miércoles, 29 de mayo de 2013

GENIO Y FIGURA


            Se llamaba Palmira, y era la mujer mejor compuesta que había en el pueblo. Jamás salía de casa sin que sus zapatos estuviesen limpios, su delantal pulcramente planchado, sus labios pintados de rojo y unos pendientes colgando de sus pequeñas orejas. Era bajita y regordeta, y desde lejos se la reconocía cuando venía andando por la calle hacia el horno, a comprar el pan, con su bolsa hecha de primorosa labor de ganchillo doblada sobre el brazo izquierdo.

            Palmira tenía algunas máximas que cumplía a rajatabla. “La mujer que bien se peina, en su casa es una reina”, y ella cuidaba su permanente con mimo poniéndose rulos y pinzas cada noche, y rociándose de laca cada mañana, hasta dejar cada caracol en su sitio antes de salir a la calle. “Aunque no haya comida en la mesa, la cara bien alta y la espalda tiesa”. Ella, que tuvo que afrontar épocas muy difíciles en las que su marido no tenía un jornal que traer a casa, no dejó ni un solo día de pintarse los labios y arreglarse igual que siempre, como si nada pasara. “Mujer sin pendientes es como burra sin dientes”: eran su único vicio y, cuando podía permitírselo, se los compraba a plazos al joyero del pueblo vecino. Tenía justa fama de limpia, su casa estaba siempre tan impecable como ella, y se enfadaba con sus hijos cuando venían de jugar en la calle llenos de barro y con las rodillas sucias.

            La gente sabía de ella que era una mujer de su casa, pulcra y poco dada a cotilleos ni reuniones. Lo que nadie sabía era que estaba enferma. Desde hacía años, su corazón no funcionaba bien; se cansaba mucho, hacía muy despacio las labores del hogar, y aún así terminaba rendida. Por eso, si tenía que salir a hacer algún recado, se pintaba los labios, morados por la insuficiencia cardíaca, para que nadie le notase nada. Un poco de colorete para la palidez, delantal limpio, y a la calle. Andaba lentamente, a pasitos cortos: “Hay que caminar femenino”, decía. Pero la realidad es que no podía apresurarse más.

            La mañana en que se levantó más fatigada que nunca, Palmira se vistió, se arregló y se fue a la peluquería. “Ponme muy guapa, que me voy de fiesta”, le dijo a la peluquera. Ésta, sonriendo, pensó que quizá estaba invitada a alguna boda, ya que era viernes. Después de bien peinada, la mujer volvió a su casa, almidonó su mejor delantal, se lo puso y se sentó en el sillón de hacer la siesta, no sin antes colocarse los pendientes menos valiosos de su joyero.

            No llamó al médico, habría sido una inútil pérdida de tiempo. Sabía que iba a morir, así que se pintó los labios de rojo, como siempre, y eligió el mismo tono para las uñas. No quería que nadie viese el horrible color morado que por momentos iban adquiriendo. Y aunque su corazón clamaba por pararse, no se lo permitió hasta que hubo conseguido terminar su manicura. Entonces cerró el frasquito de laca, no fuera a derramarse manchando su delantal, lo dejó en la mesilla del café y se felicitó a sí misma por haber limpiado pocos días antes la lámpara del comedor, bajo la que seguramente la velarían sus allegados.

            Así somos los humanos: cada uno con su carácter y sus rarezas hasta el final. Genio y figura.

1 comentario:

  1. Me encanta leerte porque eres capaz de manejar mis sentimientos.....un día una sonrisa, otro día una lágrima y siempre......un buen rato de lectura.....me alegro de haberte descubierto.

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