lunes, 29 de abril de 2013

PARA QUE TODO VUELVA A ANDAR


            Un día, hace muchos años, miramos por la ventana de nuestra casita, allá en el pequeño pueblo en el que nacimos, y decidimos que el corral se nos había quedado pequeño. La tierra daba para vivir demasiado justos, los animales nos hacían sentir esclavos de sus necesidades porque las gallinas también comen en domingo, y a las vacas les da igual que sea festivo, han de ser ordeñadas de mañana y de tarde aunque el número del calendario esté en rojo. Había que hacer demasiadas cosas a mano, y la vida perdió alicientes.

            Los más valientes se habían ido a la ciudad, y cuando venían en vacaciones hablaban maravillas. Traían coches nuevos, ropa de boutique, y contaban cómo era su trabajo en las grandes fábricas: solamente ocho horas, los domingos y festivos de paseo, como los señores. Las calles de la ciudad, de asfalto y sin barro, permitían lucir preciosos e inmaculados zapatos de brillante charol. Los niños iban a colegios de ciudad, serían futuros bachilleres, y después sobresalientes universitarios. Con un gran futuro por delante, sin mancharse las manos con la tierra ni tener que pelear con el ganado. Eso era lo que necesitábamos: progresar. E hicimos las maletas, cerramos la casa y marchamos en pos de la civilización.

            Aprendimos lo que era comprar a crédito, y nuestro mundo se amplió considerablemente. Además, nos vendieron (en cómodos plazos) una ventana con antenas que nos llenó los ojos de mentiras y la cabeza de fantasías. Entonces comenzamos a hacer horas extras en aquellas grandes fábricas, porque necesitábamos tener más cosas: un piso propio con macetas en el balcón, en una colmena llena de otras personas de las que no sabíamos ni el nombre. Un coche más grande. Los muebles que vimos en aquella revista.

            Nuestros hijos aprendieron muchas cosas en las escuelas de la ciudad: logaritmos, recursos estilísticos, arte contemporáneo, reacciones químicas. Paralelamente, aprendieron con la práctica que los pollos son unas cosas frías y desnudas que hay en los supermercados, que la leche viene del tetra-brick, y que te puedes comer un kiwi cultivado en el culo del mundo despreciando las manzanas de tu propia provincia. Que ya no hay estaciones, porque las naranjas en verano vienen de Argentina, aunque en enero, cuando estaban en plena temporada, no nos apetecieron. Que los huevos son todos del mismo tamaño y color, y que no saben a nada. Y mamá se puso también a trabajar porque para comprar la ropa, los zapatos, pagar el coche, el piso, los libros, el ordenador, la tele de plasma y las vacaciones con un sueldo no alcanzaba.

            Todos los días nos mirábamos en un espejo, y nos veíamos más viejos, pero no más felices. Necesitábamos más, ilusiones nuevas, objetivos cada vez más lejanos. Pero un día el espejo se rompió, y vimos que el horizonte desde nuestra ventana con macetas no era más amplio que el trozo de calle hasta la pared de enfrente, que el ruido de tantos coches no nos dejaba dormir, que en vez de arrugas en las comisuras de la boca de tanto reír teníamos un profundo surco entre las dos cejas, de andar con el ceño fruncido por la preocupación.

            Mamá perdió el trabajo, y descubrimos que no pasaba nada por ir tres otoños seguidos con la misma ropa, por mucho que la ventana con antenas siguiera intentando convencernos de lo contrario. Descubrimos también que habíamos pasado gran parte de la vida entregando nuestro tiempo a cambio de un dinero que después le dábamos al banco porque le debíamos la casa, el coche, el ordenador y las vacaciones. Y finalmente descubrimos que nuestros hijos tenían una carrera universitaria que solo les iba a servir para tener un título colgado en la pared, porque no existía mercado que demandase sus servicios.

            Volvimos la vista hacia el pequeño pueblo que dejamos atrás, y añoramos el cacareo de las gallinas en el corral, los trinos de los pájaros en la amanecida, el olor de la vaca al entrar a ordeñarla. Recordamos el sabor de las lechugas del huerto, el desear los tomates hasta que maduraban, las cerezas de tres en tres robadas del árbol, el salir a por higos y cambiar los huevos a la vecina por una cuña del queso de su cabra. Y nos dimos cuenta de que debimos irnos cuando nos fuimos, pero que era hora de regresar, porque la ciudad ya no tenía nada de lo que nosotros necesitábamos.

            Para que todo vuelva a andar, muchos deberemos retornar a los pueblos, aplicar en ellos lo que hemos aprendido en estos años de safari urbano, y entender que el encanto de la vida no está en tener mucho, sino lo suficiente. Y que el tiempo no es dinero, sino una oportunidad para compartir las horas con quien nosotros queramos. Volver no es una derrota. Es el triunfo de la razón.
 

1 comentario:

  1. efctivamente, volver no es una derrota, o si, la derrota a la ambición que a veces no conduce a nada. La vida está llena de casualidades que orientan nuestro camino y por desgracia,muchas veces tenemos que perder algo para valorarlo. Por suerte, algunos tienen la posibilidad de volver a tenerlo asi que a disfrutarlo!!

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