martes, 5 de marzo de 2013

DE NOMBRE MALDITO


            Se dio cuenta demasiado tarde, como suele ocurrir en estos casos. En el pueblo no había muchos mozos casaderos, y Caridad había conseguido ennoviarse con el más guapo. Sus suegros le dieron una casa y algunas vacas para poder empezar, y eso era ya todo un capital. Todas le tenían envidia: “Cari, qué suerte tienes, Basilio es un buen partido. Ojalá se hubiera fijado en mí, pero a él le gustan rubias, como tú”. Paseaba, orgullosa, de su brazo. Los ojos verdes de él, en ocasiones, parecían melancólicos, pero la quería.

            Un domingo no quiso salir. Tampoco quiso verla. Su madre le disculpó. “Anoche durmió mal, le duele la cabeza. A veces le pasa. Deja que descanse, mañana estará bien. Hay temporadas en que le cuesta conciliar el sueño por las noches, pero le ocurre a mucha gente. El médico le ha dado unas pastillas. Ya os veréis mañana”. No consiguió verle en toda la semana. El viernes, sus padres le llevaron al hospital, estuvo ingresado tres días. No permitieron que ella le visitara. “Es una jaqueca terrible, no se le debe molestar. Cuando le den el alta te llamará”.

            Se casaron un radiante día de primavera. Ella, de blanco, como debe ser. Él, de gris, capricho de la madrina, que decía que ese color iba mejor con los maravillosos ojos verdes de su único hijo. La noche de bodas, antes de acostarse, tiró sus pastillas para dormir por el retrete. “Ahora que estoy contigo ya no voy a necesitarlas”. Ella, enamorada y feliz, confió en que así sería. Se equivocó.

            Cuando tuvo el primer brote serio Caridad ya estaba embarazada de la niña. Basilio llevaba dos noches sin pegar ojo; a la tercera comenzó a darse cabezazos contra la pared. Cuando ella intentó calmarle, la golpeó en la cara. El médico del pueblo, por la mañana, vio a Cari llorar en la sala de espera. “¿Tu marido se está tomando la medicación?”, le preguntó. Ante la muda negativa de la chica, el facultativo montó en cólera. “¿Cómo es posible? ¡Un esquizofrénico jamás debe dejar su tratamiento! Tienes que traerlo para que yo lo vea, Caridad, o intentará suicidarse otra vez”.

            Esquizofrénico. El médico lo sabía, los padres lo sabían. Nadie le dijo nada. Indignada, fue a pedirle explicaciones a su suegra. “Si te lo hubiera dicho no te habrías casado con mi hijo. ¿Quién iba a cuidar de él cuando nosotros faltemos? Si se ve solo, se matará”. Cari se echó a llorar, desconsolada. “¿Y eso te da derecho a engañarme para condenarme? ¿Crees que media docena de vacas y una casa son suficiente pago como para dejar mi vida cuidando a un enfermo mental?” Se marchó dando un portazo. Jamás volvió a hablarles.

            Él la vio haciendo la maleta. Se echó a llorar como un niño. “Cari, yo te quiero. No me abandones, por favor. No me prives de ti, ni del niño que vamos a tener. Sois todo lo que tengo. Si te vas no sé lo que voy a hacer”. Le dio mucha pena, estaba enamorada, pero no podía quedarse. La habían engañado, le habían endosado a alguien que tenía una enfermedad incurable y peligrosa. Por la mañana la llamaron del hospital. Se había cortado las venas.

El chantaje funcionó. Volvió a su lado para evitar que se matara. Se resignó a su suerte, y cometió el error de quedarse de nuevo embarazada al poco de nacer la niña. El médico le recomendó ponerse un DIU. “Si se entera me mata”, dijo. “Los hijos pueden heredar la enfermedad del padre”, le advirtió el doctor. Se puso el dispositivo.  

Los cambios de tiempo le desestabilizaban. Una noche mató a todas las vacas porque “me miraban y querían pisarme la cabeza”. Cari contó sus pastillas. Hacía un mes que no las tocaba. Discutieron otra vez; los niños, aterrados, trataban de no oír los gritos tapándose la cabeza con la almohada de sus camitas. Llamó a la Guardia Civil, que vino, bajo una lluvia infernal, a llevárselo para ingresarle a la fuerza. Lloraba como un niño: “Cari, amor mío, no me encierres, por favor”.

Hace poco la vi. “Cuando me acuesto por las noches no lo hago con él, sino con el miedo. Cualquier día nos mataremos el uno al otro”, me dijo. “Cuando la niña se fue de casa me culpó de su marcha. Me empujó, y atravesé la puerta de cristales de la terraza sin abrirla. Desde entonces no puedo trabajar, los vidrios rotos me cortaron dos tendones y un nervio del brazo derecho y, aunque me operaron, no quedé bien. Ahora me ayuda el chaval, pero se irá también en cuanto pueda. Ellos no tienen por qué seguir aguantando esa enfermedad de nombre maldito”.

“Tú tampoco, Caridad. ¿Por qué sigues a su lado?”. Se encogió de hombros. Al principio, por amor. Luego, por sus hijos. Al final, por resignación, por costumbre, por piedad. “Si le abandono se suicidará. Yo soy como los esclavos: no pidieron serlo, pero al final se acostumbraron a las cadenas. Es un enfermo. Me da pena porque un día le quise, pero sé que en cualquier momento puede que me mate”.

ESQUIZOFRENIA es un nombre maldito. A veces, AMOR también es una palabra envenenada.

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