martes, 12 de febrero de 2013

PARA SAN VALENTÍN


            El catorce de febrero del ‘92, a mi “yo emocional” le arrancaron un trozo considerable; han pasado muchos años, pero cuando la fecha se acerca no puedo evitar recordar aquel como uno de los peores días de mi vida, así que no me gusta que el día de San Valentín me regalen nada. Ni siquiera flores, porque las que yo compré ese día fueron para adornar una tumba. Sin embargo, mi medio pomelo se merece lo mejor del mundo, y por él soy capaz de celebrar cualquier fiesta con una sonrisa, aunque lleve un crespón negro cosido al corazoncito.

            Este año la cosa está un poco compleja, la verdad. Si miráis alrededor, casi todos estamos pasando por una situación económica más o menos complicada, de modo que, definitivamente, desecho la idea de comprar cualquier regalo. Cuando paso junto a las tiendas, llenos sus escaparates de corazones y angelotes de arco y flecha, no necesito taparme los ojos para que no me entre la tentación, porque ya mi tarjeta de crédito, desde su escondite del bolso, se encarga de decirme, cual Pepito Grillo extraplano: “ni se te ocuuuuurraaaaa”. Y más me vale hacerle caso.

            Pensé, fugazmente, en una tartita, de esas tan monas con forma de músculo cardíaco, o en unas bonitas galletas alusivas al tema. Entonces me visualicé a mí misma sobre la báscula del baño, la última vez que osé pesarme. Jamás confesaré la cifra. Solamente os digo que la pobre electrodoméstica chilló como una posesa hasta que me bajé, y ya no ha vuelto a ser la misma. Definitivamente, no.

            Como último recurso, nos imaginé a los dos en un restaurante, atendidos por un par de elegantes camareros, con luz de velas y un violinista derramando románticas notas al aire. Brindaríamos con un buen vino, degustaríamos los platos que más nos apeteciesen, y nos miraríamos arrobados, como corresponde a dos enamorados que están tontos perdidos el uno por la otra y la otra por el uno, o sea, como nosotros. Lo malo es que, en esa soñada escena, se coló el jefe de sala con la cuenta, y se rompió el hechizo: entre lo señalado de la fecha y la subida del IVA, la cifra me congeló el romanticismo, haciendo llorar, de paso, a mi decrépita billetera, que no la jubilo porque la uso muy poco, pero que la pobre ya no está para muchos trotes. Y menos para estos disgustos. Olvidemos lo del restaurante, porque el presupuesto solamente da para ir al MacDonald’s, y eso es todo menos romántico.

            Creo que ya sé lo que voy a hacer: una cena especial preparada en casa, pero que parezca de restaurante. No hace falta gastarse mucho, veréis. Si los mejillones de lata se comen directamente de la lata, queda cutre. Pero si los colocas en un platito con algunas patatas fritas, espolvoreas perejil y dibujas corazoncitos de kétchup en los bordes del plato, ya hacen otro efecto. Igual pasa con los espárragos, que solos no parecen nada, pero con un poco de pimienta, unos pegotillos de mahonesa bien distribuidos y alguna viruta de corteza de limón (que no se come, pero adorna que no veas), parecen salidos de la cocina de Arzak.

            Seguimos con la ensalada. Tomates cherry, de las macetas del balcón. Albahaca, de la misma procedencia. Lechuguita, y un vinagre de esos modernos de reducción de vino de nosedónde a la frambuesa, o similar (carreflús, un euro el bote). Si lo pones todo bien arreglado, luego dibujas por encima una cuadrícula de chorricos de vinagre y queda de escándalo. ¡Ah! Y queso, del que se quedó duro en la nevera, rallado y espolvoreado, como toque de “chic europeo”. Vamos, inmejorable.

            Para el segundo plato, primero pensé en unas truchas, pero luego empiezas que si la espina, que si la cabeza, y queda incómodo. Recurriremos a las pechuguitas de pollo, baratas y socorridas. Unas berenjenas, que ahora están a buen precio, todo en daditos, un pelín de cebolla y una buena besamel (beeesameeeeel, besamel muuuuchooooool… siempre que hago esa salsa canto eso, no sé por qué. Asociaciones de ideas raras de este cerebro mío). Y para postre, he visto los plátanos a un euro el kilo, que ensartados en palitos con gajos de mandarina (rodaja, gajo, rodaja, gajo) y con unos hilillos de caramelo líquido que tengo por ahí de un día que hice flan, quedan buenísimos.

            ¿Qué se me olvida? ¡Ah, sí, el vino! Lambrusco fresquito. No es muy bueno, pero sí barato, entra bien, y a la segunda copa se te pone la risa boba y todo te parece más bonito, y más romántico, y más de todo. Perfecto.

            Por último, el café. Solo y con sacarina, como a él le gusta. Entonces es cuando hay que susurrar ESO. Sí, no os hagáis los tontos. ¡Eso! ¡Venga, no me toméis el pelo! No me lo puedo creer. ¿Cómo que no lo sabéis? “Eso” es… (póngase lo que uno prefiera: “te quiero”, “te quiero”, “te quiero” o “te quiero”. O “te quiero”. O “no llevo ropa interior”. O…)

            Feliz San Valentín.

1 comentario:

  1. jajaja, que chula la entrada. Nosotros también hemos optado por la cenita en casa, por la misma razón que tú. Y chica no hace falta más. Eso sí, yo si he comprado el corazoncito, y a la báscula que le den, mañana a líquidos todo el día y au, jajaja. Con respecto a la fecha un poco...marcada en negro, cariñet, esas cosas, aunque no se superan nunca, hay que aprender a llevarlas y no dejar que te nublen demasiado el día. Imagina que yo, mi cumpleaños, lo he celebrado dos veces en mi vida en un entierro, sí hija sí, dos veces, mis 23 velas y mis 30 las celebré enterrando a dos personas maravillosas, y una de ellas, muy importante en mi vida. Pero...he dejado de celebrar mi cumple por ello, pues no. Eso nunca, además a mi iaio eso no el gustaría. Estoy segura que si hubiese podido escoger un día para morir, no lo hubiera hecho nunca el día anterior a mi cumple. Yo era su ojito derecho, y él, el mío. Pero así es la vida, y así es la muerte, no se escoge, ni cuando venimos ni cuando nos vamos.
    MI niña tú celebra la vida, siempre, día a día, y eso sí, guarda en tu corazón a esa persona, que mientras tú la tengas ahí, no morirá del todo. Un abrazo

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