miércoles, 17 de abril de 2013

UNA NANA PARA ALICIA


            Elisa estaba preocupada. Nunca fue de las que se deshacen cuando ven un bebé, de las que cogen en brazos a los niños de todas las amigas y juegan con ellos. Tampoco es que, como les pasa a algunas personas, odiase a los pequeñajos. Simplemente, no le apasionaban. Ese tema nunca le interesó demasiado, y por eso no se había molestado nunca en aprender a cantar nanas.

            Un día, sin embargo, ella y su pareja comenzaron a plantearse el tener un hijo. No siempre se está a tiempo de hacerlo; la naturaleza, con sus implacables leyes, te da unos plazos, y si los excedes, por mucho que luego lo intentes, no hay manera. Elisa pensaba: “bueno, un hijo solamente es pequeño un tiempo. Luego se convierte en una persona. No será un niño para siempre. Además, si pasas por la vida sin tener un hijo no dejas herencia alguna, cuando te vas es como si nunca hubieses existido”. Lo pensaron y se decidieron. A por él.

            Llegó el día en que el cuerpo de Elisa dijo: “Ooooh, algo me pasa. Tengo ganas de vomitar”. El embarazo ya era un hecho, y con el resultado positivo comenzó el miedo. Aún no había aprendido a cantar nanas, y de pronto solamente tenía nueve meses para aprender. Y, para colmo, sufría tantas náuseas y mareos que muchos días no podía ni salir de casa, se pasaba las horas arrastrándose del sofá a la cama y de la cama al sofá. No tenía ella el cuerpo como para pensar en canciones.

            En aquellos primeros cuatro meses de embarazo, vomitó de todas las maneras posibles: sentada, de pie, acostada, de día, de noche, en el sofá, en la cama, en el coche, en casa, en la calle… más que un bebé en formación parecía que tenía una enfermedad, pero aquello, aunque se le hizo muy largo, terminó aplacándose. Recuperó el color, el equilibrio y las ganas de comer, su estómago se aquietó y todo comenzó a ir mejor, pero… ya solo tenía cinco meses para aprender a cantar nanas. Tenía que ponerse las pilas.

            Empezó a leer revistas sobre el tema, y también artículos en internet. Resultó que había mil maneras de hacerlo distintas, y cada uno opinaba que la suya era la idónea y las demás estaban equivocadas. Para unos, había que cantárselas solo por la noche. Para otros, a oscuras. Para los de más allá, con luz natural y a cualquier hora. Según un especialista, con versos de once sílabas, no más de cuatro estrofas y en tonos menores, para no poner nervioso al niño. Según otro entendido en la materia, el tono indicado era el Do Mayor, para estimular la inteligencia, pero evitando los agudos, que evitarían que pudiese conciliar el sueño.

            Elisa tenía un cacao mental importante, pero sobre todo un miedo enorme a hacerlo mal, a no saber actuar llegado el momento. Además, familiares y amigas la llenaron de consejos y recomendaciones: para las más mayores, los versos debían ser cortos, no más de dos frases sencillas, y repetir todo el tiempo mientras se le acuna en brazos. Algo así como “ea, ea, ea, á, si no te duermes el coco vendrá y te comerá”. Para las más jóvenes, eso era una equivocación: lo indicado eran los conceptos reales, tales como “mi niño se duerme porque si no, no crece. Y no abre los ojos hasta que amanece. Después su mamá le da la lechita, y se queda durmiendo otra siestecita”. Pero eso sí, nada de brazos, que se malacostumbran y luego los tienes que llevar a cuestas hasta que hacen la Primera Comunión.

            Con tanta recomendación contradictoria, Elisa, en lugar de disfrutar plenamente del embarazo ahora que su estómago ya no rechazaba los alimentos, desarrolló un miedo enorme de tener a la criatura en brazos y no saber cómo cantarle. Las dudas que tenía eran tremendas. Temía no ser buena madre, hacerlo mal, así que decidió ir escribiendo sus propias nanas, para estar preparada cuando llegase el momento del parto.

            Se estrujó los sesos durante semanas, tratando de aplicar en los versos y las melodías todas las recomendaciones que le habían dado, y cuando todas las hojas estuvieron llenas, guardó la libreta en la cómoda del cuarto del bebé, para tenerla a mano en el momento oportuno. Y, cómo no, la naturaleza hizo su particular milagro, y Alicia decidió salir por fin. Elisa estaba confiada en su cuaderno salvador, y cuando llegaron a casa con la niña en brazos, lo sacó del cajón y trató de dormirla con aquellas nanas que había fabricado, pero la niña no paraba de llorar. Al fin, desesperada por tanto llanto, tiró la libreta por la ventana, cogió entre sus brazos a su hija, la acunó y le cantó lo que le salía del corazón. No tenía sentido, ni métrica, ni melodía coherente, ni nada, pero era lo que Alicia necesitaba, y al fin se quedó tranquila y se durmió.

            Las mujeres llevamos miles de años pariendo y criando nuevos seres. No te preocupes: cuando llegue el momento, sabrás lo que tienes que hacer, y lo harás bien. Disfrútalo, sin angustias, porque un bebé no necesita una puericultora experta, sino una madre tranquila.

4 comentarios:

  1. Jolín, no me ha gustao, ¡¡¡¡ME HA ENCANTADO!!!!!.Muchisimas gracias por esta grata sorpresa, he entrado de chiripa y encontrarme con este regalo para mi ha sido fantástico. Un beso

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  2. Que bonitoooooo,Alicia es tan querida ya como su mama.

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  3. Que tierno el cuento, me ha gustado. Ya verás geme, que todo sale estupendo.

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