domingo, 7 de abril de 2013

EL VALOR DE LAS COSAS


            Aprendí hace mucho tiempo, y convendréis conmigo en que es una verdad como un templo, que muchas veces no valoramos como debemos lo que nos resulta fácil de conseguir. Lo de “total, como es gratis” nos conduce a despreciar, a malgastar, a no saborear ni sacar partido de las cosas. Nos vuelve egoístas, exigentes, impacientes.

            Me lo decían hace poco unos amigos, dueños de dos perros de raza, amantes de los animales, y tan absolutamente respetuosos con la vida que ni siquiera comen carne ni pescado para no ser causa de muerte o sufrimiento de ser vivo alguno. Cuando su perra se les quedó preñada, pese a haberla separado del macho en cuanto se dieron cuenta de que había entrado en celo, decidieron regalar los cachorros a familias que los quisieran, porque se negaban a comerciar con la vida de los perritos. Y, para su sorpresa, a pesar de que los animales eran nobles y de pura raza, vieron cómo algunos de los adoptantes los alimentaban en exceso y con negligencia, los educaban mal o descuidaban su higiene, vacunas y cuidados. Un par de ellos, incluso, les fueron devueltos porque ladraron una noche, lloraron al quedarse solos o mordieron una zapatilla.

            “Debimos pedir dinero por ellos”, comentó mi amiga. Yo la miré, absolutamente extrañada por un comentario tan opuesto a sus principios. Debió adivinar, por la expresión de mi rostro, lo que estaba pensando. “Si a cada uno de los que nos pidieron un perro le hubiéramos cobrado cien euros, solamente se los habrían quedado quienes realmente deseaban tener una mascota así. Nadie se gasta dinero en un setter irlandés para tenerlo encadenado en el garaje. Habríamos donado la recaudación a un refugio para animales sin hogar, nuestros cachorros habrían salido ganando, y los perros abandonados también. Al no costarles nada, no los han sabido valorar”.

            Pensé en aquello durante mucho tiempo, y traté de comprobarlo trasladando el ejemplo a otros ámbitos, como pueden ser, por decir uno cualquiera, las fiestas populares. El pueblo en el que vivo tenía por costumbre instalar, uno de los días del mes de julio, grifos de cerveza en la plaza. Invitaban a todos los que quisieran ir a cuantas cervezas frías quisieran tomar. Y el resultado era que la gente pedía una, le daba dos tragos, y después rociaba a los amigos (o a quien pasara cerca) con el resto de la bebida. Al final de la mañana, la plaza era un inmenso charco de cerveza en la que jóvenes y no tan jóvenes, borrachos como cubas, chapoteaban torpemente. El olor y las moscas eran más que molestos. Yo bajé a tomar una caña el primer año, y cuando vi el panorama y fui rociada por un imbécil a quien no conocía de nada (ahora me lo cruzo a diario y certifico que sigue siendo igual de imbécil que entonces), me enfadé tanto que no he vuelto a participar en esa fiesta. Me pareció indignante ver en qué se despilfarraba el dinero de mis impuestos, y estoy segura, pero segurísima, de que si les hubiesen cobrado un euro por caña servida no la habrían tirado con la misma ligereza. Vamos, no les habría caído ni gota. Solo la tiraban porque era gratis.

             A mí me enseñaron a valorar y cuidar las cosas por necesidad. No entiendo por qué hemos dejado de inculcarles eso a nuestros jóvenes, pero no nos va a quedar más remedio que recuperar tan sanísima costumbre, y no solo por razones económicas, sino por algo mucho más importante: se empieza por no apreciar el valor de las cosas y se termina por hacer lo mismo con las personas. Si le fallo a un amigo y deja de hablarme, ya haré amigos nuevos, en el mundo hay gente de sobra. Si le fallo a mi novia y me abandona, no pasa nada, ya me ligaré a otra, que las tías abundan. Pero los corazones, hasta donde yo sé, aún no son de usar y tirar.

            Deberíamos llevar las palabras “Respetar” y “Valorar” grabadas a fuego en nuestro código genético, pero como no es así, enseñémoslas a los que nos rodean. Es una de las cosas que podemos hacer cada día para cambiar el mundo y hacerlo un poco mejor.
 

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