jueves, 4 de abril de 2013

EL CARRO DE ARAYA


            Araya era una chica lista. Se dedicaba a caminar desde su pueblo, que estaba situado en un llano, hasta la fuente más cercana, que distaba de su casa un par de kilómetros monte arriba. Allí, cargaba dos tinajillas de agua fresca, las apoyaba en sus caderas y volvía para ofrecer el líquido a los vecinos. Cobraba una moneda de cinco pesetas por el contenido de cada tinaja, y así se ganaba la vida. La gente necesitaba el agua para beber, abrevar el ganado, lavarse y asear las ropas; el camino era pesado y muchas de aquellas personas no tenían tiempo, o tal vez les faltaban fuerzas, para andar el sendero arriba y abajo acarreando las vasijas. Por ello, a Araya no le faltaban clientes para su modesto servicio.

            Una mañana, mientras subía ligera con sus cántaras vacías, vio un carro parado al borde del camino. No era de los que tenían tiro de bestias, sino mucho más pequeño. Estaba diseñado para ser arrastrado por un ser humano. El carretero, un anciano que apenas se tenía ya en pie, le dijo a Araya: “niña, si vas a por agua y aún estoy vivo a tu vuelta, dame de beber y lávame la cabeza. Si haces eso por mí, te regalo el carro. Te servirá para acarrear más tinajas cada vez, y con menos viajes ganarás más dinero cada día”. Ella, contenta, aceptó la propuesta del anciano. A la vuelta él aún alentaba, de modo que le dio de beber, lo lavó y recibió, a cambio, lo que habían convenido.

            Araya había dejado de ganar diez pesetas al darle el agua al carretero, pero a cambio recibía algo mucho más valioso. Se sintió afortunada y, mientras veía alejarse al anciano, agradeció a su buena suerte aquel cambio tan ventajoso. Sin embargo, cuando levantó los varales para tirar del carro hasta el pueblo, se dio cuenta de que le costaba moverlo muchísimo más esfuerzo del que había calculado. Lo miró, lo volvió a mirar, y no le encontraba explicación a tal fenómeno: iba vacío, parecía ligero, pero cuando tiraba de él se deslomaba para avanzar unos metros. Así, cuando lo cargó con las diez vasijas de agua que le cabían, no pudo moverlo.

            Araya, contrariada, fue quitando cántaras, y al final, cuando consiguió alcanzar el pueblo, en el carro ya solamente iban cuatro, y ella estaba tan cansada como si hubiese hecho diez viajes de los de siempre, con una tinajilla apoyada en cada cadera. El mismo esfuerzo y tiempo con que hubiese ganado cien pesetas, y solamente había conseguido veinte. ¡Pues vaya negocio había hecho! Se sintió estafada, y muy triste y contrariada se fue aquella noche a dormir.

            Apenas rompió el alba, la muchacha fue a aprestar el carro. Quizá era su técnica a la hora de tirar. A lo mejor el fallo estaba en ella, y no en el artefacto. Lo intentó con más ganas, pero el resultado fue el mismo. Araya, furiosa, le dio una patada a una de las tinajas, con tan mala suerte que se le rompió. Acababa de redondear las pérdidas del día, y aún más enfadada que la noche anterior, se fue a dormir.

            Después de una larga semana de intentos, paró el carro al borde del camino y decidió prenderle fuego y volver a su antiguo sistema, pero cuando ya tenía el misto en la mano, vio venir por el camino otro carro, y se le encendió una luz. Hizo parar al carretero, que venía de tierras lejanas, y mientras le daba de beber agua fresca colocó ambos vehículos juntos y se dispuso a compararlos: quería encontrar la razón, el porqué de la ligereza del uno respecto a la pesadez del otro. La respuesta estaba en las ruedas. El suyo las tenía cuadradas, mientras que las del otro eran redondas.

            Araya hizo venir al herrero y le explicó el problema. Él le contestó: “aquí siempre se han hecho los carros así, con las ruedas cuadradas”. La respuesta de la muchacha fue tajante. “Aquí siempre se han hecho mal, pero yo no tengo por qué sufrir los errores del pasado. Quiero unas ruedas como esas. ¿O es que no eres capaz de hacerlas?”

Herido en su orgullo, el herrero le fabricó buenas ruedas de hierro y madera a cambio de un mes entero de agua para la fragua. Necesitaría trabajar mucho para pagar aquella deuda, pero cuando consiguiese amortizar la inversión todo iría, esta vez sí, “sobre ruedas”. Y lo único a lo que le prendió fuego fue a aquellos malditos cuadrados que le habían costado tantos quebraderos de cabeza.

            Cuando algo no funciona, antes de abandonarlo, busca el porqué. Y luego decide. No te limites a deslomarte sin buscar la explicación, no tires la toalla ni aceptes las cosas “porque siempre fueron así”. Usa el cerebro, como hizo Araya, para averiguar lo que está mal, y si quieres mejorar, cámbialo.

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