martes, 9 de abril de 2013

CANTANDO BOLEROS


            Lo he dicho más de una vez, y no me avergüenzo, que en cuestiones musicales soy bastante antigua. No se trata de, como hacen algunos, denostar los estilos melódicos modernos proclamando aquello de que “ya no se hace música como la de antes”. Se trata, simplemente, de que si me piden que cante una canción, seguramente no será de las que salen hoy día en la radio. Lo más fácil es que, sin pensar, se asome a mis labios un bolero.

            El bolero es la manera natural con que se expresa el incurable romántico, porque no sé qué es lo que esas canciones tienen, pero no hay otras que hagan brillar los ojos como lo hacen ellas. Un bolero enamora tanto al que lo entona como al que lo escucha, porque es imposible cantarlo sin sentirlo, y sus notas vuelan transportando esa emoción igual que las abejas hacen con el polen de las flores. Son sonidos y sílabas que, inocentes, penetran en la mente de los demás preñando sus pensamientos de caricias, promesas, requiebros y besos, encuentros y despedidas grabadas a fuego por la química del amor.

            Crecí escuchando boleros, y por eso forman parte de mi carácter. Empujada por ellos me hice músico, y los he cantado infinidad de veces, algunas incluso con público numeroso, pero la mayoría en la intimidad. Ahí sí que han sido incontables las hiedras, los nosotros, los motivos, los piensa en mí, los bésame mucho, las tardes que vi llover… No solamente una vez, sino muchas, y sin ser, que no lo he sido, la mujer que pudo con Dios hablar, sí vestí mi playa de amargura en más de una ocasión, porque ya no estabas más a mi lado, corazón, y en mi alma solo tenía soledad. Pero el desamor se cura, y cuando hizo falta, si él me dijo “ven”, lo dejé todo. Y sí, pinté rosas de azul contigo en la distancia, y el día que me quiso las estrellas, celosas, nos miraron pasar, y condené al reloj a no marcar las horas, no quiero que te vayas, la noche está muy fría… Apagué mil veces la luz para pensar en ti, porque contigo aprendí que existen nuevas y mejores emociones, sentí envidia del pañuelo que una vez secó tu llanto, y me engañé y me desengañé, y también, por qué no decirlo, enredé y desenredé en mis primeras incursiones en el mundo del romance, allá por el pleistoceno, cuando aún no sabía lo que era estar enamorada de verdad.

            Sigo cantando boleros, he de reconocerlo, aunque ya no les doy el mismo uso romántico de antaño. Los sigo escuchando en mis viejos discos, porque para alguien como yo, que trabaja con los sentimientos de los demás, son una fuente fundamental de inspiración. No hay nada que el ser humano pueda sentir que no esté en la letra de alguna de esas impagables canciones. Solamente hay que bucear un poco en el cancionero de ese género musical, es como una inmensa biblioteca que desmenuza todas las clases del querer.

Cantar y tocar un bolero es algo que no se improvisa. Para elevarlo de simple canción a momento mágico hay que hacerlo como se hace el amor, despacio, sin ninguna prisa. Sabiendo en cada instante lo que uno quiere provocar en el otro. Sintiendo y acariciando cada nota, y dándole a cada palabra pronunciada la intención justa. Empleando no solamente las manos en las cuerdas de nuestro instrumento o el aire en nuestras gargantas, sino también la mirada, y los ojos que se cierran, el pecho entero, el gesto de la cabeza, el ritmo de las caderas. Los boleros son, sin lugar a dudas, una danza que un día bailaron el dios del amor y las musas de la música y la poesía para enseñar a los hombres a saborear la vida.

Reconozco que me gustaría formar parte de algún buen grupo de boleros, y seguir haciendo por divulgarlos, para que las nuevas generaciones de seres sintientes aprendan a disfrutar (y a adoptar como recurso) estas canciones sin fecha de caducidad. Mientras tanto, me conformaré con seguir escuchándolos en las voces de algunos buenos amigos que entienden, como yo, que hay canciones que no morirán jamás mientras sigamos siendo capaces de enamorarnos. Larga vida, pues, a todos los boleristas, a compositores e intérpretes. Larga vida al bolero.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario