lunes, 25 de marzo de 2013

UNA DE INDIOS


            La historia de hoy la voy a empezar contándoos, a grandes rasgos, en qué consiste la fiesta de las Fallas de Valencia. Sé que muchos ya estáis al tanto, pero en Hispanoamérica no es tan conocida, de modo que hoy os pongo al día (ya sabéis, “nunca te acostarás sin saber una cosa más”, “el saber no ocupa lugar”, etcétera, etcétera).

            Las Fallas son unos monumentos de material combustible (léase madera, cartón piedra, poliespán y similares) que utilizamos para representar lo que nos rodea y nos preocupa, lo que no nos gusta. Lo usamos para ridiculizar a nuestros políticos, las situaciones adversas, problemas, crisis y cualquier otra cosa que se nos ocurra. Lo cual no quiere decir que todo lo que se pone en una Falla sea para escarnio público: con los años, los monumentos compiten en belleza, con lo cual lo que suele ocurrir es que las figuras centrales son como enormes estatuas, homenajes o alegorías, y se dejan las escenas inferiores, más pequeñas, para los menesteres de bufonada, denuncia y protesta. Así, por ejemplo, el tema central puede ser la primavera, personificada en una hermosa joven alada que toca el mundo con su varita haciéndolo florecer, y a sus pies pueden estar la alcaldesa con cuerpo de avispón, el presidente encarnado en un escarabajo pelotero de la Merkel, que sería una mantis religiosa, y así todo. Y después, por supuesto, el conjunto es pasto de las llamas el 19 de marzo por la noche, invariablemente y sin excepción.

            Mucha gente pregunta por qué se queman cosas tan primorosamente hechas, con tantos detalles, tan bonitas en su mayoría, y la explicación es sencilla: porque para eso nacieron, su fabricación genera puestos de trabajo por docenas entre carpinteros, artistas, ayudantes, camioneros, operarios de grúa, pintores… y a su alrededor se celebra una fiesta que atrae el turismo en manadas, lo cual repercute en toda la ciudad. Si decidiéramos conservarlas, no habría dónde guardarlas, ni se fabricarían nuevas. Y todo esto perdería su sentido.

            Tanta explicación sirve para contaros una cosita que ocurrió este año. Resulta que una de las comisiones más conocidas (y de gran presupuesto) plantó este año un monumento de motivos hindúes: figuras con su estética, danzarinas del vientre, un elefante al que ellos adoran como uno de sus dioses… todo con mucho dorado y mucha purpurina. Muy bonito, para mi gusto. “Viejos cuentos de La India” era el título de la Falla. Y resulta que una asociación hindú con sede en Valencia, de pronto, se destapa con una denuncia por agresión a sus motivos sagrados. “Pretenden quemar a nuestro dios Ganesha, y a Shiva Nataraja, que está a su lado. No permitiremos semejante sacrilegio”. Y no solo eso, sino que alguno pretendió incluso inmolarse, quemándose a lo bonzo, para evitar que le prendieran fuego al monumento fallero.

            Convertir un homenaje en un sacrilegio solo depende de los ojos que lo miran. Esas personas llevan mucho tiempo aquí y aún no han comprendido que, cuando un país te acoge, debes respetar sus costumbres. Y si éstas no son de tu agrado, el globo terráqueo está lleno de naciones a las que emigrar. No quiero que con ello me juzguéis xenófoba, que no lo soy: me parece bien que vivan aquí, que se vistan como suelen, que cocinen lo que les gusta, que tengan sus cultos y sus altares con cuantos dioses les dé la gana. Pero si aquí le pegamos fuego a las Fallas con figuras del presidente, la alcaldesa, el Papa de Roma y todo lo que se ponga por delante, un elefante rosa y una moza con cuatro brazos hechos de corcho blanco y pintados con Titanlux no me parecen ni más ni menos dignos de arder o salvarse que los demás.

            “Si quemaran un crucifijo a ti, como católica, no te sentaría bien”, me han dicho algunos. Puede ser, pero no amenazaría con matarme para evitarlo. Será que no tengo madera de mártir. Lo que sí es cierta es una cosa: un país como La India no es, desde luego, un modelo de buenos usos y costumbres. Allí la violación de las mujeres es una práctica habitual. Allí se casa a niñas de once años a la fuerza. Allí las mujeres se hacinan en autobuses o van andando en grupos, porque si alguna osa tomar un transporte en el que también viajan hombres se expone a ser violada por seis o siete y después asesinada. Allí, cuando una mujer queda viuda, muchos de sus vecinos piensan que puede ser usada por todos porque está estrenada y no es de nadie. Allí, cuando una mujer ve morir a su marido, sabe que sus suegros y cuñados posiblemente intenten quemarla viva para no tener que mantenerla.

            Para vuestra tranquilidad os diré que, por tener la fiesta en paz, se retiraron el elefante y la de los múltiples brazos antes de darle candela a la Falla, porque si se hizo ese monumento fue como homenaje, y en ningún momento nadie tuvo en mente ofender ni escarnecer al colectivo hindú. Pero digo yo que antes de ir a casa de nadie a amenazar por una estupidez así, más les valdría quedarse a arreglar la suya y barrer bien bajo los sofás, sacudir las alfombras, lavar las cortinas, ventilar y esparcir lejía. O agua bendita del Ganges, a su gusto.

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