jueves, 7 de marzo de 2013

DEVUÉLVEME MIS ZAPATOS


            Un viejo mago se sentó en una piedra, al borde del camino que llevaba a la ciudad. Llevaba unos andrajos impropios de él; la camisa hecha jirones, los pantalones rotos y atados con un simple cordel, los calcetines llenos de tomates. Sin embargo, se colocó en los pies unos zapatos nuevos, relucientes como negros espejos, que destacaban en sus pies como dos joyas. Tenía el aspecto de un mendigo que hubiese atracado una zapatería.

            Por allí pasó un joven que caminaba con prisas. Llevaba un traje bastante decente, aunque pasado de moda. Heredado, posiblemente, de algún familiar. Sin embargo, sus pies calzaban unas viejas botas con agujeros y grietas por todas partes. Al pasar junto al mago disfrazado, se detuvo. “Bonitos zapatos, qué bien me vendrían para buscarme la vida en la ciudad”, le dijo al hechicero. Éste le miró de arriba a abajo, y le preguntó: “¿Vas en busca de un trabajo, de fortuna o de felicidad?”

            El ambicioso joven no dudó al contestar. “De fortuna, señor. Estoy harto de ver miseria a mi alrededor. Me crie descalzo y casi desnudo, nunca he tenido nada. Por eso, cuando mi vecino murió y me dejó en herencia este traje, lo vi claro. Con él puesto podría ir a la ciudad a hacerme rico. Pero si me ven llegar con estos zapatos se darán cuenta de la pobreza de mi origen y me cerrarán todas las puertas. ¿Usted me los cambiaría por los suyos?”

            El anciano hechicero le propuso un trato. “Yo te los vendo, pero a cambio, como pago, quiero algo: tu dignidad. Entrégamela y podrás entrar en la ciudad calzado como un señor”. El chico aceptó aquel trueque al instante. El viejo le vio marcharse por el camino, con sus relucientes zapatos de hombre rico, y sacudió la cabeza con pesar. “Qué poco le ha costado decidirse. Llegará lejos, seguramente”.

            A la vuelta de unos años, el anciano brujo fue a ver al joven a su despacho. Se había convertido en un importantísimo banquero, peinaba canas, le hacían la manicura y era asquerosamente rico. “Vengo a verle porque están a punto de desahuciarme de mi casa por una deuda con su banco. Le ruego que no me eche a la calle, no tengo a dónde ir ni nadie que me acoja. Solo poseo esa casa, los andrajos que llevo puestos y estas viejas botas”. El banquero no le reconoció, ni tampoco recordó que aquel calzado lleno de agujeros estuvo un día en sus propios pies. “Lo siento, señor. Yo no hago las normas; o paga o me quedo con su casa”. El viejo se echó a reír. “Vaya, veo que no tener dignidad te ha facilitado mucho las cosas. Lo has conseguido, ya eres el hombre rico que querías ser. Ahora ya puedes devolverme los zapatos y el favor: tú me perdonas la deuda y yo te restituyo tu dignidad”.

            El banquero se levantó de su cómodo sillón, se acercó al anciano y le susurró al oído: “cuando la dignidad sirva para hacerse rico, ya se la pediré. Mientras tanto, úsela como abrigo porque en la calle hace frío. Tiene veinticuatro horas para darme su casa. Aquí no se perdona nada, esto no es una institución de caridad, es un banco. La próxima hipoteca, pídasela a una ONG. Buenos días”.

            El brujo se marchó deseándole un mal infarto al banquero. Lástima. Cuando en la escuela de brujería dieron lecciones de cómo provocar enfermedades mortales a la gente sin alma, el mago se saltó la clase.

            Moraleja de esta historia: faltar a clase siempre es un error. Lo que explicaron ese día te hará falta cuando menos te lo esperes.

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