miércoles, 24 de abril de 2013

SI LO DEL KARMA FUERA CIERTO


            Alfredo vivía en un pueblo. Desde pequeño, trató a los animales como si fueran cosas. Cosas de usar y tirar. Si la gata que tenían para mantener la casa limpia de ratones paría, su padre le daba los cachorros para que los “eliminara”, y él jugaba al baseball con ellos. Con ellos como pelotas, se entiende. Cuando se aburría de ese juego, echaba los supervivientes al pilón, a ver cuál tardaba más en ahogarse.

            Siempre hubo perros en su casa. Los usaban para cazar, y los tenían encerrados en una caseta miserable, las hembras pariendo una camada tras otra. Los que salían buenos rastreadores, hábiles para señalar las perdices y conejos, abandonaban el encierro y pasaban a vivir en el patio de la casa. Los que no, eran abandonados en la carretera, o le servían de objetivo para entrenar con la escopeta. Jamás gastó un duro en veterinarios: si un perro enfermaba y moría, ¿qué importancia tenía? Sus perras le darían nuevos cachorros en poco tiempo.

            Alfredo era una de esas personas que piensan que los animales solo sirven cuando se pueden comer o te pueden ayudar a conseguir lo que deseas. El resto de bichos están de más. Nunca miró a los ojos a sus perros, nunca se cuestionó que tras aquellas miradas de miedo, en aquellos pechos flacos y llenos de garrapatas y pulgas, había muchos más sentimientos que los que él había experimentado jamás. Nunca imaginó que en aquellos animales, a los que utilizaba y desechaba como a vulgares moqueros de papel, había mucha más humanidad de la que él nunca albergaría.

            Sus hijos crecieron viendo cómo su padre pateaba a los perros si no le obedecían, cómo ahogaba la mayoría de camadas en el pilón. Les enseñó a manejar la escopeta de perdigones apuntando a los gatos callejeros, y también a ahorcar a los galgos que ya no señalaban las piezas a tiempo de disparar. Si alguno de los perdigueros favoritos se le orinaba dentro de casa, lo molía a palos para que aprendiese que “eso no se hace en casa del amo”. Los niños aprendieron todo aquello, y se reían de los otros chicos de su edad, los que tenían un animal de compañía. ¿Cepillar al perro? ¿Vacunar al gato? ¿Chip? ¿Esterilizar, con la pasta que vale? ¿Pagar una residencia canina durante las vacaciones? ¡Mariconadas! ¿Pensar en el bienestar de un bicho? ¡Que piense él en el mío!

            Pero Alfredo se hizo mayor, y la vista comenzó a fallarle. Ya no tenía puntería con la escopeta, su pulso dejó de ser firme, y sus piernas ya no resistían las largas caminatas por el monte. Si lo del karma fuera cierto, sus hijos habrían debido colgarle de un algarrobo, como hizo él con tantos galgos, pero no, no lo hicieron.

            Cuando empezó a orinarse encima, trató de lavar su ropa a escondidas por vergüenza, pero pronto no pudo esconder aquello, porque lo que en un principio fueron pequeños escapes se convirtió en franca incontinencia en pocos meses. Si lo del karma fuera cierto, sus hijos debieron patearle las costillas y frotarle el morro en su propia porquería, como tantas veces hizo él con sus perros. Pero no, no lo hicieron. Le limpiaron y le pusieron pañales.

            Cuando llegó el ictus y vieron que no movía la mitad de su cuerpo, no le dejaron agonizar en casa, no lo remataron para que no sufriera ni tiraron su cuerpo en el monte, como habrían hecho si lo del karma fuera cierto. Le llevaron a un hospital, con un ejército de médicos y enfermeras para cuidarle, y luego lo ingresaron en una residencia (bastante más cara que una canina, obviamente) para que estuviera bien atendido. Y cuando murió fue enterrado cristianamente en el cementerio de su pueblo, con responso, agua bendita y toda la parafernalia.

            No deja de resultar curioso lo que ocurre sobre su lápida. Cada pájaro que la sobrevuela deja caer su contenido intestinal sobre el mármol. Los gatos del cementerio van todos a agacharse sobre esa tumba en concreto, dejándola llena de plastas y chorreando. Y no hay perro que pase por la puerta que no entre, para levantar la pata, cuando no el rabo, precisamente ahí, en la sepultura de Alfredo. Una tumba que solamente tiene flores una vez al año, por Todos los Santos, pero que los otros 364 días está cubierta, literalmente, de mierda. Bueno, quizá lo del karma sí que sea un poquito verdad después de todo…
 

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