jueves, 16 de mayo de 2013

MENSAJES EN EL MURO


            Después de terminar las obras de la línea férrea, construyeron un hermoso parque lleno de paseos, árboles, bancos y sombras. Y para separar ambas cosas, un larguísimo muro, que pintaron de gris. Los gamberros del espray de colores y el nulo respeto por la propiedad común lo llenaron de dibujos de todo tipo, pero lo hicieron por la parte del tren. La cara que daba al parque, durante unos meses, permaneció limpia.

            El poeta iba a soñar bajo una buganvilla, en uno de los bancos de madera. Allí leía, escribía, se enamoraba de cada mujer que veía pasar corriendo o caminando, se desenamoraba cuando pasaba otra y la encontraba más bella que la anterior, y por todas escribía hermosos versos de pasión encendida. Pero todo cambió el día que la quiropráctica paró su entrenamiento frente a él para preguntarle la hora; había olvidado su reloj, y no quería llegar tarde a trabajar. El poeta la vio tan hermosa y deslumbrante como un ángel, y le dijo: “Las cinco menos veinte. La amo”. Ella se echó a reír y continuó corriendo sin mirar atrás.

            Al día siguiente, el poeta esperó a la quiropráctica junto al muro. Al verla venir con su trote habitual y sus mallas ajustadas, la hizo parar. Le ofreció un ramo de margaritas blancas y una frase que, para ella, había escrito con espray negro sobre el muro gris. Decía así:

            “PREGÚNTALE A LOS PÉTALOS”.

            Ella sonrió con cortesía, le reconoció la amabilidad, y rechazó suavemente su regalo. “Muchas gracias, caballero, pero no tengo costumbre de hablar con las flores”. Al día siguiente, él la esperaba en el mismo lugar con un nuevo ramillete de margaritas. Esta vez había escrito su frase en color azul cobalto. Ella volvió a parar. “Gracias, pero ya le dije ayer que no me interesa”.

            Al tercer día, el poeta, que ya había escrito treinta febriles poemas de amor desesperado y quiropracticado, la esperó de nuevo, con la frase pintada en verde esperanza y las flores en la mano. Y ella, un poco contrariada, se detuvo ante él, rechazó sus flores y le amenazó con denunciarle por acoso. Al cuarto día, la frase era amarilla, las flores blancas, y ella ni siquiera se detuvo. Pasó sin dignarse a mirarle.

            Inasequible al desaliento, el poeta escribió cada día sus sentimientos con un color distinto, y llenó el muro con la misma frase durante tres largos meses. Noventa ramos de margaritas que se fueron marchitando en sus manos y en la papelera más cercana, que era donde los depositaba después de ser ignorado. La vio pasar noventa veces, y todas ellas la admiró. Para él, su ropa ajustada era la segunda piel de una mariposa; su melena teñida de rubio recogida en una cola de caballo era una madeja de oro hilada por el mismísimo Sol, y la firmeza de sus piernas y brazos, la esbeltez de su cuello, la tersura de su vientre, la rectitud de su columna, eran los rasgos que una diosa griega debió dejarle en herencia para que fuese la criatura más hermosa del mundo. Hasta el sudor de su prolongada carrera, que le llenaba la ropa de manchas oscuras bajo los brazos y en la espalda, era rocío perfumado de las rosas del mismísimo Olimpo. Dos libros completos de poemas le había escrito ya. Y ella no se molestaba siquiera en regalarle una mirada que le diera un poco más de esperanza.

            El sentido práctico de la quiropráctica le decía que al final se cansaría y la dejaría en paz, pero en vista de que los días pasaban y él no cejaba en su empeño, se paró a pensar en cómo hacer para desengañar al poeta y librarse de su insistente y pegajoso desespero. Pensó en denunciarle, pero le dio pena. No era más que un loco infeliz.

            Al día siguiente, cuando el poeta fue a pintar de nuevo su frase con el color número 91, un lila vibrante y lleno de primaveras florecidas, encontró en el muro, escrito en marrón de muerte otoñal, este mensaje:

“Pregunté a los pétalos y éstos me contestaron: “NO”. No mates una sola margarita más por mi”.

Y el poeta, triste y por fin desengañado, se fue a buscar otra corredora de la que enamorarse.

Hay personas que solamente entienden cuando les hablas en su mismo idioma.
 

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