domingo, 3 de marzo de 2013

BLANCO SOBRE NEGRO


         Tea estaba un poco nerviosa. Dentro de su jaula, veía pasar el paisaje por la ventanilla del coche sin saber muy bien dónde iba. Desde que vivía con Jaime solamente había salido de su casa para ir al veterinario, pero una vez cicatrizadas las quemaduras, el único escenario de su vida había sido la casa donde él vivía. Eso sí, allí tenía libertad para subirse a los muebles, corretear a su antojo y curiosear a placer. No le faltaba comida ni agua, y ni siquiera tenía que hibernar porque la calefacción mantenía la primavera todo el año.

            Jaime, desde el asiento del conductor, le hablaba para tranquilizarla igual que había hecho cuando le conoció, la terrible noche de verano en que su bosque, en el que había nacido y vivido siempre, ardió por completo. Su despensa, su árbol. Sus hijos. Sus hermanos. Ella misma había caído al suelo, asfixiada por el humo, y de no ser porque Jaime la encontró y la auxilió, ahora estaría muerta. Su cola peluda de ardilla había desaparecido, le dolía todo, las quemaduras eran terribles, pero él no la dio por perdida. Esa noche, mientras el monte y el infierno eran uno solo, el voluntario que había acudido para ayudar en la extinción del incendio de Andilla, en Valencia, había visto demasiados ciervos, demasiados pájaros y erizos, zorros y conejos, demasiados topos, cabras y jabalíes abrasados y muertos. Cuando advirtió que Tea respiraba, no lo dudó.

            En el centro de recuperación de fauna le dijeron que tenían más animales de los que podían atender; dos enormes fuegos activos en la misma provincia, el viento sur sin dejar de soplar, cuarenta grados día y noche y una orografía terrible daban como resultado muchos animales heridos. Los esfuerzos para recuperar a aquella ardilla moribunda no valían la pena. Jaime decidió que él lo haría. Gracias a eso, a sus cuidados y a la veterinaria que habitualmente atendía a sus perros, Tea quedó sin cola y sin una de sus garritas, pero con vida. No podría volver a la libertad del bosque, pero podría vivir con Jaime. Para él era un símbolo, la prueba de que la naturaleza, con un poco de ayuda, puede salir adelante a pesar de haber sufrido un desastre como aquel.

            El viaje por carretera duró una hora larga. A medida que se iban acercando a Andilla comenzaron a ver las señales del incendio. Cuanto abarcaba la vista era monte seco y negro. Cadáveres y más cadáveres de lo que antaño fue un pinar glorioso, una colina tras otra, un monte tras otro, los valles, los bancales. Todo era negro. A Jaime le caían las lágrimas sobre la camisa mientras conducía. Qué desolación. La estupidez de algunos humanos no conocía límites. Tea miraba sin entender. Aquellos esqueletos de carbón, sin hojas, sin piñas, sin agujas, sin savia, eran, seguramente, la morada de la muerte.

            A medida que ascendían, los restos blancos comenzaron a anunciar la nieve. ¡Sí, había nevado! Esos montes abrasados, llenos de negras barreras hechas con los propios troncos carbonizados, talados y dispuestos para que las lluvias no arrastrasen la tierra ladera abajo dejándolos desertizados para siempre, habían recibido la bendición de la nieve por primera vez en varios años. Tal vez quien maneja los hilos había decidido que, ya que el fuego había hecho tanto daño, el manto blanco viniera a servir como un bálsamo que ayudase a comenzar la vida de nuevo. Por eso Jaime había vuelto allí, y por eso había llevado con él a Tea.

            Aparcó su coche en Osset, una aldea que quedó en pie en medio de las llamas. Las casa se salvaron, pero nada más. Ahora, los montes se veían cubiertos por la nieve, ahuyentando la desesperación. El hombre bajó del coche, sacó a la ardilla de la jaula y la refugió contra su pecho, bajo el abrigo. Caminó ladera arriba hasta donde acababa el camino; el animal, curioso, asomaba su cabecita por la abertura entre dos botones. No pudo reconocer su árbol natal. “Mira, Tea. Aquí estabas tú, en el suelo, junto a esta roca. Ahora no hay ardillas, pero la nieve infiltrará agua al subsuelo, en primavera nacerán plantas, y cuando el suelo esté en condiciones repoblaremos todo esto con pinos nuevos. Tú y yo ya no lo veremos, pero en cuarenta o cincuenta años tal vez otros Jaimes vendrán a admirar el paisaje, y otras Teas correrán de rama en rama. No todo está perdido”.

            La ardilla oía aquel corazón entusiasmado latiendo en el pecho, y se acurrucó más contra él buscando su calor. Mientras quedasen humanos como su amigo los montes conseguirían sobrevivir.

Acariciando la cabecita peluda de Tea, Jaime miró a su alrededor. La nieve sobre el carbón, blanco sobre negro, vida sobre muerte. Esperanza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario