miércoles, 13 de marzo de 2013

EL AFINADOR DE PIANOS


            Es curioso: cuando me levanté esta mañana no imaginaba que hoy, un miércoles cualquiera de un marzo cualquiera, fuera a ocurrir nada extraordinario. Pero ocurrió. Hoy, sin querer, he recuperado algo que había perdido.

            Hace unos años recibimos de Consellería de Educación un piano para dar clases en la escuela de música, y la profesora estaba ya aburrida de decir que era necesario afinarlo. Reconozco que la chica tenía razón, pero la escuela vive al día, nunca hay un euro de sobra en la caja, y un experto cobra acorde a su maestría, como debe ser. Ha habido que esperar a recoger algo de dinero, pero al fin hemos podido contratar sus servicios. El afinador de pianos me ha llamado esta mañana, a las nueve y media, para que le acompañase a conocer al “viejo tecloso”.

            El maestro afinador es un hombre de mediana edad, delicado de gestos, canoso y amable. Me ha explicado todo lo que quise saber acerca de nuestro amigo: que es de fabricación coreana, que los ratones han paseado a sus anchas por el interior, que sus tripas son delicadas y complejas… Menos mal que el estado de conservación no era malo, y no encontró graves desastres que precisasen cirugías mayores. Lo dejé inmerso en su tarea y me marché, aunque, cuando más absorto estaba, le observé sin molestarle durante un rato, asomada a la ventanilla de la puerta del aula. Sus manos tocaban aquí, apretaban allá, percutían, movían, ajustaban. Escuchaba, tocaba, tensaba, volvía a escuchar. “Trabajo de chinos”, pensé yo.

            Pasé el resto de la mañana en el aula contigua a la suya, la de las flautas y los saxofones, escribiendo en mi inseparable “Fermín”, en el que ahora mismo tecleo. Tenía que terminar unos encargos para el día del padre, de modo que me abstraje del golpeteo, y de las notas sueltas y repetitivas que él emitía para ir afinando cuerda a cuerda.

            Se me fue el tiempo sin darme cuenta, y cuando escuché que comenzaba a tocar melodías en lugar de notas inconexas, miré el reloj. La una y pico. Estuvo un rato tocando fuerte, y de nuevo ajustó cuantas cuerdas notó desafinadas. Tocó de nuevo. Y ahí comenzó el pequeño milagro de hoy.

            Una de las obras que inició para probar el piano me sonaba mucho. Muchísimo. Le pedí el nombre de esa pieza, y él me preguntó: “¿Cuál de todas las que he esbozado es la que tú conoces?” No supe decirle. Tocó los primeros compases de unas cuantas, me dijo los nombres, pero no la reconocí. Era un pasaje preciso el que había abierto una puerta en mi memoria, pero nos pudo la prisa y lo dejamos estar.

            Lo siento, pero si algo tengo, como leonesa de pura cepa que soy, es el gen de la testarudez. Yo no puedo tener algo rondando mi cabeza y no identificarlo. Esa sensación de “en la punta de la lengua” me mata, necesito averiguar. Si no, no me quedo tranquila. Y eso hice, en cuanto puse la comida en marcha (emergencia, se ha hecho tarde, macarrones rápidos, ya sabéis de qué os hablo). Encendí el ordenador, entré en youtube, y comencé a buscar.

            Tecleé los nombres de las que él me había sugerido como posibles. La primera no era. La segunda tampoco. La tercera, “Claro de luna”. Hay dos: Beethoven y Debussy. Primero escuché el más antiguo. Ni de lejos, demasiado lenta, demasiado tristona. Beethoven descartado. ¿Debussy? Pinché el enlace y comenzó a sonar. Los primeros compases no dieron en la diana, pero a medida que avanzaba la interpretación, las notas fueron cayendo dentro de mi memoria como lluvia, refrescando. Despertándome. Allí estaba.

            Ahora venía la segunda parte: ¿en qué momento de mi vida escuché yo ese pasaje, para que se me quedase ahí, suspendido en la mente? No podía recordarlo. Al margen de la pantalla, el programa informático me sugería otras piezas de Debussy, y una decía: “Arabesque”. Pinché, por curiosidad.

            “Arabesque”. El desconocido intérprete desgranó sus notas, y al tercer compás me vi de pronto con ocho años, sentada delante de la televisión. Una voz, con eco, decía dentro de mi cabeza: “Planeta Imaginario, Planeta Imaginario, Imaginario, Imaginario…” Era la cabecera de un programa infantil, un espacio televisivo que no le gustaba a ninguno de mis amigos del colegio. Solamente lo veía yo, y me apasionaba. Fue uno de los culpables de que comenzase a valorar que mi fantasía podía ser algo positivo, que podía hacer con ella cosas buenas, cosas que aportasen algo a los demás. Un programa tan libre, tan imaginativo y maravilloso que duró en pantalla lo que un caramelo a la puerta de un colegio. Era demasiado especial para permanecer. Pues bien: en ese programa, con música de Debussy en la cabecera, era donde yo había escuchado “ese” pasaje de “Claro de luna”, y otras obras del mismo compositor. El médico de las teclas, sin querer, me acababa de devolver un trozo de mi infancia.

            Casi nadie recuerda aquel programa. Yo lo guardé tanto para que no se me perdiera que casi lo olvido. Señor afinador de pianos, hoy me ha regalado usted mucho más que una llave para la cerradura del “viejo tecloso”. Hoy me ha recordado una de las cosas que hizo de mí la escritora que soy. Muchas gracias, caballero.

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