lunes, 11 de marzo de 2013

POR TIEMPO QUE PASE


            Estoy segura de que hoy, en algún momento del día, os ha venido a la mente la fecha que es y por qué, cuando vemos juntas las palabras “once de marzo”, todos pensamos en aquello.

            Aquello. ¿Cómo olvidarlo? Imposible borrar de nuestra memoria el momento en que supimos que “aquello” no solamente les pasa a los americanos. Que si querían, podían dinamitarnos el corazón, como de hecho lo hicieron. No hemos vuelto a ser los mismos desde “aquello”, desde el momento en que los trenes comenzaron a estallar haciendo pedazos la plácida rutina, la falsa sensación de invulnerabilidad en la que tan cómodamente instalados estábamos.

            Si me esfuerzo un poco puedo recordar lo que llevaba puesto esa mañana. Tenía un bebé de pocos meses, no escuché noticia alguna hasta llegar a la puerta del colegio para dejar a mi hija mayor. Entonces, al oír a otras mamás comentarlo, pálidas e incrédulas, volví a casa y puse le televisión. Después todo fue llamar a cuantos familiares y amigos tengo en Madrid, tratando de asegurarme de que estaban bien. Era prioritario localizarlos a todos, y una vez lo hice, fue cuando me dejé llevar por el corazón.

            Insulté, pero no sabía a quién insultar. Maldije, sin saber bien a quién maldecía; de hecho, tanta prisa había por buscar un culpable que se señaló en la dirección equivocada. A asesino salíamos, desde luego, pero no es lo mismo. Luego vinieron los detalles, los testimonios, el sensacionalismo televisivo, y todo era llorar, llorar y dolerme el corazón pensando en las madres, en los hijos, en los hermanos. En los bebés. En el terrible, absoluto desgarro que cubriría de luto todo el resto de sus vidas. Ni esa noche, ni la siguiente, pude dormir.

            Salí a la calle, igual que otros cientos de miles de ciudadanos, y el silencio era sobrecogedor. La cabeza de las manifestaciones llegaba al final del recorrido sin que más de la mitad de asistentes nos hubiéramos podido mover del sitio. Eran horas las que esperábamos, de pie, apiñados, antes de poder caminar, con los pies arrastrando una infinita pena, velas en las manos, los ojos fijos en el asfalto, y una persistente lluvia que no venía del cielo, sino de tantos párpados atónitos que no sabían cómo liberar el dolor. Por un momento olvidamos las diferencias, y todas las gargantas ahogaron el mismo grito.

            Mientras tanto, los médicos batallaban contra la muerte, los sanitarios, bomberos, policías y voluntarios que estuvieron allí expusieron su alma a heridas que jamás curarán del todo, y el país entero se preguntaba quién y por qué podía nadie odiarnos tanto. El “quién” se aclaró bien pronto. Lo del “por qué” es un auténtico nido de porquería, como todo aquello en lo que interviene la política. Ahí lo dejo para no levantar suspicacias. A fin de cuentas, los autores materiales ya estaban localizados, y culpabilizar a nadie más es, nueve años después, bastante absurdo. Sobre sus conciencias pesará, en caso de que tengan de eso.

            Me dio coraje, mucho, la manera de decirlo en las noticias. “Los terroristas islámicos autores de la matanza del 11-M se inmolan en un piso de Leganés al verse sitiados por la policía”. “Se inmolan”, decían. Ja. El diccionario de la Real Academia Española dice que inmolar es “Dar la vida, la hacienda, el reposo, etc., en provecho u honor de alguien o algo”. Allí lo que ocurrió no fue, ni más ni menos, que el suicidio cobarde de un puñado de ratas que se vieron acorraladas, y que después de la barbaridad cometida sabían que lo que les podía esperar iba a ser de todo menos bueno. Ni honor, ni provecho, ni peras al vino.

            Nada puede justificar horror como el que se vivió aquel día. Los responsables están muertos, pero los nuestros no volverán. En ninguna parte del Corán, según dicen los musulmanes (yo no lo he leído, ni ganas), pone que se haya de matar así para alabar a su Alá, pero en su nombre se cometió la atrocidad que hoy recordamos. Siento decir que, gracias a los que la perpetraron, el nombre de ese dios fue, y será, ampliamente maldito por casi todos los españoles. Bonita ganancia la suya.

            Francamente, espero que ese paraíso que les prometen a los descerebrados como aquellos que se suicidaron en Leganés en nombre del Innombrable, sea un timo. Que las catorce vírgenes con las que se supone que van a refocilarse per sécula seculorum lleven cinturón de castidad con púas, y que ellos ardan en el infierno de los infieles, a ser posible bien untados en grasa de cerdo. No hay mártires en este asunto. Solamente víctimas y verdugos.

            Hoy hace nueve años. Descansen en paz, con nuestro recuerdo y cariño, los ciento noventa y dos asesinados aquel día. Una paz que espero que los terroristas no alcancen jamás. No hay olvido. Y por supuesto, no hay perdón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario