miércoles, 13 de febrero de 2013

POR TUS COLORES


            “Querida mía:

            Desde la última vez que estuvimos juntos, no he podido dejar de pensar en ti. Hasta ahora pensaba que Dios se había equivocado haciéndome ciego, pero ya voy entendiendo sus razones. Y es que desde que te conozco me doy cuenta de que, sin verte, veo mucho más que antes. Esa razón oculta que me hizo nacer sin luz tiene que ver contigo, y con la forma en que, recorriéndote, he aprendido a amar los colores que no conocía, y a amarte a ti a través de ellos.

            Nunca he visto el cielo ni tampoco el mar, pero sé que su color y el de tus ojos son el mismo. Lo sé porque cuando intuyo que me estás mirando me siento volar, y también porque aquel día que lloraste besé tu mejilla, y me bebí sin querer una de tus lágrimas, que sabía como el agua de la más limpia de las playas. Por eso tengo la certeza de que tus ojos han de ser intensa, inmensamente azules.

            Tu piel es blanca, lo sé. Tan blanca como la nieve, porque cuando te acaricio, tu cuerpo tiene esa misma suavidad que posee ella cuando está recién caída y nadie la ha pisado aún. Y también, como ella, te derrites entre mis dedos contagiándote del calor que yo desprendo, un calor que solamente tú sabes despertar, y que hace que me estremezca cuando te abrazo, igual que nos estremecemos cuando la nevada nos coge con poco abrigo. Tus mejillas han de ser rosadas, seguramente, como dicen que son esas rosas que llenan de fragancia los jardines por los que paseo cuando voy a tu encuentro. Rosadas y suaves como esos pétalos que, al rozarlos, me impregnan los dedos de su fresca fragancia primaveral, tan parecida al perfume que tú exhalas, porque aunque no me lo digas, yo sé que te perfumas para mí, lo percibo cuando llegas, cuando me abrazas.

            Yo no he visto nunca el color dorado. Me han dicho que es luminoso, como el sol, y por eso sé que tu pelo ha de ser así, porque al tocarlo siento que esos bucles infinitos en los que enredo mis dedos adornan a un ser de luz. Cuando tu pelo me roza el pecho el calor me inunda, como cuando me descubro para que el sol me broncee. Yo sé que si mis ojos te vieran, el oro de tu melena me deslumbraría, y por eso estoy contento de ser ciego: así puedo permanecer a tu lado sin creerte un ángel, y acariciarte, y poseerte, y dejarme poseer por ti sin sentir que estoy pervirtiendo a una criatura celestial.

            El color de tu boca ha de ser rojo, como el fuego. Lo puedo jurar por cómo me quema cuando me recorre, por cómo hace que me abrase de deseo en cuanto la siento sobre mi piel. Esa boca que me susurra palabras indecentes, y que solo calla cuando está bebiendo de mí, esa boca que le niegas a la mía sin que yo llegue a entender por qué, tiene que ser roja, como el corazón de los volcanes, como el centro de la Tierra, porque es el centro de mi mundo. Y la deseo igual que te deseo a ti, anhelo fundirme en ella y recorrer su sabor, pero tú no me lo permites, porque temes que si por un momento dejo de decirte cuánto te quiero, si dejo de hablarte de lo hermosa que mis manos te ven, dejaré también de amarte.

            Dejar de amarte… ¡como si eso fuera posible! Aunque quisiera, solo tendría que recordar tus colores para volver a sentir de nuevo que el amor me invade, porque contigo he aprendido a verlos, y te quiero a través de ellos. Por eso, mi ángel rubio de rosadas mejillas, mi ninfa blanca de azules ojos, necesito verte otra vez, hoy mismo, en el lugar de siempre.

            Eternamente tuyo,

Homero Feliz”.

            Ella dobló la carta, y la metió en su bolso. “Estos poetas ciegos, qué cursis y qué cargantes me resultan. Menos mal que pagan bien”. Y la prostituta africana se ajustó la mini-falda, se pintó los labios, y echó a andar hacia el parque para hacer el primer servicio de la noche.

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