sábado, 6 de abril de 2013

EL REPARTO


            Cuando Gina y Joan llevaban ya demasiado tiempo poniendo excusas para no acostarse a la misma hora, se dieron cuenta de que algo iba muy mal. Ya ni siquiera en el momento de dormir se sentían cómodos el uno junto al otro, ella no le buscaba los pies para calentar los suyos, él no enterraba ya su nariz en la melena morena para aspirar el olor de su champú. Nada les unía, así que lo mejor era tomar caminos distintos.

            Comenzaron a tramitar su separación como personas civilizadas: tus discos son tuyos, mis libros son míos. Tu ropa, mi ropa, llévate tus apestosas zapatillas de deporte, haz tú lo mismo con tus horrendas botas de motera sin moto. Las toallas de tu madre para ti, que cada vez que me seco con ellas me acuerdo de sus albóndigas infames de los domingos; las sábanas que nos regaló la tuya te las pones de turbante, a mí me dan pesadillas. Con cada objeto, por pequeño que fuese, salía pegado un reproche, algo que nunca antes habían dicho.

            Continuaron el reparto con los amigos: los que tú aportaste de tu juventud “antes de mí”, para ti. Los míos, para mí. Los que hicimos mientras fuimos algo que ya no somos, a sorteo. No fue justo, y ambos se dieron cuenta de que perdían en el proceso. Las fotos de los momentos felices, ¿tú las quieres? Yo tampoco. Por mí como si las quemas en uno de tus aquelarres con tus amigas. Las jarras de cerveza que compramos en Alemania me las quedo yo. Nunca me gustaron, pero a ti sí, y por eso las quiero. Para que no puedas disfrutarlas con esa piara de amigos que colonizaban mi salón las tardes de fútbol, poniendo sus pies en mi mesita del café y sus desagradables risotadas en mis oídos.

            En los años en que vivieron juntos, jamás se habían dicho cosas como aquellas, pero no porque no las sintieran, sino porque no quisieron estropear la ilusión del amor con esos accesos de cotidianeidad mal llevada. Todos los reproches que no salieron de sus bocas a tiempo se les habían acumulado dentro, de manera que sus interiores padecían una suerte de “síndrome de Diógenes”, convertidos en auténticos basureros emocionales. Eso, y no otra cosa, fue lo que pudrió aquel amor que un día había sido grande.

            El perro para ti, la perra me la llevo yo, que entre mujeres nos entendemos mejor. Eso, llévate la perra, que cuando se pone en celo no hay quién la aguante, mujer tenía que ser. Cada palabra se había convertido en una bofetada seca e hiriente propinada directamente en la cara del contrario. Desapareció la civilización inicial para dar paso a una guerra abierta.

            Cuatro días duró aquella agria contienda. Cuatro días hasta que se vieron sentados en el suelo del piso vacío. Solamente quedaba una cosa por decidir. Yo me quedo la guitarra. No, la compré yo, y me costó una pasta. Pero me la regalaste a mí. Ya, pero no te la mereces. Tú no sabes tocarla. Y tú lo haces fatal, y desafinas como un gato al que han pisado la cola. Bueno, antes te encantaba que te desafinara bajito al oído. Sí, pero un día dejaste de hacerlo, y aún no me has dicho por qué. Pues porque tú dejaste de reírte cuando lo hacía.

            Él sacó la guitarra de su funda, y rasgueó unos acordes que sonaron a nostalgia. Una vieja, viejísima canción afloró a sus labios a la vez que las lágrimas a sus ojos, y ella recordó una ternura que yacía, medio muerta, sepultada por las toneladas de reproches nunca expresados, en el fondo de su alma. Poco a poco dejaron que volvieran los discos, y los libros, y los amigos, y los pies fríos en la cama. Y regresaron también la risa, y los perros, y la mesita del café, y las jarras de cerveza, y las fotos de los dos, las sábanas horribles y las toallas rasposas, pero esta vez lo hicieron acompañadas de una promesa firme: nunca más callarse nada.
 
Imagen: acuarela original de P. Barahona.

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