miércoles, 27 de marzo de 2013

CAFÉ DE RESERVA


            Esta es una historia que he conocido hoy. Me ha conmovido, y aunque no ha nacido de mi imaginación, no puedo dejar de contárosla. Seguro que, cuando terminéis de leerla, convendréis conmigo en que merecía la pena ponerla también aquí. Las cosas bonitas hay que contarlas.

            Carmen comenzó a trabajar en una nueva empresa. Estaba en el centro de su ciudad, y aquel empleo la había llenado de ilusión, aparte de solucionar su situación económica, que hasta aquella bendita entrevista en que decidieron que ella era la mejor candidata al puesto vacante, había sido bastante precaria.

            Desde el minuto uno cayó bien entre los compañeros. Bajaban juntos cada día a tomar algo a una cafetería que había cruzando la calle; eran ocho, y se organizaban para no perder tiempo, porque apenas contaban con veinte minutos para un café y un bocado. Así, cada mañana uno de ellos tomaba nota de toda la comanda, iba a la barra a encargarla y la traía a la mesa para que todos desayunaran. El día en que le tocó a Carmen, se extrañó al oír que otro cliente, junto a ella, pedía “cuatro cafés, y uno de reserva” para su mesa. Y en la mesa solamente había tres personas. La cuenta no le cuadraba: tres sentados y uno en la barra hacían cuatro. ¿Y el de reserva para quién era? El camarero puso cuatro tacitas.

            En sucesivos días, Carmen estuvo pendiente de la barra más que de la conversación de sus compañeros. Así, una mañana vio a una mujer que pedía dos cafés y uno “de reserva”, le servían dos y pagaba los tres, y un muchacho que estaba con sus amigos pidió siete refrescos y un café “de reserva”, les sirvieron las bebidas pero ningún café. ¿Qué demonios era aquello de la reserva? ¿Lo deberían de otro día que no llevaban suficiente para pagar? Aquello era muy raro.

            No hay cosa que más mortifique a algunas personas que la curiosidad insatisfecha. Carmen era de “esas” personas. Se acercó una tarde a la cafetería, fuera de horarios de oficina, y comprobó que también a esas horas había clientes que pedían cafés “de reserva”. No pudo resistir, y ella misma pidió un té con un bollo para merendar, y uno de esos extraños cafés. Después miró la cuenta. Un euro diez del té, uno cincuenta del bollo, uno diez del café. Total: tres euros con setenta céntimos. Pero no le sirvieron café ninguno.

            Al fin, llamó al camarero para preguntarle. “No hace falta que yo le explique nada, señora”, contestó el hombre. “Quédese un rato más, y usted misma podrá comprobar qué es lo que acaba de comprar”. Carmen sacó un libro de su bolso y, sin dejar de mirar a su alrededor, lo abrió por donde tenía la marca.

            A eso de las siete se asomó a la puerta un hombre. Iba desaliñado, su ropa estaba raída y llena de lamparones. A todas luces, un hombre pobre, y posiblemente sin un techo para cobijarse. Discretamente, preguntó al camarero de la barra: “Disculpe, ¿hoy hay algún café de reserva?” Ante el gesto afirmativo del barman, se sentó en la mesita del rincón (todas las cafeterías tienen una mesita del rincón) y esperó a que le sirvieran. Se tomó el café con leche despacio, bien caliente, con cara de estar rozando el cielo con los dedos gracias al contenido de aquella taza.

            Para eso eran los “cafés de reserva”: para las personas del barrio que ni siquiera tenían para procurarse algo caliente con que llenar el estómago una vez al día. Era una manera que vecinos y visitantes tenían de echar una mano, anónimamente, beneficiando a la vez a los negocios de la zona y a las personas sin recursos. Carmen se quedó tan sorprendida, que, sin querer, expresó en voz alta sus pensamientos. “¡Claro! Es una forma de caridad. ¿Cómo no me di cuenta antes?” El señor que merendaba en la mesa de al lado la corrigió. “De caridad no. De humanidad, señorita. De humanidad”.

            Cada día desde aquel, Carmen lo cuenta en cada sitio al que va, por si se animan a adoptar la idea. Y por eso mismo os la cuento yo hoy, porque ejemplos como este son los que me reconcilian cada día con la raza a la que pertenezco, la humana. A ver si cunde el ejemplo.

1 comentario:

  1. Jo! que historia tan bonita y triste a la vez... se me han saltado las lagrimas al leerla! Gracias por compartirla, ojalá que cunda el ejemplo!
    Besotes!

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