miércoles, 27 de febrero de 2013

METÁFORAS


            El viejo profesor tenía muchos años de oficio a sus espaldas. Sus alumnos ya no eran niños, sino chicos y chicas de dieciséis, de diecisiete y hasta dieciocho años. Proyectos de hombres y mujeres casi hechos, en una edad en que la rebeldía existencial de la primera adolescencia ya debe haber pasado a la historia. Ciudadanos a los que ya se les suponía una cultura, una educación, unos cuantos libros leídos, un proyecto de futuro. Habían llegado casi al final del bachillerato; los que carecían de ambición intelectual y no pensaban hacer estudios superiores, ya hacía tiempo que habían abandonado el centro. Los que quedaban ya conocían los fundamentos del álgebra, la aritmética, las ciencias y la química, la geografía y la historia, el arte y la literatura, las lenguas propias y algunas extranjeras, el latín, el griego y hasta la filosofía.

            El profesor sabía ya perfectamente cómo era cada uno de sus alumnos. Sabía quién estudiaba y quién no, quién copiaba, quién miraba los apuntes la noche antes, soltaba lo poco que había podido retener para aprobar justito, y lo olvidaba instantáneamente. Sabía quién se esforzaba por encima de sus posibilidades intelectuales, quién amaba su asignatura y quién no. Pero, les gustase o no, debían aprobarla para continuar adelante, y se afanaba en enseñarles al menos a respetarla para poder entenderla, aplicarla y retenerla. No era de los que daba aprobados generales, así que, en el ránking de popularidad del instituto, no estaba en los puestos más altos, pero eso le daba igual. Su tarea no incluía la de ser amigo de los chicos, sino enseñarles.

            En una ocasión, el viejo profesor puso un examen. Toda la materia se había dado en clase, estaba explicada, había preguntado por las dudas y resuelto cuantas se le plantearon; había avisado de la fecha de la prueba, así que no era una sorpresa. Antes de empezar, ya sabía quién dominaba los temas y quién no, quiénes contestarían al azar por si sonaba la flauta y arañaban algún punto, quién pondría solamente el nombre y entregaría la hoja antes de dos minutos, quién estiraría hasta que sonara el timbre peleándose con el texto… Ya era casi final de curso, y el camino y la actitud de todos estaban bastante claros.

            Al día siguiente, puntualmente, entregó las notas; casi todos esperaban, más o menos, la calificación que iban a obtener. Solamente uno se mostró en desacuerdo, de modo que el viejo profesor le hizo quedarse al final de la clase. Era un muchacho alto, no demasiado estudioso. Iba aprobando porque era inteligente, pero nada trabajador. Se saltaba algunas clases, y le faltaban apuntes. Lo de estudiar en casa no era, precisamente, su actividad favorita, pero por alguna razón, no esperaba suspender aquel examen. Gran parte de las preguntas le sonaban, había contestado “de oído” y acertado algunas, pero se había quedado en un cuatro. Se echó a llorar.

            El viejo profesor le puso la mano en el hombro para confortarlo, y le contó una antigua leyenda. “Mira, Fulanito. Cuando el rey Boabdil el Chico perdió Granada en 1492 a manos de los Reyes Católicos, tuvo que huir de la ciudad. Su madre, la sultana Aixa, iba con él. Desde un cerro próximo, Boabdil contempló por última vez su amada y bellísima Granada, lo que había sido el último bastión de su reino, y sintió tanta pena que se echó a llorar. Su madre, en ese momento, le dijo: “hijo mío, no llores como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Quería decirle que lamentarse después no sirve, hay que pelear mucho más si se quiere que los resultados sean distintos. Lo entiendes, ¿verdad?” El chico se sonó los mocos en un pañuelo, le devolvió el examen y se marchó.

            Al día siguiente, el viejo profesor fue llamado al despacho del director. El alumno y sus indignadísimos padres habían puesto una denuncia contra él “por llamar al chico maricón”. Fueron incapaces de entender siquiera una metáfora tan sencilla y hermosa como sutil.
De donde no hay, no se puede sacar.

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