jueves, 23 de mayo de 2013

EL HOTEL


            Cuando el monitor llamó al hotel para realizar la reserva no pensó en lo que iba a ocurrir. Únicamente buscaba un lugar cerca de la playa para que su grupo de muchachos pasase unos días alegres, llenos de sol, mar, buena comida y descanso. Unas vacaciones, como las que pueda desear cualquiera. No se le ocurrió mentir al empleado del establecimiento, porque no imaginaba que la condición de los chavales supusiera ningún problema para nadie.

            Cuando lo dijo, lo hizo inocentemente. “Es un grupo de chicos azules”, comentó. “Pero yo me responsabilizo de ellos, no darán ningún problema”. El empleado se excusó: “tengo que comprobar si para esas fechas hay plazas. No se retire, por favor”. Lo consultó con el gerente. Su reacción fue tajante. “¿Chicos azules? ¿En este hotel? ¡Ni hablar! La gente azul es ruidosa y molesta, su piel destiñe y ponen la piscina perdida, la lencería de las habitaciones se ensucia de azul y hay que lavarla más veces. A la gente normal le resultan incómodos, y no quiero perder el favor de mis clientes habituales. ¿Quieres que aparezcamos en las páginas especializadas como un hotel en el que gente azul deambula por los pasillos? ¡Ni hablar! Que se vayan a otro sitio. Diles que no hay habitaciones libres”.

            El empleado, atónito por la reacción de su jefe, no sabía cómo decirle a quien esperaba al otro lado del hilo telefónico que los “azules” no eran bienvenidos en el hotel. “No hay vacantes”, titubeó. “En la web pone que sí hay vacantes”, contestó el responsable del grupo de chicos azules. El empleado no quería mentir. Él tenía un sobrino azul, y no entendía qué podía haber en él tan malo, ni tan molesto, como para no admitirlo en un hotel. “Señor, en gerencia no quieren ni oír hablar de alojar azules aquí. Dicen que incomodan a los clientes blancos. Por favor, busque otro lugar para ellos”.

            La denuncia del asunto a la prensa fue inevitable. “Hotel de la costa se niega a alojar a un grupo de muchachos azules, discriminándolos por no ser blancos”. Y una gran parte de la clientela habitual, escandalizada, anuló su reserva allí ocasionando graves pérdidas económicas al negocio. Muchas más de las que temía el gerente en caso de haber aceptado la estancia de aquellos chicos. “También hay hoteles en los que no se aceptan críos, y a ellos van personas a las que no les gustan los niños, gente que quiere descansar sin tener ningún enano llorando o alborotando cerca, y nadie se escandaliza por eso”, se defendía el director. Pero era tarde, el daño a la reputación del establecimiento ya estaba hecho.

            El grupo de muchachos azules fue a pasar sus vacaciones a un complejo muy similar al que los había rechazado, a pocos metros de aquel; el último día de su estancia fueron todos a visitar al gerente que no había querido alojarlos. Llevaban girasoles en las manos, y camisetas en las que se podía leer: “SÍ, SOMOS DISTINTOS. NOSOTROS TENEMOS CORAZÓN”. No quiso recibirlos, de modo que dejaron la recepción llena de flores y se marcharon, sin molestar, sin manchar a nadie, sin incomodar a nadie, con su sonrisa puesta en la cara y ningún rencor en sus mentes inocentes.

            Sé lo que os estáis preguntando ahora mismo: “¿Por qué girasoles y no cualquier otra flor?” La explicación es muy sencilla, veréis: si siempre giramos la cara para mostrarla al sol que más calienta, puede que al principio crezcamos, pero al final nos quemaremos. Las estrellas también tienen derecho a que volvamos el rostro hacia ellas, porque, aunque más pequeños, son astros igualmente.

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