domingo, 2 de junio de 2013

FAMAS INJUSTAS


            Supongo que si yo hubiese nacido en África, en América del Sur o algún otro sitio tropical, este cuento no habría tenido sentido, porque allí lo tienen más fácil: ellos cuentan con la ayuda de una mosca, la “tsé-tsé”, que aquí no se da. Con lo cual las mamás tuvimos que desarrollar un recurso alternativo.

            Para los que andáis un poco perdidos, os lo voy a explicar con un poco más de detalle. Cuando los niños pequeños no se quieren dormir, en mi familia siempre les hemos contado el cuento de la Araña Tomasina. Mi madre ya lo hacía conmigo, mi abuela con ella, y no sé cuánto más atrás en mi árbol genealógico se remontará esta historia: la Araña Tomasina era la que venía a picarte cuando no querías irte a dormir, y te dejaba grogui una semana seguida con su veneno soporífero. De modo que, para evitar tamaño desastre, cerrábamos los ojos enseguida, no viniera el dichoso bicho y le diera por picarnos. Allí donde no tenían ningún efecto el Coco, la Bruja y demás, la Araña Tomasina obraba el milagro. Básicamente porque yo nunca había visto ningún Coco (aparte del simpático de Barrio Sésamo) ni ninguna bruja, pero arañas había visto ya unas cuantas. Era de lo más creíble.

            El caso es que, cuando llegó mi turno de ejercer de mamá, también recurrí a Tomasina a la hora de vencer las recalcitrantes ganas de jugar de mis retoñas cuando ya debían estar durmiendo, y estaba de lo más contenta porque, aunque viejo, el cuento funcionaba a la perfección. Hasta una noche en que, después de invocar a la araña porque no había manera de parar los saltos en la cama y la lucha de almohadas, me senté a leer en cuanto la paz del sueño infantil se hizo dueña de la casa. No llevaría más de media hora abstraída en mi libro cuando sentí unos golpecitos en el hombro izquierdo. Miré, molesta por la interrupción, y vi una asquerosa araña que me miraba, suspendida del hilo que le salía del trasero, con dos de sus ocho patas cruzadas en actitud reprobatoria y sus cuatro pares de ojos fijos en mí. Era barrigona, peluda y extremadamente fea, y yo di un respingo del susto.

            “¡Puaj, qué asco, una araña!”, dije. Ella carraspeó. “O sea, hace un rato me pones verde delante de tus hijas, y ahora encima me dices que te doy asco. ¿Tú de qué vas?”. Imaginad mi cara de pasmo. Aquel bicho me estaba hablando. ¡Me estaba hablando! Traté de serenarme, recuperé la compostura, y ella comenzó a reconvenirme, muy enfadada: “Que sepas, inmunda humana, que me llamo Tomasina, y que mentir está muy feo. El único insecto cuya picadura provoca somnolencia es la mosca “tsé-tsé”; yo, como ves, no soy una mosca. Yo las moscas me las como rebozadas, esa es toda mi relación con ellas. Ni siquiera soy un insecto, soy un arácnido, y tú y tu familia me tenéis frita con tanta mala prensa de que si pico al niño lo voy a dejar fuera de combate una semana entera. Así, claro, cuando esas criaturas ven una araña, gritan como locas, lo cual es bastante desagradable”.

            Yo, ante tal regañina, no pude evitar defenderme. “Vale, lo de dormir no es cierto, pero no me negarás que vosotras, las arañas, picáis. Algunas sois incluso capaces de matar a un ser humano, de provocar dolorosas ronchas y reacciones alérgicas. Otras os coméis a vuestros machos, y encima tenéis hijos por millares, que infestan los lugares en que nosotros vivimos. Es de lo más lógico que no nos gustéis, ¿no te parece?”

            Ante mi estupefacción, la araña se echó a reír. Diantres, en ella era feo hasta la risa. “No pretendo caerte bien, humana. Me basta con que dejes de levantar falsos testimonios sobre mí. Y si picamos es porque somos molestadas; si nos dejarais en paz, estas cosas no pasarían. Así que, en lo venidero, abstente de decir mentiras sobre mi arácnida persona, o llenaré tu casa de hijitos míos que os pondrán finos a ronchones. ¿Entendido?”

            “Por supuesto”, le contesté. “Prometo no volver a contar a mis niñas el cuento de la Araña Tomasina”. Y acto seguido, me quité una zapatilla y aplasté al bicho asqueroso antes de que se le ocurriese hacer nido o picar a alguien. Está la cosa como para fiarse de una araña sabihonda y exigente como aquella.

            Por cierto, no he faltado a mi palabra, ahora el cuento se llama de la “Araña Catalina”. Por si acaso.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario