viernes, 22 de febrero de 2013

LO IMPENSABLE


            Toda la vida profesional de mi padre se desarrolló en los institutos. Enseñaba una de las asignaturas menos queridas por la mayoría de estudiantes, y lo hizo como entendió que debía hacerlo: con traje y corbata, por respeto a sus alumnos. Tratándoles de usted, y exigiendo de ellos el mismo trato. Con exquisita puntualidad, y no dejando entrar a nadie en su clase a partir de los cinco minutos de cortesía después de la hora. Con seriedad, sin amiguismos raros, sin palabras malsonantes. “No soy su amigo, ni su colega, soy su profesor”. La diferencia estaba más que clara. Nunca aprobó a nadie por debajo de cinco, como establecía la norma, pero estiraba las décimas a aquellos cuya capacidad no era la ideal, pero cuyo esfuerzo merecía ser tenido en cuenta. A los que pasaban de todo, solía ponerles un uno si eran capaces de escribir su nombre y dos apellidos correctamente, ya que en muchos exámenes era lo único que escribían en sus hojas. Algunos ni siquiera eso lo hacían bien, y además les importaba un bledo.

            Sus últimos años de ejercicio profesional, cuando yo ya estaba casada y fui madre por primera vez, me comentaba, cansado: “Susi, no puedo con los adolescentes de ahora. No puedo con su falta de educación, con su falta de respeto a la autoridad. No puedo con el hecho de señalarle a una alumna que escribe mal hasta su nombre, y que al día siguiente venga su madre, igual de inculta y taruga que ella, a decirme que el equivocado soy yo. Cada vez me siento más fuera de lugar en el instituto, verlos mascando chicles como si fueran vacas rumiando todo el día, oyendo su vocabulario lleno de palabras soeces, en las que decirle a uno hijo de puta es casi un piropo. No puedo pasarme la mitad de mis horas lectivas vigilando la biblioteca, no estudié una carrera para esto. Necesito jubilarme”. Pensé que se había hecho mayor. Que le fallaban las fuerzas. Me dio pena.

            Ayer pude ver en el informativo cómo un alumno de dieciséis años le pegaba fuego con un mechero, en el pasillo del instituto, al pelo de una de sus profesoras. Vi cómo ella caminaba, ignorante de que su melena ardía sobre su espalda, hasta que una chiquilla la alcanzó por detrás y se lo apagó a manotazos. El chico se quedó mirándola alejarse, con el cabello en llamas, tan tranquilo, sin preocuparse de si se le prendía la ropa, si se podía abrasar viva, si podía sentir dolor, quemarse la cara y quedar marcada de por vida. Él no iba mal vestido: sudadera Adidas, vaqueros de buena factura, deportivas caras, Smartphone de última generación, seguramente, en el bolsillo. Pero iba desnudo por dentro. Desnudo de moral, de empatía y de principios. Me dio tanta pena, y tanta rabia, que me eché a llorar delante del televisor.

            Es curioso que, para ser charcutero, te exijan título, carnet de manipulador de alimentos y un certificado de prácticas en alguna empresa del gremio. Y quien dice charcutero, dice cualquier otra profesión. Sin embargo, para ser padre nadie te pide absolutamente ninguna cualificación. Cualquiera vale. Cualquiera. Este es el resultado, porque la raíz del problema no está en los centros escolares, sino en la total y absoluta dejación de funciones de muchos padres, que ponen de canguro al televisor, que no dicen “no”, que no imponen castigos coherentes cuando hace falta. Que salen de trabajar y se van al bar en lugar de ir a casa a educar a sus hijos. Que, cuando se separan y su hogar se desmorona, siguen pensando que no necesitan ayuda para educar. Que en lugar de ponerse de acuerdo con los profesores para trazar un plan y ayudar al niño, les acusa de ser los únicos responsables de sus malas notas, de tenerle manía, de tratarlo mal. Que ven a su hijo hacer una gamberrada y le ríen la gracia. Que piensan que comprándole al chaval móviles caros y ordenadores chulos le compensan todas las horas que no le dedican “porque yo también tengo una vida”.

            Sí, es verdad, los padres también tenemos vida, pero los que somos responsables la aparcamos momentáneamente para entregarnos a construir la personalidad y el futuro de los hijos que conscientemente hemos decidido traer al mundo; darles más no es criarlos mejor, el “no” es un gran regalo para su educación, y los límites son las paredes en las que ellos se apoyan para crecer. “El árbol que se tuerce se puede enderezar cuando aún es pequeño, pero no cuando se ha hecho grande. Entonces ya solo sirve para leña, porque ni su sombra es estable”.

            Cuanto más mayor me hago, mejor entiendo a mi padre. Cuánto me alegro de verle en casa, jubilado y feliz, lejos de la jauría.

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