lunes, 20 de mayo de 2013

LA GALLETERA


            Ana, cuando era pequeña, soñaba que era médico pediatra. Estaba convencida de que era lo que iba a hacer con su vida, de modo que pidió, por Navidad, un maletín de doctora, la bata blanca y el fonendoscopio. Extrañamente, todos sus muñecos fueron enfermando de distintas patologías, y ella los trató con el mayor cuidado. La infección de los puntos rojos de su Nenuco (ella misma le pintó los síntomas con rotulador) se solucionó con unas cucharadas de azúcar simuladas y unas friegas de alcohol de 96º, que disolvió la tinta y sanó al enfermo. La calvicie repentina de otro de sus “niños” de plástico resultó incurable, porque después de arrancado el cabello y pegado con cola de carpintero parecía que, más bien, el paciente tenía una rara tiña bastante antiestética. Por último, trató a una Barbie de la “enfermedad del trasero azul”; la tinta reaccionó mal con el látex de la muñeca y, por muchos lavados que le hizo con distintas sustancias, solamente consiguió normalizar su color en un 80%. Como recurso desesperado echó mano del aguarrás, y a la pobre Barbie se le derritieron las posaderas. Estaba claro que la medicina no era lo suyo.

            Abandonado el campo sanitario, a la niña se le metió en la cabeza que, si no podía ser pediatra, sería maestra. Hizo que su padre le instalase en su habitación una gran pizarra, y pasaba las horas explicando cosas a sus alumnos, los (de nuevo) sufridos muñecos. En honor a sus minusvalías, la Barbie sin nalgas y el niño tiñoso ocupaban la primera fila en su aula. Abandonó la vocación cuando puso su primer examen y todas las hojas quedaron en blanco. “¿Ni vuestro nombre habéis aprendido a poner?” le espetó, muy enfadada. “¡Analfabetos! ¡Tenéis todos un cero!”

            Ana se sentía fracasada. Una fracasada de seis años, sí, pero fracasada al fin y al cabo. Pensó que quizá era demasiado pronto para estar segura, así que se dio a sí misma un largo espacio de tiempo para decidir a qué quería dedicarse de mayor. Deseaba ser útil a los demás, darles algo que les hiciese un poco más felices. Pero no se le ocurría nada que cumpliese con esa condición, y con otra mucho más importante: que también la hiciese feliz a ella. Que llenase sus horas, espolease su imaginación y le exigiese ser un poco mejor cada día. Que le permitiese relacionarse con la gente, conocer, charlar y sonreír.

            Con esa idea en la cabeza fue creciendo, y un día, como por casualidad, encontró lo que buscaba. Paseaba por una calle de su ciudad, y un delicioso olor a vainilla la atrapó, guiándola hasta un escaparate lleno de galletas. Las había de todas las formas y colores imaginables: como animales, como monedas, flores, muñecos… No les faltaba detalle alguno, y casi daba pena pensar en hincarles el diente. Curiosa, entró en la confitería, preguntó, compró una y la mordió. Dulce como un caramelo sobre la tibia blandura de la masa de galleta de mantequilla, como un beso de la abuela pintado con tonos vivos, como un soplo de infancia vestido de juguete recién salido de su embalaje en Reyes. Eso, exactamente eso era lo que quería hacer.

            Desde entonces, Ana, la galletera, modela los deseos de los demás y los convierte en galletas de colores que, invariablemente, provocan una sonrisa en quien las recibe. Sus pequeñas y efímeras obras de arte hacen que la gente se sienta especial, y eso hace que ella afronte su trabajo cada día sonriendo. Con sus manos, que no tienen más límite que el de la imaginación, soluciona ese moderno problema que a todos se nos ha presentado alguna vez: “Y yo, a esa persona, ¿qué diantres le regalo?” Si alguno de ustedes se ve en ese dilema, mi mejor consejo es que acuda a ella.

            De las galletas también se pueden aprender cosas. Esos pequeños trozos de masa horneada y decorada le mostraron a Ana que, cuando uno pone pasión en lo que hace, eleva su oficio a la altura de las profesiones más valoradas. Ella, con sus dulces, puede curar tristezas sin ser médico, enseña a apreciar los detalles sin ser maestra, y todo eso, unido a la ilusión que ve en la sonrisa de sus clientes, la hace feliz.

            Estoy permanentemente a dieta, pero jamás diría que no a una de tus obras, Ana. Son mi antidepresivo favorito. ¿De qué las hiciste hoy?
 

2 comentarios:

  1. Eres lo mass!!Me ha encantado y emocionado tus palabras!!Muchisimas gracias!!Voy a subirlo a mi muroooo!:)

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  2. Pero no pierdas tiempo, que hoy tienes muchas galletas por hacer. Un beso enorme, galletera.

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