domingo, 30 de junio de 2013

COSTALEROS SIN FE


            La cofradía era una de las agrupaciones más antiguas y emblemáticas del pueblo. Tradicionalmente cargaba con el anda de la Virgen de las Angustias y el Llanto Perpetuo, un paso muy pesado, antiguo y que entrañaba una gran dificultad a la hora de llevarlo por las estrechas calles de la población. Eso sí, no podía faltar en la Semana Santa, de modo que era necesario contar con el número de costaleros suficiente para cargarlo sobre sus espaldas y procesionar con él guardando la dignidad adecuada.

            El entrenamiento para poder ponerse debajo de la mole de madera, metal, flores y cera era bastante sacrificado y laborioso. Había que hacer ensayos, porque era preciso que todo el mundo acompasase y midiese bien los movimientos. Era imprescindible saber caminar como un solo hombre, todos los pies derechos a la vez, todos los pies izquierdos a la vez, y mantener el respetuoso silencio que exigía la solemnidad de los actos procesionales. Había que saber cuándo levantar, cuándo apoyar, cuándo arrancar y parar, obedecer las órdenes del cofrade mayor, y estar concentrados en el trabajo. Y también había que fortalecer las piernas, los brazos y las espaldas ejercitándolos de manera individual, en casa o en el gimnasio. Si no, era imposible ser costalero con garantías de éxito.

            Muchos eran los que querían ser cofrades de la Virgen de las Angustias y el Llanto Perpetuo; en la agrupación se daba la oportunidad a todo el que lo pedía, aunque también muchos abandonaban en los primeros meses por no ser capaces de realizar tanto esfuerzo y sacrificio, o por no tener suficiente fe. Sin embargo, los que se quedaban salían orgullosos bajo el anda, y eran contemplados con emoción, con admiración y con respeto por todo el público que acudía a las procesiones.

            Sucedió que, durante un tiempo, los más antiguos del grupo vieron cómo entraban un puñado de jóvenes cuya presencia podía ser vital para la supervivencia de la cofradía. Al fin y al cabo, las fuerzas de los mayores no resistían ya colocarse en las esquinas y el nervio central, que eran los puntos de mayor peso del anda, y los jóvenes garantizarían que la Virgen pudiera salir y caminar todo el recorrido con gracia. Los chavales se comprometieron a trabajar duro para dejar en buen lugar a Nuestra Señora en la siguiente procesión. Parecía que todo iba a ir como la seda. Aseguraron que su fe era grande, y que nada se les pondría por delante a la hora de cumplir su compromiso.

            Los jóvenes fueron a los dos primeros ensayos con entusiasmo y devoción. Se les reprendió porque no callaban cuando había que hacerlo, pero después se les felicitó por el trabajo realizado. Al siguiente ensayo faltaron dos, y hubo que repartir el peso entre menos personas. Las espaldas de todos se resintieron. Una semana después, no apareció ninguno, y tampoco avisaron. El anda no se pudo levantar; los antiguos llamaron a los nuevos y les pidieron un poco más de implicación. La Semana Santa estaba ya cerca. Prometieron esforzarse más.

            El día de la procesión, los jóvenes se colocaron en donde les dio la gana, y no en los lugares que se les había adjudicado, pero nadie les dijo nada por miedo a que se marchasen y la Virgen no pudiera salir. Los viejos cargaron las esquinas y el nervio central sacando fuerzas de donde no las había. Y los nuevos pasaron la procesión asomando los brazos bajo el anda para saludar a sus familiares, charlando entre ellos, sin prestar atención a los movimientos de los demás y dificultando el trabajo de todos. El paso iba casi trastabillando por la calle, parecía que Nuestra Señora andaba coja, los cirios se apagaban, las flores se caían, y al terminar, la corona de plata colgaba por detrás de la espalda de la imagen, sujeta solamente por la oscura melena despeinada. Fue un auténtico desastre. Pero nadie les dijo nada por temor a que abandonasen el grupo.

            Cuando llevaban cuatro Semanas Santas como costaleros, los más mayores ya no podían más. Las procesiones empezaban con retraso porque los chicos no llegaban nunca cuando se les decía, evitaban ensayar, se inventaban excusas para huir del trabajo, no entrenaban en casa y les faltaba la fuerza precisa. No estaban allí por fe ni devoción, sino por figurar. Quedaba muy bien para sus mamás el decir eso de “es que mi hijo es costalero de la Virgen de las Angustias y el Llanto Perpetuo”. La gota que colmó el vaso fue la última salida del anda: uno de los chavales dejó su puesto en plena procesión y salió a fumar y charlar con una amiga que pasaba por allí, ocasionando la caída de su lado del paso, que se astilló contra la acera lesionando a dos compañeros. La situación y la actitud de los chicos eran nefastas, y la tensión se iba volviendo intolerable. Al ver el desastre, uno de los mayores comentó con el cofrade de al lado: “vaya porquería de juventud tenemos”. Para su desgracia, alguien lo oyó.

            Los jóvenes dejaron de asistir a los ensayos, lo que no era nada raro, pero llegó el día de la siguiente procesión y, sin previo aviso, no aparecieron. Hubo que pagar costaleros de otras cofradías para no defraudar a los fieles que esperaban a la Virgen de las Angustias. Se les preguntó a los chicos por qué no habían acudido, y se descolgaron con la excusa de “es que, ¿para qué vamos a venir si nos critican? Estamos ofendidos”. Y el cofrade que había hecho aquel comentario tan desafortunado pero tan cierto fue presionado y duramente reconvenido. Se vio obligado, para mantener la dignidad, a abandonar la agrupación a la que tanto tiempo había dedicado y por la que tanto había trabajado. Los jóvenes, sin dar un palo al agua, quedaron por encima.

            No hace falta ser muy listo para saber que la Virgen, la siguiente Semana Santa, ya no salió a la calle. Nada bueno puede salir cuando no hay ninguna capacidad de comprometerse, cuando no se tienen ganas de trabajar, cuando se usa más tiempo en inventar excusas que en cumplir con un deber. No se puede ser costalero sin fe.
 

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