jueves, 14 de marzo de 2013

EL CAMPO DE MANDARINAS


            Había una vez un campo de mandarinas que producía muchas toneladas al año de ricas frutas. Como eran cítricos sanos, gordos y jugosos, de ellos se obtenía gran cantidad de zumo; esto hacía que el agricultor dueño del campo obtuviera buenos beneficios con cada cosecha, que le permitían vivir muy holgadamente. Los árboles también se beneficiaban de las ganancias, ya que parte de ese dinero se destinaba a la compra de agua con la que regarlos, tratamientos para combatir las plagas y abono que los mantenía bien nutridos.

            Durante bastantes años, el agricultor se acostumbró a ganar mucho dinero con el zumo de los frutos que su campo criaba. Se hizo una buena casa, compró un par de coches de lujo, renovó todo su armario e hizo viajes a sitios exóticos alojándose en los mejores hoteles. Además, compró un tractor para cuidar el campo. Envió a sus hijos a estudiar al extranjero, y se echó una amante a la que regalaba joyas y pieles iguales que las que regalaba a su mujer.

            Cuando se dio cuenta de que había asumido demasiados gastos como para poder hacerles frente, en lugar de reducir su tren de vida disminuyó el presupuesto de los tratamientos para las plagas del campo de mandarinas. Total, no tenía por qué pasar nada, ¿verdad? De ese modo, él podía cumplir con sus préstamos y lujos, aunque los árboles del fondo del campo no recibieran los productos que necesitaban.

            Al llegar el tiempo de cosecha, los naranjos no tratados habían sido atacados por la mosca de la fruta, y sus mandarinas estaban llenas de pequeñas larvas. Hubo que tirar toda su producción; el agricultor, contrariado, no discurrió mejor solución que pedir al resto de los árboles un esfuerzo para obtener de cada uno de ellos un poco más de zumo. Así, entre todos repondrían lo que los árboles infestados no le habían podido dar. “Necesitaremos más agua para todos, entonces”, respondieron. “Si no bebemos no podremos hacer las mandarinas más gordas y jugosas para cumplir tus exigencias”. Más agua. El agricultor no tenía dinero para comprar más agua, pero tuvo suerte, y aquella misma semana llovió copiosamente durante tres días enteros. Consiguió entregar la cantidad de zumo necesaria para obtener los ingresos que quería, y continuó con su buena vida un año más.

            Al llegar la cosecha siguiente, su esposa había descubierto la existencia de la amante; el divorcio le había costado un riñón, de modo que había renunciado a abonar suficientemente el campo, confiando en la bondad de la tierra y en la calidad de sus árboles. La hilera de los que el año anterior enfermaron había dejado de ser regada para no desperdiciar agua en ellos, y se habían secado. El resto dieron menos frutos por la falta de nutrientes. El agricultor se enfadó con ellos: “Me estáis decepcionando”, les dijo. “Si no producís más, nuestro sistema se hundirá. Tenéis que hacer esfuerzo extra o no podremos continuar adelante”. Los árboles se encogieron de ramas, y dieron parte de su savia al fruto para engordarlo. La cantidad de zumo aumentó un poco, pero quedaron debilitados. El agricultor, molesto, echó agua con azúcar en los tanques para completar los litros que faltaban. No era correcto, pero era eso o tener que vender uno de sus coches de lujo.

            Al siguiente año hubo sequía; tuvo que elegir entre los quince días esquiando o el riego del campo durante dos meses, y ganó el esquí. En lugar de vender uno de sus cochazos, vendió el tractor. La plaga de los primeros árboles se había extendido a las dos hileras siguientes, pero si los trataba con los productos, que no eran baratos, tal vez la niña en lugar de estudiar en el internado inglés tendría que hacerlo en un colegio público, y no lo podía permitir. Además, descubrió que algunos árboles, para conseguir un poco más de agua para vivir, vendían a escondidas a un florista el azahar de sus ramas. El agricultor, enfadadísimo, los marcó para que no fueran regados en lo que quedaba de año. Sus frutos fueron los más ruines que se recuerdan, y dos de ellos murieron de sed.

            El agricultor amenazó con severas represalias a los naranjos que le quedaban en condiciones de producir; exigió una cuota de frutos imposible, y una parte de ellos se declararon en huelga. Algunos tiraron las mandarinas al suelo antes de que madurasen, y se estropearon. Otros consiguieron dárselas a un frutero ilegal que las vendía en los mercadillos, y a cambio obtuvieron un poco de abono para resistir. Los más críticos fueron talados por el dueño del campo, así como los enfermos y los secos. En su lugar plantó pimpollos sanos, pero éstos tardarían al menos tres años en comenzar a dar fruto, y mientras tanto debía invertir en agua, abono y productos para ellos. No lo hizo, y se volvieron estériles o murieron.

            Los compradores del zumo descubrieron el fraude del agua con azúcar y dejaron de comprar. El agricultor cada vez tenía menos producto que ofrecer, y casi ningún cliente a quien vendérselo. Al fin, casi toda la producción acabó en la alcantarilla. Hipotecó de nuevo su casa para mantener el nivel de vida, pero no empleó ese dinero en darle al campo lo que le era vital para volver a ser productivo, sino que se endeudó para pagar las anteriores deudas sin renunciar a sus posesiones. Los árboles agonizaban, daban mandarinas pequeñas y enfermas, pero él seguía yendo a amenazarles con nuevos castigos si no comenzaban a trabajar más para darle lo que quería.

            Este cuento puede tener tres finales.

Final A: Todos los árboles murieron y el agricultor tuvo que emigrar a Alemania.

Final B: El agricultor abandonó el campo a su suerte y además obtuvo un puesto como directivo en Telefónica. Los árboles tratan de sobrevivir como pueden hasta que llueva.

Final C: Los árboles se rebelaron, echaron al agricultor y buscaron a otro para hacerse cargo del campo, pero fueron ellos los que pusieron las condiciones. Éstas eran: menos lujos para ti, pero a cambio comerás y podrás vivir. Agua suficiente, abono y tratamientos para nosotros, y cuando consigamos buenas cosechas, compra un poco más de tierra, planta otra hilera de pimpollos y trátalos como es debido. Y si aún sobra para que vayas de vacaciones, irás, pero no a costa de quitarnos a nosotros lo que necesitamos.

            Ahora, decidid qué opción os gusta más. Y tenedla en cuenta cuando lleguen las próximas elecciones.

2 comentarios:

  1. Hola,
    Nos ha gustado mucho tu historia... nosotros nos dedicamos a cultivar y vender online nuestras mandarinas y naranjas así que la historia nos gusta especialmente... vamos a compartir tu historia con nuestros fans de facebook...
    Gracias por el cuento
    http://naranjasnules.com/

    ResponderEliminar
  2. Hola Susana,
    Te he encontrado de casualidad porque me llamo como tú, Susana Rodríguez, yo de segundo Alonso :)
    Me encantan tus historias... esta concretamente es genial, yo también voy a compartir un enlace a ella en mi FB.
    Sigue con los cuentos por favor.
    Saludos,
    Una tocaya ;)

    ResponderEliminar