domingo, 14 de abril de 2013

LA BICICLETA DE TÁRSILO


            La veía muchos días, cuando iba a limpiar aquel portal. La empresa de servicios para la que trabajaba me daba a diario la hoja de ruta con los clientes a quienes tenía que atender cada mañana, y ese edificio, situado en una zona cara cercana al parque del Río, siempre era el primero de los lunes, miércoles y viernes. A las siete y media ya estaba, escoba y trapo en mano, con el sueño aún pegado a los ojos, para dejar reluciente el piso, la puerta, las barandillas y la escalera. Y aquella bicicleta siempre estaba ahí, encadenada a la farola que quedaba enfrente del portón de forja.

            Más o menos, las personas que nos encontrábamos allí éramos siempre las mismas: las tres chicas que iban a servir a los abogados del primero, a la arquitecta del cuarto y a la “marquesa” (no sé si de verdad aquella señora ostentaba ese título de verdad) del ático entraban a las ocho menos diez, siempre corriendo y después de apurar un cigarrillo en la calle. A las ocho y media, el portero con los periódicos, malhumorado y a vueltas con su úlcera de estómago. Inmediatamente, la chica que recogía a los seis niños del quinto, una familia de esas de “los que mande Dios”, todos con su uniforme de colegio privado y su raya al lado pulcramente peinada. Después, a las nueve, la enfermera que venía a atender a Don Anselmo, el vecino del segundo que estaba impedido y jamás salía de casa. Todos nos saludábamos tratando de que no faltase una sonrisa junto al “hola” de cada mañana. Éramos “los pobres” que servíamos a “los ricos” de aquel edificio a cambio de un jornal bastante magro, sólo faltaba que entre nosotros también fuéramos tacaños a la hora de regalar una sonrisa.

            Siempre supuse que la bicicleta pertenecería a alguien del servicio que madrugaba más que yo. Era un artefacto artesanal; el cuadro estaba hecho con barra metálica de agujeros, de esa que se emplea para fabricar las estanterías de los almacenes. El manillar debió ser en su día sacado de un desguace. Las ruedas, eso sí, eran casi nuevas, pero desde luego no era una máquina de calidad, ni siquiera adquirida en ninguna tienda de segunda mano. Las palancas de los frenos eran cada una de una clase, y estaba sin pintar. En aquel edificio el garaje estaba lleno de coches de alta gama, y si alguna bici había era de las que no bajan de los cuatro mil euros, y dormían en los trasteros, bajo llave. Imposible que fuera de ninguno de los residentes fijos de aquella casa.

            Un día, de pronto, vi a alguien manipulando el candado. Era un hombre de mediana edad; salió del ascensor, me saludó mientras se colocaba la chichonera y se colgó una pequeña mochila sobre los hombros antes de montar en el “engendro” de dos ruedas y alejarse pedaleando. Me quedé de piedra: el traje que llevaba aquel hombre parecía de buena calidad. ¿Qué narices pintaba alguien así sobre semejante vehículo? El portero me pilló mirándole y carraspeó sonoramente para que volviese a mi trabajo; si yo no dejaba todo bien limpio, la “marquesa” se quejaba, y no tenía ganas de aguantar sus manías.

            ¿Conocéis a alguna mujer que se quede con una duda o sin satisfacer una curiosidad? Bueno, sí, alguna habrá, pero yo no soy de esas. Me las apañé para sobornar a la canguro de los pequeños repeinados del quinto; le prometí enseñarle un truco infalible para quitar las manchas de bolígrafo de los uniformes de los críos, tema con el que la mamá y las monjas del colegio eran bastante puntillosas, a cambio de que me contase por qué un rico se movía por la ciudad sobre un trozo de chatarra. La explicación me enseñó una lección que no olvidaré.

            “Társilo es la pareja de Don Anselmo, el señor del segundo que nunca sale. Cuando se conocieron, él era un muchacho cubano de apenas veinte años que no tenía dónde caer muerto, y Don Anselmo contaba casi cincuenta, era rico, estaba casado y tenía hijos casi de la misma edad que el chico. Fue un escándalo tremendo, imagínate. En el divorcio, la ex le sacó cuanto pudo, por no hablar de todo lo que salió por su boca; los amigos y familiares le dieron la espalda, y los hijos no han vuelto por aquí. Társilo nunca quiso vivir con él en este barrio, y solo se mudó a la casa cuando Don Anselmo tuvo el accidente y quedó mal; cuida de él cuando no trabaja en su puesto de ingeniero, paga los gastos del piso y la enfermera, pero se ha negado a que ponga a su nombre la casa. Ni siquiera usa el coche, que está muerto de risa en el garaje. Sigue desplazándose en la vieja bicicleta que se fabricó de muchacho, porque es la que hace que no se engolosine al lujo de este ambiente, le mantiene con los pies en el suelo, en contacto con la realidad. A pesar de que siempre le acusaron de estar con Don Anselmo por dinero, dice que con nada vino y con nada se irá, pero que se llevará lo mejor: haber podido dar el cariño y el cuidado al amor de su vida sin que nadie tenga luego que reclamarle nada”.

            Desde aquel día miro la bicicleta con otros ojos. Ya no me parece un engendro de chatarra, sino una bofetada de verdades sin azúcar capaz de cerrar las bocas hipócritas de lo que llaman “buena sociedad”. Lo de Don Anselmo y Társilo es amor. Y lo demás, fotocopias.
 

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