domingo, 17 de marzo de 2013

CUERVOS


            El labrador preparó la tierra para sembrar maíz en ella. Deseaba, con lo que obtuviera de la cosecha, aliviar un poco su estrechez económica, y también mantener el campo cuidado, trabajado y cultivado para que, cuando llegase el momento de que sus hijos se hiciesen cargo de él, tuvieran el terreno preparado, y no tuvieran que lidiar con los mismos problemas que él encontró cuando lo arrendó.

El día en que aquel hombre, honrado y noble, se hizo cargo de ese trozo de terreno, era un pedregal seco y abandonado. Las lindes no estaban claras, le faltaba abono, oxígeno, agua y mucha voluntad. Invirtió cuatro años arándolo con mimo, arrancando las malas hierbas con sus propias manos, y quitando las basuras que algunos vecinos arrojaban en él aprovechando su antigua falta de uso. Echó a las ratas que anidaban en las raíces muertas de los viejos árboles, y con mucho esfuerzo arrancó los tocones inútiles que ocupaban espacio sin dar provecho alguno. Trabajó en mil cosas para ir comprando o alquilando la herramienta necesaria, estudió las posibilidades de la tierra, pagó expertos que le dijeran cómo cultivarla. Y al fin, afrontó la dura prueba de sembrar la primera cosecha.

Antes de hacerlo, habló con las dos fuerzas vivas del municipio, el cura y el alcalde, y ambos le dieron su palabra de que ayudarían en cuantas cosas necesitara con tal de que el campo volviese a ser un lugar productivo en lugar de un erial. “Quien siembra, recoge”, le dijo el alcalde. “Pedid y se os dará”, le dijo el cura. Y el labrador, confiado, se dejó muchas horas y dinero en aquella siembra.

Una bandada de cuervos pasó volando sobre el campo y se posó en la cerca. El labrador, amable, les habló. “Por favor, señores cuervos: no se coman el maíz que acabo de sembrar. Si lo hacen no dará fruto, y yo perderé cuanto he invertido en esta empresa. Si respetan mi trabajo, yo les daré, cuando llegue la cosecha, una parte de lo que obtenga. Ustedes solamente tendrán que colaborar abonando la tierra con sus deposiciones, y comerse los bichos que agreden a las plantas. De este modo ganamos todos. ¿Qué opinan?” Los cuervos, muy serios, se comprometieron a no comerse las semillas y a ayudar en lo que pudieran. El labrador, contento, estrechó sus alas, les dio cobijo las noches de tormenta en su cobertizo, e incluso los alimentó durante el frío invierno con comida de su mesa.

Al llegar la víspera de la cosecha, los cuervos se sentaron en la cerca a esperar. El labrador les dijo: “No habéis cumplido con vuestro compromiso de ayudar a abonar la tierra, ni tampoco el de comeros los insectos, pero bueno. Yo sí voy a respetar mi parte del trato. En cuanto termine la recolección del maíz, os daré la parte que os prometí. No es necesario que estéis aquí vigilándome; cumpliré mi palabra”. Los cuervos sonrieron, y en cuanto el labrador se fue a descansar para poder afrontar la dura jornada de siega que le esperaba, cayeron sobre el maíz y se comieron casi todo el fruto del trabajo ajeno. Cuando, al siguiente amanecer, el hombre vio lo que habían hecho, se sentó a llorar en el camino. Los cuervos, desde la valla, le gritaron: “no nos molestes con tus quejas, estamos muy cansados. Hemos trabajado mucho para comernos todo lo que había en el campo. Con la cantidad de faena que te acabamos de ahorrar, deberías darnos las gracias en lugar de llorar como un idiota”. Y se marcharon volando, entre risas y burlas.

El hombre, profundamente entristecido, decidió sacar la escopeta y exterminar la plaga de cuervos. Fue al ayuntamiento a pedir permiso para ello, y el alcalde se lo negó. “El día de mañana, tus hijos también se comerán lo que otros trabajen, y no te gustará que nadie intente llenarlos de perdigones. No te autorizo a usar tu escopeta, y si lo haces, te multaré”. Fue entonces a ver al cura y le preguntó si estaba bien o mal querer matar a los cuervos. El sacerdote le contestó: “Son criaturas de Dios y también tienen derecho a la vida. No te daré la absolución si los matas”. Entonces, después de cuatro años y un montón de dinero, ilusión y trabajo invertidos, después de haber creído que contaba con apoyo suficiente como para lograr el éxito, el labrador se dio cuenta de que estaba solo y de que le habían tomado por imbécil.

Como ya habréis supuesto, el campo pronto volverá a ser un pedregal árido e infértil. Cuando las ilusiones se rompen, no hay pegamento en el mundo capaz de recomponerlas.
 

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