lunes, 4 de febrero de 2013

SEVILLA


            Cuando planeo viajar a algún sitio, por cercano que este sea, suelo preparar la visita informándome de los lugares de interés para priorizar, en caso de ser muchos, los que más me apetecen; así los ubico en el mapa, me hago una idea de las distancias y del tiempo que necesitaré para recorrer lo que quiero ver. Reconozco que con Sevilla no lo hice. Preferí dejarme llevar por el guía, un futurible sobrino político que me ha salido por esas tierras. El chico nos dio un buen paseo por lo más típico: parque de María Luisa, Plaza de España, Torre del Oro, el río, la catedral (Giralda, Giraldillo y gemelo del Giraldillo incluidos), Barrio de Santa Cruz, Plaza Nueva, calle Sierpes, Tabacalera, la Maestranza, la judería, el patio de los naranjos, y algunas cosillas más. Hasta ahí, todo bien. Quien ha ido a Sevilla habrá visto esos lugares, a buen seguro.

            Como yo suelo mirar las cosas con otros ojos, que no son los de un turista normal, lo antes mencionado me pareció precioso, pero no muy distinto de otras ciudades que conozco, incluyendo la propia Valencia en la que vivo. Lo que para mí distingue entre sí las urbes no son sus monumentos, o al menos no solamente eso. Es la luz, el olor del aire, la actitud de sus gentes. Y, a pesar de tener de nuevo la mala suerte de que mi viaje haya coincidido con una desafortunada huelga de recogida de basuras (ni me meto ni lo critico, cuando los trabajadores protestan sus razones tendrán, y su derecho a la huelga es incontestable), debo decir que Sevilla me gustó.

            Me gustó ver gente paseando a sus perros y no encontrarme cataplasmas en el suelo; no sé si es porque el centro se cuida más, o porque la población está mejor educada. O porque se ponen multas y la ciudadanía ha aprendido la lección. El caso es que, si uno trata de pasear por Valencia, no puede ir mirando a ningún sitio que no sea el suelo, o se arriesga a hacer bueno el refrán ese de “ojos que no ven, caca que pisan”. Y tengo chucho, que conste, pero yo soy responsable. La cara B es que de perro no, pero de caballo unas cuantas. Es lo que tiene la abundancia de calesas para los paseos turísticos.

            Otra cosa que me llamó poderosamente la atención fue el desparrame de naranjas. Hay naranjos por todas partes, y en primavera tiene que ser una verdadera delicia el olor de las flores de azahar. Ahora huele a zumo de naranja, porque ruedan por las calles, caídas de los árboles, a cientos. Se pisan, se tropiezan y se patean todo el tiempo; me dijeron que las recogen para venderlas a los ingleses, que hacen mermeladas amargas, y a los belgas, que hacen esencias para perfumería. Pues como no se den prisa, no va a quedar ninguna, porque la mitad ya han servido de balón a la chiquillería sevillana. Aunque bueno, ante que lo que se vea por el suelo sean papeles, plásticos y latas, como en otros sitios, prefiero las naranjas, francamente.

            Algo que también perfuma mucho el ambiente es el romero. No es que haya arbustos plantados en los parques, es que alrededor de cada monumento hay un ejército de gitanas con las manos llenas de él tratando de venderte una ramita con su palabrería engañosa y legendaria. A mi sobrina le decían: “cuida máh a tu marío, que é te quiere musho, y tú ereh mú dura con é cuando te enfadah”. Lo curioso es que el “marío” al que se referían era el mío, pues tío y sobrina iban charlando en ese momento. La chica aún es soltera. Yo, por mi parte, puse en práctica la estrategia que aprendí el París, donde, para esquivar a las hordas de negros que intentan venderte llaveros de la torre Eiffel en cuanto pisas la calle, compré una figurita y la sacaba del bolsillo en cuanto se me acercaban. “Ya tengo, ya tengo”. Pues en Sevilla igual: ramita de romero en la oreja, en plan clavel reventón, y en cuanto se me arrimaba una calé, se la enseñaba y decía “te la cambio”. Me miraban mal, pero se iban. Eso sí, no pude evitar escuchar, como por descuido, los rollos que les contaban a los turistas sobre el amor, la felicidad de pareja, la fortuna venidera… La próxima vez iré con una grabadora. En un par de días puedo tener material para una novela enterita.

            Todas esas cosas, y alguna más que contaré en próximas historias, son las que hacen que a mí me guste (o no) una ciudad. Y Sevilla me gustó, me gustó su luz, la tranquilidad del tráfico, tan distinto del que sufro a diario, el respeto por los semáforos en ámbar y los pasos de cebra. Me gustó ver a la gente que no tira, como hacen aquí, las latas de refresco vacías por la ventanilla del coche en marcha, ni dejan caer el paquete de tabaco en cuanto sacan de él el último cigarrillo. Me gustó ver a un montón de personas tomando una cerveza en la calle y no escuchar una voz más alta que otra, me gustó no oír discusiones en los bares, sino bromas y risas. Me gustó la alegría de los niños persiguiendo a las palomas, y el rumor del río, aunque la humedad arruinase mi peinado.

            Confío en poder, la próxima vez que vaya, disfrutar de Sevilla sin tener que rodear los enormes cúmulos de basura para poder cruzar la calle. Señores del Ayuntamiento, hagan el favor de alcanzar un acuerdo con los trabajadores de limpieza. No dejen que nadie que no sepa ver más allá de los montones de bolsas se lleve una mala impresión de su maravillosa ciudad.

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