domingo, 10 de febrero de 2013

SE VENDE TIEMPO


            Cuando la muerte le dijo a Meritxell que vendría a buscarla temprano, la dejó conmocionada por unos días. “¿Cómo de temprano?”, le preguntó. “De ti depende”, contestó la de la guadaña, con su voz cavernosa y burlona. “Perdería todo el respeto que el hombre me tiene si solamente viniera para buscar a los viejos. Yo no nací para ser el alivio del ser humano, sino para ser su azote. Si no me tuvieran miedo a mí, no habría orden en el mundo, de modo que, de vez en cuando, vengo y me llevo algún joven. Así, la humanidad no olvida que, al final, siempre gano yo, y que aún no ha llegado quien pueda vencerme. Tú vas a ser mi elegida antes que la mayoría”. Y, dicho esto, acarició la mejilla redonda de la muchacha y se marchó.

            Meritxell tardó varias semanas en asimilar la idea de que muchos de los planes que para sí misma soñó desde niña no se cumplirían jamás. Quizá no le diera tiempo a ser madre, tal vez no llegara a conocer el amor de verdad, o a viajar para ver los sitios que encendían su imaginación. Tampoco sabía qué forma elegiría la Muerte llevársela, si de pronto, con un accidente, o de forma lenta, con una enfermedad. Tantas dudas eran más de lo que alguien inquieto y joven como ella podía soportar, de modo que salió una noche a la calle a buscar a la de la guadaña. Después de mucho vagar la encontró sentada en la sala de espera del hospital.

            “Señora, no es por molestar, pero me gustaría que me aclarase algunas cosas sobre lo que me dijo de llevarme con usted. ¿En qué medida depende de mí? ¿Cuánto tiempo me queda para volver a verla? ¿Cuántas cosas podré hacer antes de que ese momento llegue?” La harapienta Muerte, con gesto aburrido, se colocó una costilla que se le había torcido al sentarse. “Mira, guapa, yo no doy nunca día y hora de mis apariciones. Si no, esto no tendría mucho sentido, la verdad. Solamente te diré que, cuanto más pienses en mí, peor será tu vida. Ya que sabes que no te harás vieja, trata de ser feliz. Si actúas guiada por lo que quieren y esperan los demás de ti, vivirás más años, pero serán peores, amargos y eternos. En cambio, si vives como tu corazón te lo ordene, tu tiempo será más corto, pero al menos podrás decir que mereció la pena. Piénsalo bien, y luego decide”. Después de terminado su discurso, la Muerte se levantó para besar a un hombre que entraba en ese momento en una camilla por la puerta de Urgencias. Ante la impotencia de los médicos, salieron juntos del hospital, cogidos de la mano como dos enamorados, y se perdieron en la ciudad.

            Meritxell se fue a casa pensando en las palabras de la Muerte. Tenía quince años, y decidió que, ya que iba a morir, lo haría divirtiéndose de lo lindo. Abandonó los libros y no se dejó droga por probar, fiesta por exprimir ni chico con quien ligar. Se bebía todo lo que encontraba, se fumaba todo lo que le ponían delante… Desesperó a su familia, nadie entendía en qué se había convertido aquella niña inteligente y educada que con tanto mimo habían criado. Una noche de esas, su cuerpo intoxicado de alcohol cayó inconsciente al suelo de un aparcamiento, en pleno botellón. Mientras los médicos del hospital trataban de hacerla reaccionar, la Muerte le pellizcó en un brazo. “Niñata estúpida, te dije que vivieras tu tiempo como tú quisieras tratando de ser feliz, y lo que estás haciendo es tirar tu escasa vida por el váter. ¿Qué parte de mi mensaje no has entendido?”. La joven abrió los ojos, y con la lengua hinchada y balbuceante, replicó: “Le estoy haciendo caso a usted, no me regañe. Me dijo que si vivía como a mí me daba la gana, sin dejar a los demás decidir por mí, mi tiempo sería mejor, y eso intento”. El esqueleto le propinó un bofetón. “¡Despierta, pava! ¿No ves que son las drogas las que te manejan? ¿Para qué tienes la cabeza? ¿Esta es la idea que tú tienes de la felicidad?” Meritxell cerró los ojos, aturdida. Cuando los volvió a abrir, la Muerte ya no estaba.

