miércoles, 6 de marzo de 2013

UN CASCABEL PARA GRETA


            Decidieron tener un hijo solamente. Tal y como estaban las cosas, no era conveniente pensar en más. Trabajos precarios, hipotecas, inseguridad… Criar un hijo es un capital, y ni Juan ni Pilar querían correr riesgos. “Y a ser posible, que sea niño”, pensaban. Para cualquier empleo, en igualdad de condiciones, un chico lo tendría más fácil y ganaría más. Todo sería más sencillo. Pero sucedió lo que suele ocurrir: tú planeas, y la vida te da lo que a ella le viene en gana. El embarazo llegó, y la ecografía dijo que venían dos. Dos niñas.

            Nacieron un mes de abril. Ana, su madre, eligió para ellas los nombres de sus actrices favoritas. Dos divas del cine: Greta y Marlene, las reinas del glamour en la época dorada del séptimo arte. Aparentemente todo había ido bien; las niñas eran como el día y la noche en cuanto a carácter, y ni siquiera se parecían físicamente. Pero pronto comenzaron a apreciar signos de que había una diferencia más: Greta iba a necesitar más ayuda para todo. Tenía un retraso. No era grande al principio, pero con la edad se fue haciendo evidente.

            Mientras Marlene destacaba en todo, Greta no lo hacía en nada. La primera echó a andar enseguida, la segunda casi tenía dos años cuando soltó la mano de su madre para caminar. Con el habla pasó algo parecido; Marlene manejaba cientos de palabras cuando Greta solamente pronunciaba “mamá”, “agua” y “pupa”. Algo en su mirada denotaba cómo se perdía hasta en los razonamientos más sencillos. Solamente en una cosa iba por delante de su hermana. Era su risa: un cascabel que sonaba continuamente, frente al ceño fruncido de su melliza. Greta reía por cualquier cosa, porque para ella cada pequeño descubrimiento cotidiano era un motivo de felicidad: una mosca que se posaba en su mano, un juguete que hacía ruido al caer, la cara de su madre, la barba de papá al besarle por la mañana… Cuando por fin comprendía algo, reía para celebrarlo. Cuando no lograba comprender otra cosa, reía para ahuyentar la frustración. No era muy inteligente, pero rebosaba alegría de vivir.

            Cuando las dos hermanas llegaron al colegio, pronto fueron etiquetadas: Marlene era “Marlene la lista”. Greta era, simplemente, “la tonta”. Se fue quedando cursos atrás, y su hermana la defendía en los recreos de las burlas del resto de niños. Hasta que no aguantó más, y pidió a su madre que cambiara a Greta de centro escolar. “No puedo ser siempre su niñera, mamá. Ni siquiera puedo jugar con mis amigas, continuamente tengo que estar pendiente de ella. Dejadme ser una niña normal, por favor”. Greta miró a Marlene. “¿Ya no quieres ser mi hermana?”, preguntó con semblante triste. Ana la sentó en sus rodillas para explicarle el problema. “Cielo, sí quiere ser tu hermana, Marlene te quiere mucho, pero tú necesitas otro tipo de cole en donde te protejan de los niños estúpidos que te insultan. Necesitas un cole para niños listos, como tú, en donde todos vean lo mucho que vales”. Greta, feliz, se echó a reír como un cascabel agitado por una mano inquieta.

            Cuando cumplieron los dieciséis años, Marlene se negó a salir de casa con su hermana. “Mamá, no me cargues con Greta, por favor. Mis amigas quieren salir conmigo, no con ella. Espanta a los chicos, se ríe todo el tiempo porque no entiende nada. Me da vergüenza”. Y es que el cuerpo de Greta era el de una adolescente bien proporcionada, pero su mente se había quedado en los diez años, y de ahí ya no iba a pasar. “Es carne de centro ocupacional”, decían las vecinas. “La minusválida”. “La tonta”. “La retrasada”.

            El dolor que Greta sentía por el rechazo de Marlene, de su melliza, era peor que cualquier etiqueta. El cascabel se apagó, y ya no reía cuando la otra estaba delante. La otra crecía, iba a la universidad, salía, se echó novio. La otra iba a tener una vida que ella no podía ni soñar. Ella, que solamente pudo terminar estudios primarios, hizo varios talleres para discapacitados, y al fin pudieron colocarla en una fábrica de juguetes de madera.

            Marlene estudió para abogada, y no encontró empleo. La cogieron de pasante en un bufete donde hacía de chica para todo por cuatro duros; la insatisfacción, la frustración que sentía por ver su capacidad desaprovechada la tenía de mal humor todo el tiempo. Greta, sin embargo, era feliz con su trabajo. No aspiraba a más, se desenvolvía sola, sus compañeros y sus jefes la trataban bien y la querían, ganaba un sueldo digno. Reía todo el tiempo, menos cuando su hermana llegaba a casa.

            Un día, al volver del trabajo, Greta encontró a Marlene acostada. El médico acababa de irse. “Está enferma de depresión”, le dijeron. Se sentó en el suelo, junto a su cama, y la cogió de la mano. Esperó a que despertara. “¿Por qué estás tan triste siempre? ¿Es porque eres lista y nadie lo ve? Pues para eso, prefiero no ser lista, Marlene. Soy retrasada, pero no lloro. Llego hasta donde puedo, y me basta”. Malhumorada, Marlene no contestó.

            Semanas después las dos mujeres cumplían los veinticinco años. Greta hizo para su melliza un tiovivo de madera especial; separó uno de los que montaba en la fábrica, lo pintó con sus colores favoritos, y luego puso, pegadas a los caballos, pequeñas fotos de ella recortadas. Se lo dio envuelto en papel azul, con un gran lazo. Marlene se echó a llorar al verlo. “Greta, ¿lo has hecho tú sola? ¿Tanto te importo, a pesar de lo mal que te hago sentir? Dejaste de reír delante de mí hace años, cuando ya no quise que vinieras conmigo a ningún lado. No merezco que te hayas tomado tanto trabajo por mí, eres mejor persona que yo. No todo en la vida es ser listo”. Greta la abrazó. “Creí que mi risa no te gustaba, y que por eso no querías que nos vieran juntas”. Marlene se aferró a su melliza. “Tu risa me hace falta para vivir. A lo mejor eso es lo que necesito para curarme”, le dijo, tendiéndole su regalo.

Al abrir la cajita, Greta encontró un cascabel enorme, que sonaba al agitarlo como una carcajada limpia y profunda. Se echó a reír, feliz, sacudiendo su regalo con energía, y Marlene, entre lágrimas, recuperó la sonrisa.

            Ya nunca más se han separado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario