lunes, 22 de abril de 2013

LO QUE HAY DESPUÉS


            “Abuelo, cuando las personas se mueren, ¿qué les pasa después?” Adriana desplegaba sin pudor alguno la curiosidad propia de sus diez años. Ya sabía lo que le habían dicho en catequesis, el cielo, el infierno, el limbo, el purgatorio, y le sonaba todo a cuento. También sabía que otras teorías circulaban por ahí, sobre todo en las noches de fiesta pijama y alrededor de los fuegos de campamento: historias de miedo, fantasmas, asuntos pendientes que los espíritus vienen a solucionar… Si a eso se le sumaban las creencias populares de su tierra natal, como la Santa Compaña y demás (ya lo habréis adivinado, Adriana es gallega) el resultado era un impresionante jaleo que la chiquilla trataba de aclarar como podía.

            El abuelo Antón la quería tanto que casi le dolía. Verla crecer le encantaba y le pesaba a partes iguales, porque los dos sumaban años a la vez, y cuando ella cumplió diez, él cumplió ochenta. Por eso, cuando Adriana le hizo aquella pregunta, no pudo ser todo lo sincero que debía. No hacía ni un mes que sus problemas para orinar y su dolor al respirar habían cambiado de nombre para pasar a llamarse “cáncer de vejiga con metástasis pulmonar”, y posiblemente, o tal vez no, las luces que vio en el bosque un par de días antes fueron efecto de la morfina. O quizás era que ya la procesión de almas venía a buscarle. Lo cierto es que, con su habitual voz cascada, le contestó a su nieta: “No lo sé, Adriana. No sé lo que pasa después. Muchos dicen, dicen, dicen, pero lo cierto es que ninguno de los que se fueron ha vuelto para contarme nada”.

            “Abuelito, si tú te vas antes que yo, ¿volverás para contármelo? Así, cuando me toque a mí, estaré preparada y no tendré miedo”. Y Antón, que nunca pudo negarle nada a aquella criatura que tanto se le parecía, le prometió volver. Pero no tuvo valor para decirle que su viaje estaba más que próximo. Por eso, cuando solamente una semana después ingresó en el hospital para ya no volver más a casa, Adriana se sintió horriblemente culpable. Su corta edad le hizo pensar que su abuelo había muerto por complacerla a ella.

            La pena se apoderó de sus días, y el remordimiento lo hizo de sus noches. Le echaba terriblemente de menos, deseaba que le hiciera esa visita prometida para poder rogarle que la perdonase. Ella no quería que él se fuese tan pronto, aún le hacía mucha falta, y necesitaba decírselo, pero él no volvía. Dejó de dormir, y después dejó de comer. Sus padres ya no sabían cómo consolarla, y recurrieron a un psiquiatra, pero por más que éste intentó encontrar el origen del mal que estaba devorando a Adriana, no lo logró. Ella no quiso decirles la verdad, que sin querer había hecho morir a su propio abuelo.

            Cuando la ingresaron, apenas era un suspirito. Había perdido mucho peso, tenía los ojos abiertos, pero estaba como sonámbula. La desesperación se comía a sus padres, ningún médico conseguía sacar a la niña de ese estado de tristeza, ni dormida ni despierta, en el que se había instalado. Sus ojeras brillaban en la carita pálida, y las pocas palabras que pronunciaba eran para Antón: “abuelito, vuelve, por favor. Me lo prometiste”.

            Hay cariños que lo pueden todo, y uno de ellos es el que los abuelos sienten por sus nietos. La relación tan especial que les une va más allá de la sangre, y también más allá de los límites de lo explicable. Aquella noche, mientras el hospital dormía y Adriana velaba llamándole, él la vio tan débil y tan perdida que, a pesar de que los de “allá” tienen prohibido visitar a los de “acá”, volvió para consolarla. La abrazó, y ella enterró la cabecita en su pecho, dejando que le revolviera los rizos, como siempre hacía. “No, mi niña. Tú no tienes la culpa. La tengo yo, que me moría y no te lo dije por miedo a que sufrieras. Así, lo único que he conseguido es hacerte enfermar. Te voy a contar un secreto, pero no se lo digas a nadie: el otro lado es como este. Tiene ratos buenos, y también los tiene malos, todo depende. Cuanto más cariño dejamos en esta orilla, mejor estamos en la otra. Cuantas más cosas felices podemos recordar, más ricos somos, pero no en dinero, sino en alegría, que es lo que realmente cuenta. Así que, mi querida Adriana, mi nieta del alma, vive y sé feliz, reparte y contagia tu cariño, y no tengas miedo cuando llegue tu momento. Yo tengo allí una vida estupenda, ¿sabes por qué?”

            La niña negó con la cabeza, y acariciando su mejilla por última vez, el abuelo Antón le respondió: “Porque he tenido la suerte de que hayas sido mi nieta, y por lo mucho que tú me querrás siempre”.

            Y por fin, después de aquella conversación que jamás contaría a nadie, Adriana despertó a su madre para pedirle un bocadillo de mortadela, durmió una semana entera, y continuó con su vida.
 

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