martes, 12 de marzo de 2013

INDECISIONES


            Laura era patológicamente indecisa. Cuando estaba a punto de nacer, a su madre le tuvieron que hacer una cesárea, porque la criatura no era capaz de decidir en qué momento lanzarse al mundo, y cuando ya se había pasado tres semanas del tiempo normal de gestación, el médico decidió por ella y la extrajo de una vez.

            Desde bien pequeña fue la desesperación de todo el que la conoció. En la guardería no podía determinar si comerse el bocadillo o no, y siempre había algún niño más rápido que le birlaba el chocolate. De más mayor, en el colegio y el instituto, los exámenes la volvían loca, porque si había más de una respuesta posible era incapaz de decidir cuál poner, y al final se le acababa el tiempo de la prueba y la hoja quedaba en blanco.

            A Laura le compraba la ropa su madre. Ella lo intentó alguna vez, pero fue imposible. Se probaba las cosas una, dos, tres y cuatro veces, y no había forma de que se decantase por ninguna de las opciones que se le ofrecían en las tiendas. Desesperaba a las dependientas, preguntándoles una y otra vez: “¿Este pantalón me hace culo? Es que de este otro me gusta el color, pero no la forma. Y este me queda mejor, pero la tela es muy fina. El otro me hace buena cintura, aunque el color es horrible. Y este… “. Como al final no podía decidirse, después de entretener a las pobres muchachas toda la tarde, se iba sin comprar nada, de modo que ya estaba declarada como “persona non grata” en la mitad de los comercios de la ciudad.

            Por las mañanas, si quería que llegase puntual al instituto, su madre tenía que dejarle preparada toda la ropa que se había de poner. Como se le olvidase dejarle alguna prenda, aunque fuesen los calcetines, ya era seguro que perdería, al menos, la primera clase, porque estaría más de una hora mirando, con el cajón de la ropa interior abierto, qué dibujo y qué colores combinaban mejor con el pantalón. Incluso llevaba el pelo corto, para no tener que decidir si hacerse coleta o dejarlo suelto, porque a veces esa sola elección le llevaba horas.

            Apenas tenía amigas de verdad. Nadie la tomaba en serio, a pesar de que era amable, incluso simpática; su carácter hacía que se burlasen de ella a sus espaldas, porque lograba acabar con la paciencia de cualquiera. Al terminar el instituto, le llevó un año entero decidir qué carrera iba a estudiar, eran muchos los “pros” y los “contras” que debía sopesar, y conociéndola… En fin, todas sus antiguas compañeras ya sabían qué camino iban a tomar y ella aún estaba con el “esta. No, la otra mejor. Aunque bueno, quizá esta otra tenga más salida, pero la de más allá me hace más gracia, y…”. Al final, optó por una ingeniería; las ciencias exactas no albergaban más que una respuesta precisa por pregunta, lo cual le evitaría múltiples problemas.

            El tema de los chicos merece capítulo aparte. Llegó a salir con tres a la vez porque a los tres les gustaba, pero ella no lograba decidir cuál le convenía más. Ni siquiera sabía escuchar a su corazón, para que éste le diera la respuesta. Al final, uno se cansó de esperar; otro se lo levantó una chica que vino con beca Erasmus, y ella, por no quedarse sola, se agarró a lo que le quedó. Que no era, ni de lejos, el hombre de su vida.

            Al terminar la carrera, no sabía si casarse o no. Pero como tampoco se decidió rápido por ningún método anticonceptivo (había que mirar el que más comodidades ofreciera con los mínimos efectos secundarios, y claro, eso lleva su tiempo), se quedó embarazada y su estado decidió lo de la boda. Ni siquiera eligió nombres para los dos niños que nacieron, porque cuando llegó la hora de ir al registro civil a inscribirlos, aún no había decidido cuáles eran los más adecuados entre tanta oferta existente. El marido les puso como quiso, y después le pidió el divorcio, harto de tener que ser él siempre quien lo decidiera todo.

            La empresa para la que trabajaba Laura le dio a elegir destino. Si quería conservar el puesto, debía trasladarse. Todos los candidatos decidieron su preferencia antes que ella, y como se le pasó el plazo sin haber tomado una opción, terminó en el puesto al que nadie quiso ir, es decir, allá donde Cristo perdió el gorro. Y allí sigue porque, aunque siente añoranza, no sabe si será mejor volver o quedarse.

            Siempre he pensado que es mejor arriesgarse y equivocarse que moverse solamente cuando las circunstancian así lo determinan. El mundo no es de los indecisos; los pusilánimes, al final, son los que se quedan con las sobras.

Actúa.

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