martes, 21 de mayo de 2013

EL PERRO DE ALFREDO


            Podría empezar esta historia diciendo algo así como: “Alfredo era un chico como los demás”. Pero no lo voy a hacer, porque estaría mintiendo. No era un chico como los demás, porque todos somos distintos y especiales. Es lo que tiene ser eso que se llama “individuos”: la palabra lleva implícito lo de que nuestras características son propias, únicas e individuales, valga la redundancia. Comencemos, pues, la historia de nuevo.

            Alfredo era un individuo que vivía entre otros individuos. Pertenecía al grupo social de los que llamamos “adolescentes”, que no son otra cosa que seres a medio camino entre la niñez y la edad adulta, más lo uno o lo otro dependiendo de quién opine. Para los adultos, niños. Para los niños, adultos. Para ellos mismos, algo rarísimo que no entienden. Y en esas estaba Alfredo, tratando de comprender lo que le ocurría cada día, con granos en la cara, pelos en sitios en los que ni sabía que podían salir pelos, sueños raros y reacciones corporales inquietantes.

            Nuestro protagonista no era un mal estudiante, pero con tanta hormona suelta corriendo por su cuerpo y tanto cambio, estaba hecho un lío. No sabía lo que debía hacer, ni cómo comportarse. Le repelían los “tipos duros” del instituto, esos que no pegan un palo al agua, pasan de las clases y coleccionan expulsiones y partes disciplinarios, pero le daba la impresión de que las chicas les miraban más a ellos. Los estudiosos parecían invisibles a los ojos de las rubias. Y él quería que esas rubias se fijasen en él. Tal vez si fumase, como hacían los mayores, parecería mayor él también, y quizá entonces “esa” que solo tonteaba con los de tercero y cuarto le dedicaría una de sus sonrisas. Pensaba todo eso, y después pensaba en su madre, en lo que diría si viese suspensos en su boletín, faltas injustificadas en el informe escolar… o, mucho peor, si le pillaba fumando. Iba a estar castigado hasta que las ranas criasen pelo.

            A veces Alfredo se perdía en ese laberinto de sus cavilaciones cuando estaba en clase. Si la lección era tediosa su concentración se volatilizaba, y él, en lugar de tomar apuntes, dibujaba perros en su cuaderno mientras su mente volaba lejos. Esos trazos infantiles en forma de chucho le ayudaban a pensar. Tenía que decidir qué y quién quería ser, qué deseaba estudiar, hasta dónde iba a llegar y cuánto esfuerzo necesitaría para conseguirlo, pero no podía hacerlo porque lo único que ocupaba sus pensamientos era cómo demonios lograr que la rubia le mirase a él y solamente a él. Y lo peor de todo es que no le podía contar aquello a nadie, porque se reirían en su cara. Por eso dibujaba perros, porque si escribiese poemas para ella y alguien se los pillase quedaría como un panoli, y eso sí que no. Quedar como un panoli era lo último. Sería su ruina social.

            Alfredo piensa que sus problemas son enormes, que lo que le ocurre solamente le ocurre a él, y que nadie le entiende. No se da cuenta de que el proceso de crecer y madurar es casi el mismo para todos, y que su identidad de adulto dependerá de los caminos que escoja ahora. Y no, no me refiero a que decida ya si quiere estudiar ciencias o letras, sino a algo muy distinto: me refiero a si se dejará llevar por los que ya han elegido no tener futuro o peleará por el hombre brillante y triunfador que puede llegar a ser si se esfuerza.

            Me regaló uno de sus perros garabateados. Lo guardaré, porque sé que en unos años podré enseñarlo orgullosa diciendo: “Este es un dibujo original de Alfredo, el gran (póngase aquí arquitecto, médico, director de cine, chef o lo que proceda), que estudió con mi hija cuando era jovencillo”.

            Y no te preocupes por la rubia, muchacho. Lo más probable es que dentro de unos años te gusten las morenas.
 

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