale!”

            El alma de mujer, antes de irse, le sonrió a Dios. “Muy bien, Señor. Cuando mi cuerpo humano muera, volveré para contarle cómo ha sido mi vida allí abajo”.

            Dieciséis años después, el alma de mujer volvió al Cielo. Había intentado ser médico para ayudar a sus semejantes y tener más utilidad que la de parir y ser manejada, pero la violó y asesinó un vecino por ser demasiado bonita. “Ya ve, Señor. Ni ayudé, ni di fruto, ni pude envejecer, ni amar. Mi agresor es el hombre que recibió el alma justo antes que yo, aquel que estuvo sentado en su rodilla derecha el lejano día en que usted nos dio a elegir nuestro lugar de nacimiento. Si algún día ha de volver usted a la Tierra a vivir entre los hombres, en lugar de nacer varón, encárnese como hembra. Verá cómo el martirio en la cruz que sufrió hace dos mil años no fue tan malo”.

            Y Dios, que no pensaba hacer nada al respecto, se encogió de hombros y miró, como siempre, hacia otro lado.

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