            Retomó todo donde lo había dejado suspendido. Comenzó derecho, como siempre había querido su padre, y lo dejó en segundo, porque no era lo que ella deseaba. No tenía tiempo que perder, le gustaba más cocinar, de modo que se matriculó en una escuela de hostelería. Allí comenzó a salir con Arnau. Después de diez años juntos, con el restaurante ya en marcha, lo normal era casarse, y comenzaron a preparar la boda, aunque Meritxell ya no le quería como antes. De hecho, había comenzado a sentir una fuerte atracción por uno de los camareros, que respondía a sus miradas con el mismo ardor que ella experimentaba.

            Por no montar un escándalo que afectase a las dos familias, se casó con quien “debía”; después de nacer la niña, se dio cuenta de que no podía continuar con aquella mascarada de matrimonio, hacía tiempo que se veía con Oriol a hurtadillas, y no podía seguir manteniendo tantas mentiras. Se separó, y el escándalo fue mayúsculo. Oriol también se separó de su mujer, y la pareja ya no se escondió nunca más de nadie. Para evitar males mayores, los dos dejaron el restaurante y alquilaron un pequeño local para poner su propio negocio de hostelería juntos.

            Meritxell se despertó una noche, cinco años después de haber decidido, por fin, vivir junto al amor de su vida en contra de la opinión de los demás. Aún había quienes no les habían perdonado, pero aprendieron a vivir con eso, afrontando todo lo que pudieran opinar de ellos con la seguridad de haber hecho lo mejor. El chasquido de los dedos huesudos de la Muerte la sacó de su sueño. “Hola, Meritxell. He venido a buscarte porque llegó tu momento”. La mujer, presa de la angustia, se echó a llorar. “¿Por qué ahora? Casi no he podido disfrutar de la vida junto a Oriol, que es quien me ha hecho realmente feliz. ¿No podrías darme un poco más de tiempo?”

            La Muerte, con un mohín en su rostro de “te lo avisé”, le dio a escoger. “Puedo venderte una prórroga, pero el precio es alto. Elige: ven conmigo ahora, o vive un año más con una enfermedad terrible. Si decides que sea hoy, no sentirás ningún dolor, provocaré un derrame en tu cerebro, te dormirás y nos iremos. Si decides comprarme un año, será a costa de mucho sufrimiento, pero tendrás la oportunidad de despedirte de aquellos a los que amas, y también de que se acostumbren a la idea de que pronto no estarás. ¿Qué decides? ¿Serás capaz de aguantar, o prefieres que te encuentren muerta cuando se despierten?”

            Meritxell miró a Oriol, que dormía tranquilo a su lado. Después fue a ver a Laia a su habitación, acarició sus rizos morenos y pensó que merecían ese tiempo más que nadie en el mundo, aunque fuera a costa de un precio tan alto. Por eso, le tendió la mano a la de la guadaña, y compró su último año a cambio del dolor.

            Anoche murió, después de una dura lucha contra el cáncer. Lo hizo rodeada por todos los que la querían, tras doce intensos meses demostrando valor, entereza y un inmenso amor por los suyos, que ellos le devolvieron con creces cada día, cada minuto precioso desde que supieron que su tiempo se acababa. No le importó el sufrimiento, porque tuvo la oportunidad, a cambio, de dejar todo en orden. No dudó de que, de verdad, había merecido la pena.

            El último beso que sintió en su cara no fue el de la Muerte, sino el de Oriol, el de Laia, el de sus padres, el de sus hermanas, el de sus amigas más queridas, porque nadie faltó a la cita. Después, cerró los ojos y se dejó ir sonriendo.

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