martes, 14 de mayo de 2013

UN TELEDIARIO


            El año pasado me exilié voluntariamente dos meses a la montaña. Me fui a mi refugio tuejano, dediqué mi tiempo a contemplar el ir y venir de las golondrinas, a pasear con mi perro, a hacer puzles y jugar al scrabble con mis hijas, leer, escribir, dormir y charlar con los vecinos de mi calle. Decidí, de forma consciente, no ver durante ese período ni un solo informativo en televisión, y tampoco conectarme a las páginas de noticias de Internet. De hecho, ni siquiera tuve acceso a la Red durante la mayor parte del tiempo. Ya podía haberse hundido medio mundo en esos días, que yo no me habría enterado. Reconozco que fue un tiempo de ignorante felicidad.

Fueron dos meses los que estuve desconectada. Ocho semanas. Sesenta y un días. Cuando me desenchufé, en mi Comunidad Autónoma estábamos así: los edificios recién construidos en la Ciudad de las Ciencias estaban llenos de goteras y se les caía el revestimiento exterior. El nivel de paro era de escándalo. El índice de pobreza había aumentado de manera alarmante, de forma que muchos niños de los barrios más deprimidos solamente hacían una comida diaria, y era gracias a la ayuda de los profesores de sus colegios. Unos profesores, por cierto, con el sueldo medio amputado. Se juzgaba a varios políticos por corrupción galopante, el aeropuerto nuevo de Castellón seguía sin aviones (pero eso sí, tiene una estatua muy chula en la puerta). Las farmacias cerraban día sí, día no, porque se les debían los medicamentos de meses. A los inmigrantes ilegales o sin trabajo se les había retirado la asistencia sanitaria. Y bueno, algunas cosillas más, pero en la misma línea.

            Pensé en ver, para empezar, un telediario de los del canal autonómico: creí que sería más soportable que uno nacional. Ya sabéis, por aquello de volver a la realidad poquito a poquito e ir subiendo la dosis de información gradualmente. Y esto es lo que vi. Vi que el telediario del canal de (casi)todos los valencianos, que ya antes era una máquina de propaganda política, se había convertido, además, en el boletín de los Mundos de Yupi: qué buenos son nuestros mandamases, qué guay es la Comunitat Valenciana, qué bien nos va todo, tenemos playa y pibones, paella y horchata a montones, tenemos barcos y aviones, coches que corren y hacen burrúm, burrúm, falleras y una Ciudad de las Ciencias sin parangón en todo el orbe. Te da la impresión de que en cualquier momento la Alcaldesa y el President van a salir de la mano de Epi y Blas, y jugarán al corro de la patata contentos y felices en el prado verde de los Teletubbies. Pensé: “Vaya máquinas, en dos meses lo han arreglado todo, y todo, y todo, como decía aquel anuncio de seguros”. Pero no. La cara “B” del disco, eso de que no podemos pagar nada de todo lo anterior, que esto es la cueva de Alí Babá y demás “detallitos”, no tienen la importancia suficiente como para salir en las noticias. Se me quitaron las ganas de ver más informativos.

            No se engañen, no crean que lo hacen para evitarnos la cruda realidad. Lo hacen porque piensan que somos idiotas. Porque si tapas la puerta de un estercolero con seda y echas suficiente ambientador, quizá desde fuera no se note lo que hay dentro. Pues hale, ¡viva la madre superiora, y viva la objetividad periodística de mi pueblo!

            Estoy deseando que lleguen las vacaciones escolares para volver a exiliarme. Al final haré caso a mi padre, y solamente veré películas de Clint Eastwood. Saldré ganando, y disfrutaré de la inimitable voz de Constantino Romero, en paz descanse.
 

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