domingo, 26 de mayo de 2013

RECONCILIACIONES


            Andaba yo, desde hace un tiempo, un poco enemistada con mi voz. La cosa empezó hace cerca de un año, cuando pasé por una época en que perdí las ganas de cantar. No me encontraba con ánimos; hay cosas que te tienen que salir de dentro, y a mí, durante ese tiempo, no me nacían las canciones. “Los canarios, cuando están tristes, no cantan”, me dijo alguien. Y eso era lo que me pasaba a mí.

            Justo cuando se me repuso el alma de la melancolía, llegó el primer resfriado del otoño, y con él la faringitis. Prohibido usar la garganta más que para hablar lo imprescindible. Entonces, para no perder las ganas, me ponía música en los auriculares y cantaba con el pensamiento; lo malo es que encadené varios catarros seguidos, y con tanto moco y tanto dolor de cabeza no estaba el horno para bollos. Ni mis cuerdas vocales para gorgoritos.

            La crisis vino a rematar la faena: durante meses no tuve ninguna actuación con mi grupo de folklore, ni me llamaron para ninguna ronda de “albaes”, ni nada. Y pasó lo que tenía que pasar, que cuanto menos practicas, menos te sale. Vas perdiendo los agudos, los graves, la columna de aire, el aplomo… No hay que olvidar que las cuerdas vocales son músculos, y todo músculo, si no se entrena, pierde elasticidad y vigor hasta quedarse reducido a un puñado de fibras desinfladas y mustias. Me centré entonces en las satisfacciones que me proporcionan la escritura y el saxofón y, quitando algún rato tonto planchando, dejé de ejercitar la garganta.

            Pero llegó la primavera, y con ella las celebraciones, las ganas de fiesta en la calle, y las fechas ineludibles de salir a cantar. El lunes pasado fui a dedicarle unas “albaes” a la Virgen de la Huerta, pero a pesar de que calenté las cuerdas antes, no estuve bien. Las notas altas, forzadas; los “tenutos”, temblorosos, y el vibrato, más bien chuchurrío. Cumplí el expediente, pero no hubo brillo, y me fui para casa bastante tristona. Creí que había perdido mi “toque”, que ya no tenía gracia. Una gracia que durante años hizo sentir bien a la gente que entiende y aprecia el canto folklórico valenciano, una disciplina exigente y bella, adornada por el hecho de ser cantada en este idioma dulce y acariciador que lleva en sus sílabas el susurro del Mediterráneo, el olor del azahar y el sabor de las almendras. Creí que ya no podía, y me sentí mal.

            En mi casa me enseñaron muchas cosas: a pedir por favor, a dar los buenos días y las gracias, a comer de todo, a no poner la música alta y a no rendirme. Por eso el martes me sacudí la frustración, me metí en la ducha e hice ejercicios vocales. El miércoles, aprovechando que en el vestuario del gimnasio no había nadie, repetí. El jueves, en el campo y sin más espectador que mi perro, escalas y notas largas. Por la tarde me fui a hurtadillas a una de las aulas insonorizadas de la escuela de música, y el viernes también lo hice. El sábado tenía una actuación.

            Ayer, con todo el público expectante y una temperatura en la calle bastante fresca, mis compañeros comenzaron increíblemente, pero a mí el primer canto no me salió bien. Uno de los melismas principales se me fue al cuerno. “Vaya, no ha servido de nada el esfuerzo”, pensé. No sabía cómo atacar el segundo, eché el resto para no fallar y me excedí con la columna de aire. Sonaron todas las notas, pero quedó excesivamente “gritón”. Cuando me senté estaba a punto de llorar. Tres o cuatro piezas más adelante me tocaba cantar otra vez, y me entró el pánico: era una nana, que para quedar bonita exige un control vocal y una sensibilidad de los que ya no me creía capaz. “Ahora, a media actuación, ya no puedes decir que no”, me dije. Llevaba un bebé de plástico, pero mi “hermana de cariño” Marta me ofreció a su hijo de diez meses, de modo que cogí en brazos a Garbancito, lo senté en mi regazo, ajusté el micro delante de mí y cerré los ojos mientras lo acunaba.

            No sé cómo lo hice pero, cuando terminé de arrullarle y miré hacia el público, vi nadar algunos pares de pupilas. Había recuperado el ángel. A partir de ahí, todo fue sobre ruedas.

            Esta mañana he cantado una misa, y algunas personas han querido saludarme al terminar. Me he reconciliado con mi garganta, y prometo no descuidarla más. Ni a ella, ni a la confianza en mí misma.

1 comentario:

  1. Muy bien Susana !! Como dice una amiga mía, " Que nadie me quite mi alegría " y si la tuya es cantar, ya sabes, a cantar !!! Bsts.

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