martes, 26 de febrero de 2013

LA TARTA


           El bizcocho crecía en el horno, inundando toda la casa con el olor de sus ingredientes: el yogur de limón, la corteza de naranja, el chocolate en polvo, las almendras… Ponía siempre especial cuidado en cubrir la masa con papel de aluminio hasta que terminaba de subir, porque si no se le hacía una costra tostada por encima que impedía a la levadura hacer todo su efecto, y ya no quedaba suficientemente esponjoso. No quería que tuviese la consistencia de un ladrillo; por eso había empleado un buen rato en poner a punto de nieve las claras. El aceite, del mejor y más aromático que había en la tienda. Y la harina, bien fresca. Nada podía fallar.

            Pensó en el relleno que le podía poner; a él le gustaba que emborrachase primero con un poquito de patxarán, así que hizo un almíbar ligero con azúcar, le añadió un chorro generoso de licor y un poco de canela, y buscó la brocha. Después, buceó en la despensa. Las mermeladas caseras eran su debilidad, y la semana anterior había preparado gran cantidad de confitura de fresas, de modo que cogió un frasco de color rojo oscuro y lo llevó a la cocina.

            Para adornar ya tenía preparadas las fresas frescas; el frutero del barrio había escogido las más bonitas de la tienda. “Son para adornar la tarta de cumpleaños de alguien especial”, le había dicho. El hombre le había guiñado un ojo y había sacado una cajita que tenía guardada, fuera de la vista del resto de clientes. “Entonces, necesitas fresas especiales”. Eran grandes, de un precioso color rosa. Brillaban, perfectas, haciendo que se llenaran las bocas de saliva solamente de verlas. Las compró.

            Montar la nata fue un momento. Tuvo cuidado de no batir más de la cuenta, para que no se pasara a punto de mantequilla. Después, con el bizcocho ya frío, usó un hilo de pescar para cortarlo en tres capas iguales. Un truco sencillo, pero efectivo. Emborrachó con mimo la lámina de bizcocho, extendió la mermelada, puso la siguiente lámina, repitió la operación. Tapó con la última, la regó de patxarán con almíbar, extendió la nata y colocó los fresones, partidos transversalmente y bien limpios, cubriendo toda la tarta. Después puso la nata restante en su manga pastelera, una boquilla estriada, y adornó el borde y todos los espacios entre la fruta.

            Sabía que le iba a encantar, porque siempre había tenido una especial predilección por las tartas con fruta fresca por encima. Después, metió el pastel en una caja, cogió la corona de cartón para nombrarlo rey, y se marchó a la residencia.

            Aníbal no la esperaba. Estaba aburrido en su silla de ruedas, en un rincón del salón, sumido en sus recuerdos de juventud. Ella llegó a la hora de la merienda. Puso las mesas en el comedor, le llevó allí junto con todos sus compañeros de sala. Cuando Aníbal vio la tarta, no se lo podía creer. Se dejó coronar, feliz, aplaudiendo como un niño, lleno de ilusión. Apagó su vela con mucha dificultad, riendo. “Aún tengo fuelle, aún puedo”, decía sin advertir que ella, desde su espalda, también había tenido que soplar para extinguir la llamita. Todos sus compañeros le felicitaron, y compartieron con él su pastel de cumpleaños. Le cantaron. Lloró, emocionado, conmovido por tanto cariño inesperado. Esa noche se fue a dormir feliz.

            Ella recogió los restos de la pequeña fiesta, ayudada por una trabajadora de la residencia. Era el ritual de todos los meses; Aníbal adoraba las tartas y los cumpleaños, y siempre se había celebrado sus aniversarios en familia. Ahora ya casi no le quedaba familia, pero él no lo sabía. Tenía noventa y seis años, su esposa y sus dos hijos ya habían muerto, y también sus nueras. De los cuatro nietos, solamente ella, la que hacía sus tartas, vivía en la ciudad donde estaba la residencia. El resto estaba desperdigado por el país.

            Esperar un año entero para que te den lo que más te gusta no es demasiado en la juventud, pero es mucho en la vejez. Por eso su nieta le hacía cada mes ese pequeño homenaje. Y para él eran los mejores ratos del mundo. No olvidaré la luz de la ilusión en aquellos ojos cansados. Pocas veces una simple tarta significó tanto.

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