jueves, 21 de marzo de 2013

OPERACIÓN... ¿LO CUÁLO?


            Hoy que he empezado ya la “operación bikini”, me ha venido a la cabeza una canción. Seguro que cuando ponga la letra muchos de vosotros la tararearéis: “Si eres buena cocinera, poropompóm, Maaaaanuelaaaa, nos casamos sin demora, poropompóm, Maaaaanuelaaaaa. Si me haces buenos guisos, poropompóm, Maaaaanuelaaaaa, yo te compro el mejor piso, poropompóm, Maaaaanuelaaaaa”. Mi madre siempre me decía que, si quería casarme, debía aprender, antes que nada, a cocinar.

            Yo, por aquellos entonces (tendría ocho o nueve años, no más), era de las que pensaba que no me casaría nunca, que mi vida sería la de una mujer moderna e independiente, con apartamento propio, un buen trabajo y el pasaporte lleno de sellos extranjeros. Que el que quisiera comer bien a mi lado debería hacerlo pagando la cuenta de los restaurantes de calidad en los que iba a invitarme, y que los mejores guisos que habría en mi nevera serían los contenidos en las fiambreras de mi progenitora (que es, para quien no lo sepa, una de las mejores cocineras del mundo mundial y parte de la galaxia). Pero hete aquí que el amor de mi vida cruzó ante mis narices a los dieciocho años, y nos casamos cuando yo aún no había cumplido los veintitrés. Cambié el soñado apartamento por la hipoteca de un piso que habría de albergar nuestro proyecto de familia, el gran empleo bien pagado por cualquier cosa que me saliera porque el banco no perdona un recibo ni por equivocación, y los restaurantes buenos por alguna esporádica cena en la hamburguesería del letrero amarillo y rojo y los menús guarretes e hipercalóricos.

            El caso es que él me quiso aunque mi repertorio cocinil no sobrepasaba la docena de platos (cosas del amor), pero claro, por pura necesidad de variar los menús, me vi en la tesitura de aprender. Y nos pasábamos los fines de semana comiéndonos mis experimentos. Así nos pusimos los dos, claro. Como dos ceporrillos. Eso sí, aprender, lo que se dice aprender, aprendí un montón.

            De pronto, como quien no quiere la cosa, una nochevieja después de una cena hecha por la “muá” de exquisito salmón al cava con salsa de nata y chalotas caramelizadas, a mi chico le dio un ataque de apendicitis. Y en el hospital, aunque yo ya se lo traía casi diagnosticado de casa (para quien no lo sepa soy profesional sanitaria), los médicos de urgencias, al verlo tan lucido (ejem) dictaminaron empacho. Cuando conseguí que me hicieran caso, aquello ya estaba gangrenado y desparramado, estuvimos en un “ay” de peritonitis gorda, y salvamos los muebles por lo requetepesada que me puse.

            El caso es que el incidente nos dejó algo bien claro: era necesario adelgazar unos kilos. Esa fue nuestra primera gran “operación bikini” (la llamo así porque así la llama todo el mundo, no por otra cosa. De hecho, el verano pasado me puse el bikini una tarde para ir a la piscina, y otra para ir a la playa. Vamos, que el traje de baño no es uno de mis atuendos veraniegos más habituales). El caso, que me disperso, es que desde aquel año, cada vez que cambiamos el calendario de la pared por uno nuevo, comenzamos una nueva operación anti-grasa.

            El rollo es el siguiente: aprendí a cocinar “rico, rico, y con fundamento”. Y luego tuve que re-aprender a cocinar quitando lo de “fundamento”, hecho este el cual que le resta uno de los “rico” a la frase inicial. Y lo peor de todo: comprobar que cuanto menos fundamento, menos rico, hasta llegar al extremo de las acelgas hervidas sin patata, con medio gramo de aceite, y un filete de pescado blanco a la plancha con ajo y perejil, que como te descuides se deshace en agua, te cuece el ajo, y termina por no saber más que a un lejano recuerdo del mar. Penoso.

            De todos modos, y por mucho que yo me esfuerce, tengo al lado a mi madre, y ella, respetando su filosofía, continúa haciendo el repaso de todo el calendario a través de la gastronomía, sin perdonar fecha. Así, turrones en Navidad, cordero asado en Año Nuevo, roscón en Reyes, orejas en Carnaval, buñuelos y churros en Fallas, torrijas en Semana Santa, Rubiols y empanadas en Pascua, y si sigo no paro. Con semejante repertorio, ¿quién tiene narices de hacer una operación bikini como Dios manda? Dice que, como yo no cuido a mi marido (que no le doy más que forraje), ya lo cuida ella para que no se me vaya. Estas madres… qué ricas son, por Tutatis.

            Os dejo, que acaba de venir mi padre con un táper. ¿A qué huele? Mmmmm… ¡croquetas de puchero! Creo que este verano me bañaré con traje de neopreno.

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