domingo, 12 de mayo de 2013

LA PISCINA


            Llevaba mucho tiempo meditando el asunto: los pros, los contras, beneficios e inconvenientes de apuntarme a nadar en la piscina cubierta. En un lado de la balanza puse mi condición física, que es francamente mejorable (por no decir tirando a penosa), lo lechoso de mi epidermis, que hace que vaya siempre huyendo de quitarme ropa porque la tripa de una rana está más morena que yo, y la falta de tiempo que me aqueja en todas las épocas del año: siempre tengo algo que escribir, o que corregir, una lección de saxofón que estudiar, o una nueva pieza de laúd que practicar, o algo que planchar, o… vaya, que cualquier excusa es buena. En el otro platillo de la balanza puse las ventajas: la tengo cerca y no es cara.

            Es notorio que ganaban por goleada los inconvenientes, pero hete aquí (oye, qué bonito queda eso: hete aquí, hete aquí. Parezco una escritora de verdad y todo) que fue a caer en mis manos un arma peligrosa, de esas que carga el diablo, llamada “libro de autoayuda”. Ese libro y nadie más ha tenido la culpa. Ese manual de bricomanía para psicólogos caseros se empeñó en decirme: “convierte los inconvenientes en ventajas que jueguen a tu favor. Todo lo negativo tiene una cara positiva, y debes darle la vuelta para favorecer tu desarrollo. Por ejemplo: si no encuentras ropa que te guste, no te conformes y aprende a cosértela tú misma. Si no encuentras un taxi, aprovecha para dar un beneficioso paseo. Evitarás la frustración, tan peligrosa para el ánimo, y mejorarás otros aspectos de tu vida, como son tu salud o tu creatividad”. Hale. Y el autor se quedó tan ancho.

            Pasé la noche pensando en ello, y las palabras del libro sonaban en mi cabeza como un eco: “convierte los inconvenientes en ventaaajaaaaas, convierte los inconvenientes en ventaaaaajaaaaasssssss”. ¿Y si tenía razón? ¿Y si realmente le podía dar la vuelta a todo? ¿Que estoy floja? Nadar mejoraría mi condición física. ¿Que soy blanca? Pues a quien no le guste, que no mire. ¿Que no tengo tiempo? Bueno, las horas del día no se estiran, pero si me quito la siesta, madrugo más para planchar y obligo a mi familia a que eche una mano en casa, quizá pueda arañar unas horas a la semana para ir a nadar. Y mi entusiasmo fue creciendo a medida que yo organizaba mi nueva y fantástica faceta de nadadora: “haré una horita de largos en la piscina, y quizá antes me dé tiempo de subirme a la bicicleta, o a la cinta de caminar. Y en dos o tres meses veré cómo mi cuerpo cambia, mis hombros de pollo se ensanchan, mis brazos flácidos se tornean, mis muslos adiposos se reducen, mi contorno barrilete adquiere la forma de guitarra que un día tuvo y no sé en qué momento perdió”.

            Cuando me desperté esta mañana desbordaba entusiasmo, ilusión y ganas por zambullirme en la piscina y ponerme a nadar cual Esther Williams del siglo XXI, de modo que busqué los trastos de darle al crawl, los metí en una bolsa, y allá que me fui. Caminé hasta el polideportivo como si llevara alas. Ni siquiera me pesaba la bolsa deportiva. Formalicé mi inscripción en un plis-plas, me metí en el vestuario, me desnudé y me calcé el bañador. Digo me calcé porque es un modelo de hace unos años, y no me entraba ni a tiros, pero al fin conseguí embutirme en él. El gorro de silicona, que previamente había empolvado, hacía que pareciese un gallo con cresta y todo, pero bueno, eso no me tenía que desanimar. A nadie le sienta bien el gorro de nadar. Con las chanclas tuve un conflicto: había cogido las de mi hija por error, y son dos tallas menos, pero en fin, me apañaría como pudiera. Me coloqué las gafillas, y atravesé el vestuario para acceder a la piscina, cometiendo el error (tan femenino, oigan) de mirarme al espejo al pasar. Era algo así como un sapo albino con ínfulas punk.

            Después de la ducha preceptiva, me lancé al agua de cabeza, como en mis tiempos mozos. Un planchazo de antología. Las gafillas se me pusieron de collar, me atraganté y se me quedaron los muslos de color escarlata. Fantástico para empezar. Los nadadores de las otras calles ni me miraron, menos mal. Comencé a bracear tratando de no desanimarme. La piscina me había parecido más pequeña desde el exterior. Perdí el resuello seis veces antes de llegar al borde de enfrente. Traté de recordar las lecciones que tomé de niña, pero solamente pude evocar la cara de iguana que tenía aquella profesora.

            Tres largos. Tres. Ya no me atreví a atacar el cuarto. Para ser una morsa epiléptica con un ataque de asma tratando de mantenerse a flote solamente me faltaba el bigote. Lo demás lo tenía todo.

            He tirado el libro de autoayuda y el gorro de silicona. Me conformaré con dar un paseíto por mi barrio cada día; quizá no sea tan efectivo, pero al menos mantendré la dignidad intacta.
 

2 comentarios:

  1. Nada como un buen ataque... de humor, para sacar nuestros mejores momentos ¿he dicho eso yo? ¿Yo? ¿Cuando según leía me veía a mi mismo retratado? Mira, mejor ni me enseñes ese libreto de auto ayuda o no respondo... ja,ja,ja,ja,ja

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  2. Descuida, Frank, que ya lo hice desaparecer para evitar que por su culpa se cometan más desatinos...

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