viernes, 29 de marzo de 2013

LA MALETA DE DAVID


            Cuando David nació recibió como regalo una maleta. Era un obsequio de la Experiencia, que otorgaba una a todo ser que venía al mundo. La colocó junto a su cuna y le susurró al oído al niño que dormía: “aquí tienes la maleta de tu existencia. En ella podrás guardar lo que quieras: tus triunfos, tus decepciones, tus malos humores y tus risas, tus esperanzas y tus desesperaciones. Solamente tú puedes elegir lo que meterás en ella, pero ten en cuenta que caminarás arrastrándola hasta tu último día. Nunca podrás olvidarla en ningún aeropuerto ni extraviarla en un taxi o tirarla al río. Forma parte de ti, es como una prolongación de ti mismo. Cuando mires a los demás piensa que todos y cada uno de ellos lleva una igual que la tuya, aunque no la veas. Crecerá contigo, y no te preocupes por su capacidad, en ella cabe todo lo que tú quieras meter dentro. Y ahora, pequeño David, bienvenido al mundo y que disfrutes de este irrepetible viaje que es tu vida”.

            David fue creciendo, y hacia los doce años, cuando ya su voz estaba llena de gallos que anunciaban el cambio de la pubertad, se sentó un día en la cama, abrió la maleta y repasó su contenido. En ella había miles de besos de sus padres, la imagen de la abuela Fina en su cama antes de morir, sonriendo para que no guardara de ella una última visión fea o desagradable, una gran discusión con su amigo Marcos por un puñado de canicas que le habían costado perder a su más querido compañero de la infancia por no saber pedir perdón, y también un trozo de escayola, la que le pusieron en la pierna que se tronchó por no hacer caso al maestro que le dijo “no te subas a la portería del campo de fútbol, David”. Decidió que todas aquellas experiencias le podían servir en el futuro y no quiso deshacerse de ninguna, así que cerró la maleta con todo su contenido y emprendió el camino definitivo hacia el mundo de los adultos.

            Cuando cumplió los cuarenta años David se dio cuenta de que apenas podía caminar. Estaba divorciado y vivía en un apartamento decorado con muebles baratos de nombres suecos e impronunciables. Solamente podía ver a sus tres hijos un fin de semana de cada dos y la mitad de las vacaciones. Por lo demás, tenía trabajo y estaba sano; no tenía pareja, pero sí un puñado de buenos amigos. No podía quejarse demasiado de su suerte pero, por alguna razón, cada vez caminaba más lentamente, le costaba más levantarse por las mañanas, se sentía cansado y cada cosa que tenía que hacer le costaba más trabajo. Llegó un momento en que solamente pensar en tener que levantarse de la cama para ir a la oficina le producía agotamiento. Cuando los niños estaban con él no encontraba las fuerzas necesarias para llevarlos al parque. ¿Qué podía estar pasándole?

            Su médico, después de varias pruebas, le dijo que el problema no estaba en su cuerpo y lo envió al psiquiatra. Éste buscó conflictos infantiles y patologías varias, y al no encontrar ninguna echó su diagnóstico al cajón de sastre llamado “depresión y estrés”, que es a donde va todo caso que los médicos no aciertan a resolver.

            Una noche, entre sueños, recordó lo que la Experiencia le dijera aquella lejana tarde en que había nacido, cuando le regaló la maleta: “solamente tú puedes elegir lo que meterás en ella, pero ten en cuenta que caminarás arrastrándola hasta tu último día”. Con mucho esfuerzo la levantó del suelo para subirla a la cama y la abrió, sentándose junto a ella para examinar su contenido. Allí seguía lo que conservaba de su niñez, y además una gran cantidad de decepciones: el trabajo del que le echaron por negarse a ser explotado, con su carga de rabia e impotencia, el rechazo de aquella chica cuando tenía veinte años, la enorme bronca con su mujer cuando aún estaban casados y le pilló en una infidelidad. También estaban la culpa, la tristeza por el divorcio, el arrepentimiento no atendido por ella, los llantos de los niños cuando tuvo que marcharse de casa, el resentimiento que generó la pelea por su custodia, la enorme presión de mantener el cariño de aquellas tres criaturas a pesar de verlos tan poco… Todas esas cosas tapaban la alegría que sintió al ser padre, lo feliz que un día fue junto a quien ahora era su rival en el corazón de los hijos, el éxito laboral y los pocos buenos ratos de los últimos años junto a los amigos.

            David cogió una alegría con su mano derecha y una frustración con la izquierda. Era curioso: mientras que una era ligera como una pluma la otra pesaba mucho más de lo que parecía. Eso era lo que le lastraba, lo que hacía que apenas tuviese fuerzas. Esa era su enfermedad, ir por la vida arrastrando una maleta llena de plomos que no le aportaban nada. ¿Por qué había almacenado todo aquello en lugar de conservar los buenos momentos solamente? No lo sabía, pero era hora de hacer algo al respecto.

            No es fácil liberarse de algunas cosas que tenemos guardadas: la culpa, la ira, la amargura y el resentimiento tiran de nosotros y no nos dejan avanzar. Hagamos como hizo David, que decidió aligerar su maleta tirando todas esas cosas, una a una, por el inodoro. Algunas se llevaron, cierto es, parte de su piel al tocarlas, como última venganza por alejarlas de sí mismo, pero fueron heridas que cicatrizaron pronto. Y ahora que ha vuelto a sonreír, que se siente feliz y ligero como cuando su voz estaba llena de gallos, sabe que en su maleta ya solo cabe aquello que le dé alas.

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