martes, 7 de mayo de 2013

COMO EL VIENTO


            El grupo llevaba ya dos días en la playa. Era la acampada anual de la pandilla, la que llevaban haciendo puntualmente cada primavera desde hacía quince años. Cuatro días, solo para adultos, en los que dejaban de lado la vida habitual para ser un poco más libres, pasear, charlar, cantar junto al fuego por las noches, darse algún chapuzón y mirar las estrellas.

            Sergio siempre había ido solo, hasta ese año. Era el recalcitrante soltero, pero también el simpático, el ingenioso de la cuadrilla. El que tenía continuamente el chiste a flor de labios, la canción adecuada, la chispa. El resto del grupo había sido el mismo desde la primera acampada: tres matrimonios más, todos juntos desde muy jóvenes.

Paula y Julio eran los que más se relacionaban con Sergio el resto del año. Para ellos, la eterna pareja perennemente enamorada de las manos enlazadas y los largos paseos a la luz de la luna, su amigo era alguien de total confianza, muy cercano y querido. Por eso, al verle aparecer en la playa con una chiquita colgada del brazo, se alegraron tanto o más que el resto. Al fin el soltero de oro había encontrado alguien con quien compartir su tiempo.

Aquella segunda noche, Julio se durmió, agotado por la jornada de pesca. Vera, la nueva, bebió demasiado, y después de vomitar se enrolló en su saco de dormir y ya no se movió en el resto de la noche. Por eso, cuando Paula decidió ir a la furgoneta a por más cervezas, Sergio se levantó para acompañarla.

–Bueno, no me has dicho qué te parece mi novia.

–Porque no se te despega de la boca. Menos mal que se le ha ido la mano con el ron, si no, no te deja ni hablar en toda la noche –bromeó Paula.

–No, en serio –le apremió Sergio–. Dime qué te parece.

–Pues que me alegro de verte tan enamorado, ojalá os dure –contestó ella sin mirarle.

–No es eso lo que te he preguntado –la detuvo cogiéndola suavemente del brazo y volvió a inquirir–. Hablo de Vera. ¿Qué te parece?

Paula intentó sonreír, pero no le salió.

–No sé, Sergio. Muy joven. Muy callada. Muy sosita. Muy seria. ¿Qué le ves? Siempre pensé que acabarías con alguna mujer más… ¿cómo lo diría? Necesitas alguien alegre, una persona asentada, segura, que cante contigo y que ría contigo, que sepa entender tu humor y seguir tu ritmo, y yo a Vera no la veo así. Igual me equivoco, pero creí que cuando te emparejases lo harías con alguien más parecido a ti.

–Sí, yo también esperaba encontrar a alguien como tú, pero sigues casada, y no tienes ninguna hermana gemela, de modo que…

Paula se echó a reír.

–¿Ves? Ni siquiera cuando se habla en serio eres capaz de dejar de bromear.

Sergio la miró.

–¿Quién ha dicho que esté bromeando?

Paula quedó muda, incapaz de reaccionar, y el eterno amigo, sin dejar de mirarla a los ojos, dejó salir todo lo que jamás habría dicho si Julio estuviera delante y si los cuba-libres no le hubiesen soltado la lengua.

–Llevo quince años viéndote y deseando haberte conocido antes que él, porque si en vez de ser la mujer de mi amigo lo fueras de cualquier otro, ya sabrías a qué saben mis labios. Pero, como no es así, me he conformado con soñar que son mis dedos, y no la brisa, lo que enreda tus rizos locos, y que son mis manos, y no el viento, quien dibuja tu silueta irrepetible bajo ese vestido de flores que te pones para pasear por la arena. Me he conformado con darte un casto abrazo y dos besos de amigo en las mejillas cuando nos encontramos, y lo que de verdad deseo es tumbarme contigo en la orilla para dejar una sola huella de dos cuerpos confundidos. Tú eres mi mitad, tú y ninguna otra, y…

Paula se levantó, y sacudiéndose la arena del vestido, comentó: “Voy a por unas cervezas. Julio, ¿me acompañas?” Pero su marido no le respondió, se había quedado dormido, agotado por la jornada de pesca. Vera, la nueva, dormía también, pero de la borrachera que llevaba. Sergio no se movió. “No, yo creo que me voy también a dormir. Buenas noches a todos”.

Sin mirar a nadie, para no delatar los pensamientos que le habían invadido unos minutos antes, el eterno soltero levantó a su ya casi ex novia de la arena y la llevó a la caravana mientras murmuraba: “a veces me gustaría ser como el viento”.
 

1 comentario:

  1. impresionante, como todo lo que escribes.... pero tan real como la vida misma

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