martes, 23 de abril de 2013

RECICLANDO


            Sí, es verdad, lo reconozco. Soy una maniática del reciclaje. De hecho, mi casa está llena de cubos para separar escrupulosamente todo lo que se tira, pero eso no es malo. El problema viene cuando te das cuenta de que vives en un lugar en el que la gente se instaló hace mucho tiempo en la indolencia más necia que imaginarse pueda, y eso hace que todos mis esfuerzos se queden en nada.

            Cuando bajo con mi bolsita de envases de plástico para tirarla en el correspondiente contenedor AMARILLO, ese que está identificado con letras negras que dicen “PLÁSTICOS, LATAS, TETRA BRICKS”, me encuentro con mi vecino, que baja también la basura. Y ves asomar de su bolsa un par de botellas de agua vacías, y te pasmas con su estilazo a la hora de encestar el fardo en el contenedor… de basura orgánica. Para luego, además, escupir el chicle al suelo, abrir el paquete de tabaco dejando caer el precinto, el plástico y el papelito al bendito asfalto, y marcharse fumando tan campante. ¡Pero tío! ¡Que tenías los contenedores delante! ¿Tanto te costaba tirar todo eso en ellos? ¿No sabes leer, o qué? Donde pone “ORGÁNICO” quiere decir eso, orgánico. Y donde pone “PLÁSTICOS, LATAS, TETRA BRICKS”, pues eso, y donde pone “SOLO VIDRIO”, pues solo vidrio. Y no me vale que me digas que no sabes leer, porque están llenos de dibujitos explicativos, que hasta el más lerdo acierta.

            Luego viene la segunda parte, que es cuando termino de acordarme de los antepasados de mi incívico vecino, y voy a echar mis botellas de plástico en su sitio. Y me lo encuentro lleno de cartones, restos de verduras, un par de tablones, y todo el mondongo que organiza el paisano de enfrente cuando limpia el palomar que tiene en su casa: guano de pájaros, periódicos, plumas e inmundicias varias. Y levanto los ojos al cielo y me pregunto: ¿qué hice yo para merecer vivir entre gente así?

            Yo no sé qué es lo que tiene el reciclaje, pero para algunos es tan complicado como la física cuántica. Así, a pesar de los carteles, las campañas publicitarias, los folletos explicativos, y los años que hace que está todo lleno de contenedores de colorines varios, no atinan ni a la de cuatro. Tiran las revistas al azul, pero metidas en bolsa de plástico (meeeec), o las latas vacías al amarillo metidas en una caja de cartón (meeec, meeeec), o las botellas de litro de cerveza con el tapón de aluminio puesto (meeec, meeec, meeeec). Faltaban los contenedores del aceite usado, que me parecen algo tremendamente útil y que debía existir desde hace muchos lustros; en ellos pone bien clarito que se deposite el aceite en botellas de plástico con su correspondiente tapón. Y no falta la ceporra de turno que baja, en bata guateada y babuchas, y vuelca allí, directamente y sin anestesia, el cacharro de lata en el que ha ido juntando el girasol de las fritangas. Es para tirarse de los pelos.

            A veces me gustaría que la Madre Tierra fuese un poco más gamberra. Me encantaría que le pusiera la zancadilla a los que tiran los botellines vacíos por la ventanilla del coche en marcha, que el mar escupiera cada inmundicia que le tiran directamente en la cara de los que lo ensucian, y que el aire soplase a las narices de los que liberan gases contaminantes toda esa porquería para asfixiarlos solamente a ellos, y no a todos los demás. Me encantaría que ser limpio resultase más barato que ser un guarro, pero desgraciadamente no es así. Y el común de los mortales, en lugar de echar una mano con las cositas cotidianas, aprendemos a manejar cualquier cosa menos unos simples cubos de colores.

            El día menos pensado, el planeta será como la casa de alguien con síndrome de Diógenes, pero a lo bestia. Y ya veremos quién es el chulo que sobrevive. Yo me niego a rendirme, y sigo separando absolutamente todo. Ojalá el mío sea un mal contagioso.
 

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