viernes, 12 de abril de 2013

ESPERAS


            Suelo quedarme observando a la gente en las salas de espera. Para mí es más entretenido que las revistas. Me gusta tratar de deducir cómo son sus vidas observando cómo visten, los complementos que lucen, las huellas de la vida en sus caras… Las conversaciones ayudan, qué duda cabe; en una sala de espera cualquier cosa de la que charles con quien te acompaña es inevitablemente escuchada por todos los demás. No hay afán cotilla alguno, simplemente es que los ojos se pueden cerrar, pero los oídos no.

            Ahora mismo, en la sala de espera de quirófanos en la que aguardo mientras intervienen a mi madre, me ocupo en observar, deducir e imaginar lo que atañe a todos estos desconocidos que me rodean aquí fuera, porque así no pienso, ni deduzco, ni imagino lo que estará ocurriendo ahí dentro, en esa helada sala a la que se han llevado a alguien tan amado.

            Detrás de mí, una mujer rellena los impresos de consentimiento para unas pruebas. Se la ve bien vestida, pero preocupada. Y sola. Y embarazada. Supongo que espera a alguien, porque ya me ha preguntado dos veces la hora en los últimos diez minutos. Imagino que viene para una amniocentesis, para eco normal no firmas papeles, ni tienes esa cara de terror. Quizá sospechan un Down, calculo que la mujer tendrá mi edad, está en grupo de riesgo. Bolso pequeño: no tiene más hijos. Las mamás adquirimos la costumbre de los bolsos grandes y ya no la abandonamos nunca. La llaman a consulta; el padre de la criatura no ha llegado. Imagino su zozobra, y la bronca que le va a caer a él cuando esto termine.

            Solamente ha estado cinco minutos con la doctora, y ya se va, acompañada de la enfermera, hacia la zona de quirófanos. No me equivoqué, el macro-sobre que lleva en la mano la sanitaria pone en grande: AMNIOCENTESIS. Viva la discreción.

            Suerte, princesa. Ojalá no tengas que tomar ninguna decisión que marque el resto de tu vida. Y si has de hacerlo, espero que, al menos esta vez, él llegue a tiempo de tomarla contigo.

            Una hora desde que se cerró la puerta.

            Hace rato llegó otra mujer. Vino a sentarse justo a mi lado. Sola, con su teléfono móvil y una bolsa de resultados. La etiqueta impresa dice ONCO. Cuatro letras terribles que ponen los pelos de punta. ONCO. El pelo cortito, zapatillas de deporte, ropa masculina y oscura. Cuarenta y muchos, sin alianzas ni pendientes. Soltera, seguro. Sin hijos, lo más probable. Canas indisimuladas. Me pregunto: ¿mama, ovarios, cuello de útero? Me quedo con la duda, la llaman a consulta. Tiene el andar cansado, como de anciana. Sigo sin entender por qué hay tantas personas a las que les toca sufrir esto.

            Sale sonriendo, buena señal. Conecta el móvil. “Mamá, es benigno. No es cáncer. (….) Sí, era hoy. (…..) ¿Y para qué tenías que estar aquí tú también, padeciendo? (….) Vale, voy a comer. (….) Lo que quieras, mamá, hoy me como lo que tú me pongas. (….) Yo también, mamá. Un beso”.

            Camina hacia el ascensor ligera, como una pluma. Las cuatro letras que tanto le pesaban se quedaron en la papelera del hospital. Me alegro, mujer. Te acaba de tocar la lotería, disfrútalo.

            Dos horas.

            Pasa una cama con un hombre recién intervenido. Por la cara de su mujer, infarto. Por la de él, cateterismo recién hecho y muerte vista de cerca, pero burlada por la ciencia esta vez. Te acaban de dar otra oportunidad, amigo. Aprovéchala bien y deja de fumar, que en los dedos y en la piel se te nota, no me hace falta verte el cigarrillo en la boca.

            Preguntan por mí. Ya sale, por fin. El cirujano viene silbando una canción, así que puedo estar tranquila. Os dejo, que hoy tengo un trabajo importante que hacer: ella me necesita.
 

1 comentario:

  1. ME ha encantado tu relato de hoy, no se si refleja un hecho real que te haya ocurrido , pero cuando has pasado por una historia similar te ves reflejada, no puedo por menos que darte ánimos.

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