jueves, 18 de abril de 2013

DE SEGÚN CÓMO SE MIRE


            Raúl e Irene alquilaron el pub con mucha ilusión. Pensaron que podían sacarlo adelante, ganar el dinero suficiente como para vivir de él. Eran dos, suficientes como para abrir de ocho de la tarde a tres de la madrugada de jueves a domingo sin necesitar de ayuda; si no tenían que contratar otros camareros, los beneficios serían solo para ellos.

            Comenzaron muy bien. Ya se sabe, la novedad atrae. Ponían buena música e instalaron pantallas por el local con imágenes de video-clips actuales. De vez en cuando se les colaba algún menor, pero hacían la vista gorda. Pronto recibieron las primeras quejas de los vecinos: la gente que salía a fumar fuera armaba jaleo hasta la hora de cierre. Llegó la primera inspección, y también la primera multa.

            A los tres meses decidieron no abrir los jueves. Apenas acudían clientes, no les salía rentable. Los viernes y sábados se vieron obligados a cerrar a las dos de la madrugada. Una vecina llamaba a la policía cada fin de semana porque decía que oía la música del local desde su cama. Nueva inspección con medición de decibelios. No sobrepasaban el límite, pero la vecina neurótica les seguía denunciando porque no podía dormir. La ilusión inicial por aquel proyecto se les iba apagando.

            Intentaban animar a la gente a consumir para hacer más caja; rebajaron el precio de las copas, pero la gente joven compraba bebida en el supermercado, se la tomaba fuera y después entraban solo a bailar, sin dejar apenas beneficio. Decidieron cobrar entrada, y en poco tiempo el público dejó de ir. Se vieron solos, fritos a gastos, decepcionados y sin salida. Un año después de haber abierto, cerraron la persiana y colgaron el cartel de “se alquila”.

            Rosalía y Rosario eran compañeras de trabajo en una empresa textil. Aquel año se fueron de vacaciones a París juntas, e hicieron una curiosa foto cogiendo la Torre Eiffel con los dedos, como si fuera un juguete. Se lo pasaron en grande. Pero al volver al trabajo recibieron la carta de despido por reducción de plantilla, y se quedaron las dos en la calle.

            Buscaron trabajo pateando las calles con el currículum bajo el brazo durante días, y se fijaron, por casualidad, en el cartel de “se alquila” del pub. Preguntaron por los comercios de la zona las razones del cierre, y les contaron todo lo que había ocurrido. ¿Les convenía tratar de reflotarlo o era un esfuerzo inútil? Lo hablaron con detenimiento, haciendo cuentas, planeando, proponiendo, y los “contras” ganaban a los “pros” por goleada. Con la misma vecina quisquillosa, la crisis y un horario tan reducido, no parecía viable que ellas tuvieran éxito donde Raúl e Irene habían fracasado. Pero, ¿esa era la única manera de regentar así un local?

            Lo primero fue cambiar el nombre, que pasó de “Mojito Loco” a “Roses”, y la decoración; si los jóvenes no estaban dispuestos a dejarse el dinero, no eran la clientela deseada. Había que reorientar el establecimiento. Instalaron una cafetera, y comenzaron a abrir por las tardes, a eso de las cuatro. Colocaron una gran estantería con libros. “Libros libres”, decía el letrero que pusieron sobre ella. Cualquiera podía llevarse uno a casa si a cambio dejaba otro, como una especie de biblioteca cambiante. Los lunes, Rosario leía cuentos para niños en un rincón, y mientras, las mamás tomaban café tranquilamente. Los martes, la hermana de Rosalía, que era profesora de inglés, iba a eso de las siete para charlar en ese idioma con cuantos quisieran acudir. Más cafés, refrescos y algún pincho. Estudiantes extranjeros iban mezclándose con gente de la zona que aprovechaba para practicar su inglés en aquellas conversaciones, que se ampliaron los miércoles con una chica alemana que se prestó encantada a cambio de hacer nuevos amigos y tomarse alguna coca-cola gratis.

            Inventaron una actividad para cada día de la semana, y abrieron un espacio para quien gustara de sentarse a cantar los viernes y los sábados por la tarde, siempre y cuando fuera música melódica y tranquila; no pagaban mucho, pero nunca pidieron a nadie que trabajase gratis, porque valoraban a todos los valientes que trataban, como ellas, de abrirse camino. Y, para evitar las quejas, a partir de las diez de la noche sustituían parte de las sillas por hamacas, ponían música chill-out suave, encendían velas e incienso y servían copas a la gente que no buscaba bullicio ni fiesta loca, sino tomarse un buen gin-tonic o un whisky charlando con los amigos o la pareja. Empezó a acudir público de cierta edad que pagaba gustoso un par de copas con tal de disfrutar de aquel ambiente relajado y acogedor. El “Roses” funcionaba.

            Hicieron ampliar aquella foto, y la enmarcaron para colgarla en la pared de la barra del local. Ella les recordaría siempre que todo depende de según cómo se mire, y que, cambiando la perspectiva y añadiendo mucha ilusión, cualquiera puede conseguir lo que sea. Hasta levantar la Torre Eiffel con dos dedos.
 

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