domingo, 5 de mayo de 2013

"MAMÁ" NO ES SOLO UNA PALABRA


            No puedo imaginarlo. Ni siquiera me atrevo a pensar qué habría sido de mí y de mi vida si no hubiese tenido conmigo a mi madre. Estoy segura de que yo sería distinta, porque ni siquiera, a estas alturas, habría conseguido llegar a entenderme a mí misma si no hubiera podido mirarme en el espejo que es ella.

            “Mamá” no fue la primera palabra que pronuncié. Ni siquiera esa mínima satisfacción fui capaz de darle, a la pobre. Después de vomitar por mi culpa todo lo que comió durante semanas, después de deformar su cuerpo, restarle sus recursos, poner en peligro su vida y ocasionarle meses de incomodidad y largas horas de intenso dolor, después de derramar su sangre y alimentarme de su pecho, robarle el sueño y estropear sus manos obligándola a lavar pañales una, y otra, y otra vez, lo primero que dije fue “papá”. Pero ella no me guarda rencor por eso. Ni por eso, ni por nada, porque no hay capacidad de perdón mayor que la de una madre hacia sus hijos.

            No sé, de verdad lo digo, si llegaré en mi vida a ser tan madre como lo eres tú, mamá. Tus manos fueron mágicas para mí a la hora de aliviar mis dolores de niña: la barriguita, los dientes, los mocos, las caídas y chichones. Sé que muchas veces deseaste sufrir tú ese dolor para que no lo tuviera yo, y sé que pasaste muchas noches sin dormir junto a mi cama vigilando mis fiebres, o evitando que me rascara los granitos de la varicela y me quedasen cicatrices imborrables. Tus manos, que son como serán las mías dentro de unos años, lo podían todo.

            De ti he aprendido, y sigo aprendiendo. A cocinar, aunque nunca llegaré a tener la gracia con los guisos que tú tienes. A tejer, aunque no pasaré horas, como pasaste tú, moviendo las agujas para terminarme un jersey a tiempo de estrenarlo el domingo. Y el amor por los libros, que me nació de verte continuamente con alguno entre manos; me decías que leer era la mejor manera de viajar sin moverse del sitio, y tenías razón. En casa pudieron faltar algunas cosas, pero jamás faltó un libro para leer

 Mi juventud y mi inexperiencia me impidieron pararme a valorar esas cosas hasta ahora. No quise sentarme a tu lado para que me enseñases a coser, siempre encontraba algo mejor o más interesante que hacer. Tampoco puse mucho empeño en ayudarte a limpiar, aligerando de trabajo esa espalda que te dolía a diario, aunque no lo dijeras. No te veía, porque lo hacías mientras yo estaba en el colegio, acarrear las pesadas bolsas de la compra cuesta arriba hasta casa. Cuánto esfuerzo, mamá. Cuánto, nunca pagado, nunca reconocido. Ojalá lo hubiera visto antes.

            Sé que nunca dejaste de estar detrás de mí, aunque no te viera, y que me ayudaste a resolver mis conflictos adolescentes con tus consejos. Unos consejos que no busqué, porque pensaba que tú no sabrías nada de esos asuntos que me preocupaban. Me contestaste muchas preguntas que no te hice, me adivinaste muchos pensamientos que no expresé, y yo no entendí cómo lo hacías, pero lo hacías. Me apoyaste aunque no te gustase la decisión que había tomado, preparando una tarta para celebrar, o aguja e hilo para recoger los pedazos y volverlos a juntar en los casos de absoluto batacazo, que los hubo. Siempre estuviste y ahí sigues, aunque parezca que no, tratando de comprenderme y de ayudarme, porque cuando yo voy, tú ya has ido y has vuelto más de una vez.

            Nunca te faltaron ejemplos para darme; lo que estaba haciendo mal, alguien lo hizo mal antes que yo y sufrió las consecuencias. No me explicaba cómo, pero te salían familiares hasta de debajo de las piedras: “el tío Fulano, por no comer verdura, se murió de un gran atasco”. “La tía Menganita, por jugar con un petardo, se voló un ojo y ahora lleva un parche como los piratas”. Tardé en saber que las madres se inventan los cuentos sobre la marcha, para ayudar a los hijos a entender algunas cosas que han de asumir rápidamente por su propio bien. El refranero popular, de hecho, estoy segura de que lo inventaron las madres.

            “Eres madre desde que tu hijo abre los ojos hasta que tú los cierras”. No recuerdo quién me dijo esa frase, pero sé que, cuando la escuché, inmediatamente pensé en ti, mamá. Que no fuiste mi cómplice de niña, porque tu deber no era ser mi amiga, sino ser mi guía. Que ensanchaste tu pecho y tu regazo tanto como para que cupiéramos en él tus hijos primero, y tus nietos después, porque ellos son también parte de tu obra, ya que tú, con tu ejemplo, me enseñas cada día cómo ser mejor madre. ¿Cómo sabría yo luchar así si tú no me hubieras enseñado a hacerlo?

            Por todo eso, mamá, te regalo hoy este cuento. Porque aún me escondes tus dolores mientras me preguntas por los míos. Porque sigues adivinando en el tono de mi voz que alguna preocupación me ronda la cabeza, y no paras hasta que averiguas lo que es para tratar de ayudarme a remediarlo. Porque no hay flores en el mundo suficientemente hermosas como para regalarte, y además, ellas se marchitan y mueren, y lo que yo siento por ti, mamá, solo morirá cuando yo deje de respirar.

            El día que ya no estés conmigo sé que usaré algunas de tus cosas: tu rosario, tu pastillero de plata, tu collar de perlas de Mallorca… pero no porque yo no tenga objetos parecidos, sino porque esos serán para mí tesoros solo porque un día fueron tuyos. Porque tus manos los tocaron, y al tocarlos yo podré imaginar que siento aún tus dedos sabios, esos que peinaban mi melena rebelde y arreglaban cada otoño el bajo de mis pantalones. Pero ese día aún queda muy lejos, porque hoy celebro que aún estás conmigo, que aún puedo hacerte reír, abrazarte y quererte. Qué orgullosa estoy de que tú seas mi madre. No imagino a nadie que pudiera haberlo hecho mejor.

            No sé cómo medir lo que te quiero, si en grados, como los terremotos, o en toneladas, o en kilómetros. O mejor te digo que te quiero todo lo que me cabe en el corazón, y una pizca más, y por eso quiero que sepas que hoy no celebro el día de la madre. Hoy celebro la suerte que tuve por haber nacido de ti, precisamente de ti y de ninguna otra. “Mamá” no es solo una palabra. ”Mamá” es algo que empieza en tus ojos y acaba en los míos, y tiene un mundo entero entre medias: el que tú creaste para mí. Y para agradecerte eso, mamá, no me alcanzará la vida. Feliz día, mi Reina. 
 

1 comentario:

  1. Creo que el amor en si es dificil de medir, y más el que se siente por una madre... pero al menos tu tienes el don de saber juntar las palabras para que lleguen en linea recta al corazón.
    Espero que algun dia alguien logre escribirte un cuento dedicado a ti, como te mereces

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